San Agustín, el hierofante

 

San Agustín, el Gran Patriarca Gnóstico, enseña (en "El Pecado Original", C. 35) el ideal de una Sexualidad Sacralizada de la Pareja en el Matrimonio ("Hierogamia" o "Matrimonio Sagrado"), en las siguientes palabras:

"No se perdería la incolumidad, la virginidad del alma, por la violencia del perturbador deseo, sino que más bien obedecería el líbido al Imperium Tranquillisimae Caritates; sin dolor y sin sangre consumaría la virginal desposada el acto sexual, como tampoco la parturienta sentiría dolor alguno".

Como también, (en "La Ciudad de Dios" XIV, 21), afirma la posibilidad del sometimiento del sexo y de los órganos reproductores a la voluntad, en este Acto Sagrado:

"¿Por qué no hemos de creer que los humanos pudieran antes de la caída en pecado, dominar los órganos sexuales lo mismo que los restantes miembros del cuerpo, a los cuales sirve el alma a través del deseo sin molestia ni excitación?"

 

Nació en Tagaste (África) el año 354; después de una juventud desviada doctrinal y moralmente fue un modelo para su grey, a la que dio una sólida formación por medio de sus sermones y de sus numerosos escritos gnósticos, con los que contribuyó en gran manera a una mayor profundización de la fe cristiana asi como del gnosticismo. Está entre los Padres mas influyentes de la Gnosis en  Occidente y sus escritos son de gran actualidad. Murió el año 430.Agustín fue a Cartago a fines del año 370, cuando acababa de cumplir diecisiete años. Pronto se distinguió en la escuela  y se entregó ardientemente al estudio.No tardó en entablar relaciones amorosas con una mujer y supo permanecerle fiel hasta que la mandó a Milán, en 385. Con ella tuvo un hijo, llamado Adeodato, el año 372.

El padre de Agustín murió en 371. Agustín prosiguió sus estudios en Cartago. La lectura del "Hortensius" de Cicerón le desvió de la retórica a la filosofía. También leyó las obras de los escritores cristianos, pero la sencillez de su estilo le impidió comprender su humildad y penetrar su espíritu. Por entonces cayó Agustín en el maniqueísmo, angustiada por el "problema del mal", que trataba de resolver por un dualismo metafísico y religioso, afirmando que Dios era el principio de todo bien y la materia el principio de todo mal. La mala vida lleva siempre consigo cierta oscuridad del entendimiento y cierta torpeza de la voluntad; Agustín profeso el maniqueísmo hasta los veintiocho años. El santo confiesa: "Buscaba yo por el orgullo lo que sólo podía encontrar por la humildad. Henchido de vanidad, abandoné el nido, creyéndome capaz de volar y sólo conseguí caer por tierra".

Agustín tenía curiosidad por conocer a fondo al obispo, no tanto porque predicase la verdad, cuanto porque era un hombre famoso por su erudición. Así pues, asistía frecuentemente a los sermones de San Ambrosio, para satisfacer su curiosidad y deleitarse con su elocuencia, al mismo tiempo, leía las obras de Platón y Plotino. "Platón me llevó al conocimiento del verdadero Dios y Jesucristo me mostró el camino". Santa Mónica, que le había seguido a Milán, quería que Agustín se casara; por otra parte, la madre de Adeodato retornó al África y dejó al niño con su padre.

"Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo, seguía atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El Enemigo se había posesionado de mi voluntad y la había convertido en una cadena que me impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad había nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí una especie de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me mantenían en cruel esclavitud. Y ya no tenía la excusa de dilatar mi entrega a Ti alegando que aún no había descubierto plenamente tu verdad, porque ahora ya la conocía y, sin embargo, seguía encadenado … Nada podía responderte cuando me decías: ‘Levántate del sueño y resucita de los muertos y Cristo te iluminará . . . Nada podía responderte, repito, a pesar de que estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas y perezosas. Así pues, te decía: ‘Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo. Pero ese ‘pronto’ no llegaba nunca, las dilaciones se prolongaban, y el ‘poco tiempo’ se convertía en mucho tiempo".

Agustín se levantó y salió al jardín. Alipio le siguió, sorprendido de sus palabras y de su conducta. Ambos se sentaron en el rincón más alejado de la casa. Agustín era presa de un violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado del Espíritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus excesos. Y Levantándose del sitio en que se hallaba sentado, fue a tenderse bajo un árbol, clamando: "¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar siempre airado? ¡Olvida mis antiguos pecados!" Y se repetía con gran aflicción: "¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no voy a poner fin a mis iniquidades en este momento?" En tanto que se repetía esto y lloraba amargamente, oyó la voz de un niño que cantaba en la casa vecina una canción que decía: "Tolle lege, tolle lege" (Toma y lee, toma y lee). Agustín empezó a preguntarse si los niños acostumbraban repetir esas palabras en algún juego, pero no pudo recordar ninguno en el que esto sucediese. Entonces le vino a la memoria que San Antonio se había convertido al oír la lectura de un pasaje del Evangelio. Interpretó pues, las palabras del niño como una señal del cielo, dejó de llorar y se dirigió al sitio en que se hallaba Alipio con el libro de las Epístolas de San Pablo. Inmediatamente lo abrió y leyó en silencio las primeras palabras que cayeron bajo sus ojos: "No en las riñas y en la embriaguez, no en la lujuria y la impureza, no en la ambición y en la envidia: poneos en manos del Señor Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia". Ese texto hizo desaparecer las últimas dudas de Agustín, que cerró el libro y relató serenamente a Alipio todo lo sucedido. Alipio leyó entonces el siguiente versículo de San Pablo: "Tomad con vosotros a los que son débiles en la fe". Aplicándose el texto a sí mismo, siguió a Agustín en la conversión. Ambos se dirigieron al punto a narrar lo sucedido a Santa Mónica, la cual alabó a Dios "que es capaz de colmar nuestros deseos en una forma que supera todo lo imaginable". La escena que acabamos de referir tuvo lugar en septiembre de 386, cuando Agustín tenía treinta y dos años.

