Moisés

Según Filón, Moisés era un Iniciado en la tierra de los Faraones a
orillas del Nilo, Sacerdote de Osiris, primo del Faraón, educado entre las
columnas de ISIS, la
Madre Divina, y de OSIRIS nuestro Padre que está en secreto.
En el Éxodo de Moisés, uno descubre en él -y en
los antiguos tiempos- la magia práctica de los egipcios.
Moisés mismo era un gran mago. Nadie ignora
que fue primo del Faraón, y que era descendiente del Patriarca Abraham, el gran mago caldeo, y del
muy venerable Isaac. Moisés era un hombre que
liberó el Poder Eléctrico de la Voluntad, y poseía el
don de los prodigios. Así está escrito. Todo lo que
las Sagradas Escrituras dicen sobre ese caudillo
hebreo, es ciertamente extraordinario, portentoso.
Moisés transforma su bastón en serpiente, transforma
una de sus manos en mano de leproso, luego le devuelve la vida. La prueba aquella del zarzal ardiente
pone en claro su poder, la gente comprende,
se arrodilla y se prosterna. Moisés utiliza una vara
mágica, emblema del poder real, del poder sacerdotal
del iniciado en los Grandes Misterios de la Vida y de la Muerte.

Cuando uno lee el Éxodo, no puede menos que
asombrarse de esos poderes formidables. Se sabe que
cuando Moisés quiso
liberar al pueblo hebreo, el Faraón
se opuso. Dicen las Sagradas Escrituras que entonces
manifestó su poder ante el Faraón. Ante el Faraón,
Moisés cambia en sangre el agua del Nilo, los
peces mueren, el río sagrado queda infectado, los egipcios
no pueden beber de él, y las irrigaciones del Nilo
derraman sangre por los campos.

Moisés hace más; logra que aparezcan millonadas
de ranas desproporcionadas, gigantescas, monstruosas,
que salen del río e invaden las casas. Luego, bajo
su gesto, indicador de una Voluntad libre y soberana,
aquellas ranas horribles desaparecen. Más como el
Faraón no deja libre a los israelitas, Moisés obra nuevos
prodigios: cubre la Tierra de suciedad, suscita nubes
de moscas asqueantes e inmundas que después
se da el lujo de apartar. Desencadena la espantosa
peste, y todos los rebaños -excepto los de los judíos mueren.
Cogiendo hollín del horno, dicen las Sagradas Escrituras, lo tira al aire y cayendo sobre los egipcios les causa pústulas y úlceras.

Extendiendo su famoso bastón mágico, Moisés
hace llover un granizo del cielo que en forma inclemente
destruye y mata. A continuación hace estallar el
rayo flamígero, retumba el trueno aterrador y llueve espantosamente,
luego con un gesto devuelve la calma.

Sin embargo, el Faraón continúa inflexible. Moisés,
con un golpe tremendo de su vara mágica, hace surgir
como por encanto nubes
de langostas, luego vienen tinieblas.
Otro golpe con la vara y todo retorna al orden
original. Muy conocido es el final de todo
aquel drama bíblico del Antiguo Testamento:
interviene Jehová, hace morir a todos los
primogénitos de los egipcios y al Faraón
no le queda más remedio que dejar marchar
a los hebreos. Posteriormente Moisés
se sirve de su vara mágica para
hender las aguas del Mar Rojo y atravesarlas
a pie seco.

Incuestionablemente muchos pseudoocultistas
al leer todo esto, quisieran hacer
lo mismo, tener los mismos poderes de
Moisés, sin embargo, esto resulta algo más
que imposible en tanto la voluntad continúe embotellada entre todos y cada
uno de esos “Yoes” que en los distintos trasfondos de
nuestra psiquis cargamos.

La Esencia es «Voluntad-Conciencia». Cuando la
voluntad se libera, entonces se mezcla o funciona integrándose
así con la Voluntad Universal, haciéndose
por esto soberana. La voluntad individual fusionada con
la Voluntad Universal, puede realizar todos los prodigios
de Moisés.

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