La mujer y la sacerdotiza

 

Es tan manifiesto el protagonismo femenino a través de todos los tiempos, que los hallazgos arqueológicos  están hoy en día saturados por  innumerables  testimonios depositarios, de dicho protagonismo.      

El análisis somero a que nos invita la antropología gnóstica, quiere, sobre todo, en honor a la verdad, colocar en su lugar a todas éstas figuraciones arcaicas que desde los primeros albores de la humanidad, se han venido expresando de manera reiterada y que puede, en algunos casos  (sobre todo debido al Kali Yuga y a la pérdida de conciencia) darse a interpretaciones erróneas.        

Las diosas que veneraron los hombres cavernícolas y que perduraron hasta los comienzos de la historia (las llamadas figuraciones esteatopigias, esculturillas femeninas con caderas y formas excesivamente prominentes), o las adoradas de todos los pueblos arcaicos, colocadas entre santuarios, (ya fueran rústicos o refinados), entre los ríos, montes, simas, cuevas o tumbas, merecen por su propio lugar, es decir, una atención respetuosa, acorde con su dignidad.         

Una actitud simple o pragmática, podría inducirnos a pensar que ésta figuraciones eran meros amuletos, fetiches o símbolos con los cuales el hombre prehistórico pretendía influir sobre la naturaleza para su beneficio vegetativo, solicitando exclusivamente favores relativos al clima, cultivos, fertilidad o alimentación.     

Pero además de éstas funciones, la Antropología Psicoanalítica Gnóstica explica que “la Diosa Madre” una sus múltiples manifestaciones, ha sido siempre el modelo a seguir de toda mujer, como expresión del Eterno femenino y que se congratula al ver a sus hijas, las sacerdotisas, oficiando en sus templos o santuarios.        

Lamentablemente, hablar de magia y de ritos sagrados en nuestra cultura contemporánea es como diseccionar, sin pudor y sin miedo, un terreno movedizo, es transgredir los misterios no sin cierto aspecto morboso e irrespetuoso.  

Ciertamente: “La ignorancia es atrevida”. Solo una correcta predisposición de humildad y sencillez nos podría dar la clave para adentrarnos en este aprendizaje.

Cabe resaltar que los hallazgos rupestres de figuras y pinturas de féminas desnudas y mostrando su sexo, no es, en modo alguno detonante de ninguna promiscuidad sexual, sino de ingenuidad, sencillez, pureza y castidad. Una verdadera veneración de la materia primordial.

En Mesopotamia, la cultura madre Indo-asiática, las sacerdotisas eran de linaje real, o por lo menos de familias de alto abolengo. Se tenía por un gran honor que la hija del gobernante optase por ser Iniciada en los Misterios. Lo mismo ocurría en Grecia, Egipto, o con las vestales romanas, sin olvidarnos, por supuesto de las ciwalteotl totonacas y otras sacerdotisas prehispánicas. Ellas sabían mantener el secreto del “Velo de Isis” protegiéndolo de la curiosidad de profanos e indignos. Así lo dijo Herodoto: “Guardando de ello el benéfico silencio”.

No todos los ritos eran agrícolas, los había iniciáticos y religiosos. Los aztecas, al igual que otras muchas culturas, poseían un calendario oficial de regulación de lunas y tránsitos cenitales y otro –que no siempre coincidía con el anterior- para otros cultos religiosos. Así trabajaban las sacerdotisas sagradas. Ellas eran libres  en sus funciones y labores, el varón las respetaba sin inmiscuirse en su trabajo.

Si Herodoto se refirió a ellas como las “prostitutas sagradas” fue con el respetuoso objetivo de calificar de algún modo, el trabajo de la transmutación sexual. En los textos sumerios en donde se citan a los “bastones fálicos” se puede apreciar el gran respeto que tenían por ellos. Eran denominados como “la clavija mística que da estabilidad al edificio”.

Casi todas la “korais” griegas que fueron desenterradas de la acrópolis de Atenas, llevaban como atributos, la flor, el fruto o la paloma, además de esa expresión de dignidad que las caracteriza. Tenían inscripciones de sus agradecidos devotos que admitían, haber sido ayudados en su trabajo. Estos símbolos también se dieron en las sacerdotisas iberas.

Existen tres tipos de sexo: el infra-sexo, el sexo-animal y el supra-sexo, ésta era la asignatura estudiada por todas las sacerdotisas de todos los tiempos arcaicos. Los misterios sexuales tienen un carácter sagrado que exige, ante todo una gran castidad (no confundir con celibato). La práctica de la supra-sexualidad que nada tiene que ver con la infra-sexualidad, ni con la sexualidad-animal.

En las fiestas llamadas “Misias”, las sacerdotisas, tras varios días de encierro voluntario en el templo y cuya preparación consistía en ayunos y meditaciones, salían con la sonrisa en los labios, con una sonrisa limpia, de pureza espiritual y de la satisfacción del deber cumplido.

La mujer actual es llamada a ejercer su misión sagrada como sacerdotisa de su hogar, de su mundo y de su entorno. En estos tiempos de crisis, es la mujer, quien debe tomar las riendas de los valores humanos y preservarlos. Ella es la mediadora del cosmos y portadora del espíritu del fuego.

El Venerable Maestro Samael Aun Weor dice que la mujer tiene la santa predestinación de ser madre, para guiarse a sí misma y a su varón en armonía, respeto y libertad. Dice también que debe llevar la antorcha del conocimiento porque gracias a las vibraciones de Urano, disfruta del dominio sobre la biología orgánica del varón:

 “¡Mujer adorable!… tú eres la senda del filo de la navaja; el rocalloso camino que conduce al Nirvana.”, Samael Aun Weor.

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