Ave Fenix

El Fénix y la Antigua Alquimia
Se conoce como “alquimia” a una de las antiguas ciencias egipcias inspiradas en el Libro de los Muertos y en el culto al Fénix. Los antiguos alquimistas buscaban convertir la imperfecta naturaleza del hombre a un grado elevado de perfección espiritual.
Se trata de un ave única, que no puede reproducirse de manera convencional, como los demás animales. Cuando el Fénix intuye que se aproxima el final de su vida, acumula plantas aromáticas (incienso, cardamomo y resinas) y elabora un enorme nido expuesto a los rayos solares. El calor enciende las hierbas secas y el ave se incendia junto a las mismas. Minutos más tarde nacerá una oruga diminuta que, poco a poco, se irá desarrollando hasta volver a ser el Fénix original cuya primera tarea será depositar en un tronco hueco los restos de su padre.
Este animal fabuloso simbolizó la castidad y la templanza.
Se pronuncia en chino como Feng Huang. Feng significa el pájaro macho, y Huang, hembra. Feng y Huang vuelan en conjunto y significan la armonía matrimonial. Razón por la cual, en la habitaciones nupciales suele pintarse algunos motivos de esta ave volando.
Es innegable que el mito del Fénix está íntimamente ligado a una ciencia sagrada de carácter iniciático: la alquimia. Cómo se sabe, el fin último de la alquimia es la regeneración del compuesto humano y su reintegración en el estado edénico primordial. La primera fase de los trabajos alquímicos recibe el nombre de “putrefactio” o mortificación de la cual se extrae un compuesto que, en una segunda fase aviva el fuego interior del ser humano capaz de llevarlo al estado trascendente de identificación con la divinidad. El catalizador que provoca esta transmutación se obtiene directamente de la putrefacción de la materia primera en la primera fase de la Obra Hermética. El fuego tiene un papel preponderante en todos estos procesos. A la luz de estos datos el símbolo del Ave Fénix adquiere un nuevo sentido: nos está definiendo lo esencial del proceso de regeneración alquímico.
El tema reiterado de muerte y resurección, le otorga un contenido iniciático y una enseñanza operativa: para regenerar la naturaleza del ser, ésta debe morir en su aspecto humano; el ente renacido de la putrefacción, la incineración del “hombre viejo”, generará un ser trascendente, que comparte cualidades con la divinidad y cuya morada sea el Paraiso, el estado edénico primordial, los Campos Elíseos o las Islas Bienaventuradas. Nos recuerda que el cuerpo debe crucificarse para obtener el alma, para obtener un cuerpo puro debe nacer un nuevo Hombre, más resplandeciente, como el ave Fénix, que decide incinerarse para renacer nuevamente de entre sus cenizas. Con la muerte del Ego, morimos y resucitamos como el “Ave Fenix”.
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