El santo renunció inmediatamente al profesorado y se trasladó a una casa de campo en Casiciaco, cerca de Milán, que le había prestado su amigo Verecundo. Santa Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, San Alipio y algunos otros amigos, le siguieron a ese retiro, donde vivieron en una especie de comunidad. Agustín se consagró a la oración y el estudio y, aun éste era una forma de oración por la devoción que ponía en él. Entregado a la penitencia, a la vigilancia diligente de su corazón y sus sentidos, dedicado a orar con gran humildad, el santo se preparó a recibir la gracia del bautismo, que había de convertirle en una nueva criatura, resucitada con Cristo. "Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte. ¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde empecé a amarte! Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos, corriendo detrás de la hermosura por Ti creada; las cosas que habían recibido de Ti el ser, me mantenían lejos de Ti. Pero tú me llamaste. me llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi sordera. Tú me iluminaste y tu luz acabó por penetrar en mis tinieblas. Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento de Ti. Me has tocado y mi corazón desea ardientemente tus abrazos". Los tres diálogos "Contra los Académicos", "Sobre la vida feliz" y "Sobre el orden", se basan en las conversaciones que Agustín tuvo con sus amigos en esos siete meses.

 


 

El hombre, en su insuficiencia, se siente atraído por un objeto mayor que él: la verdad. San Agustín remarcó que el conocimiento de la verdad ha de ser buscado porque aporta la auténtica felicidad. Su pregunta principal sobre el conocimiento no fue si el hombre puede conseguir la certeza, sino cómo puede alcanzarla, ya que era consciente de que el ser humano no sólo consigue evidencia de verdades eternas y necesarias, sino que también conoce con certeza que se trata de verdades eternas y necesarias. Platón explicó este hecho mediante la reminiscencia. Para San Agustín, el conocimiento de verdades eternas podía llevar, por reflexión sobre tal conocimiento, al entendimiento de Dios y de su actividad.

En el Contra Academicos, San Agustín se interesa primariamente por mostrar que la sabiduría pertenece a la felicidad y que la verdad pertenece a la sabiduría. También pone en claro que incluso los escépticos están seguros de determinadas verdades: que de dos proposiciones disyuntivas contradictorias una es verdadera y la otra falsa. Sabemos que el mundo, o no tiene principio ni fin, o tiene principio pero no fin, o no tiene principio pero tendrá fin, o tiene principio y fin; es decir, estamos seguros del principio de no contradicción (Contra Academicos, 3, 10, 23). Por otro lado, aunque a veces nos engañe el pensar que la apariencia y la verdad siempre se corresponden, al menos estamos seguros de nuestra impresión subjetiva. “No he de quejarme de los sentidos, porque es injusto pedir de éstos más de lo que pueden dar: sea lo que sea lo que ven mis ojos, lo ven realmente. Entonces, ¿es verdad lo que ven en el caso del remo metido en el agua? Enteramente verdad. Porque, dada la causa por la que aparece de esa manera (digamos, torcido), más bien debería acusar a mis sentidos de engañarme si me lo presentaran recto cuando se introduce en el agua. Porque no lo verían como, dadas las circunstancias, deberían verlo… Pero, se podría decir, me engaño si doy mi consentimiento. Entonces, no demos nuestro asentimiento más que al hecho de la apariencia, y no nos engañaremos. Porque no veo como el escéptico podrá refutar al hombre que dice: sé que ese objeto me parece blanco” (Contra Academicos, 3, 11, 26). Con este texto San Agustín, que se refiere a los epicúreos, quiere manifestar que los sentidos, como tales, nunca mienten ni nos engañan, aunque podamos engañarnos a nosotros mismos al juzgar que las cosas existen objetivamente del mismo modo en que nos aparecen. Si después de un largo tiempo salgo de una bañera con agua caliente y me introduzco en otra con agua templada, el agua me parecerá fría, pero si sólo digo “esta agua me parece fría”, estaré en lo cierto y ningún escéptico podrá refutarme.

Por supuesto, todo el que duda sabe que duda, así que incluso el que duda sabe que su duda es verdadera y, por tanto, conoce una verdad. ¿Pero, las cosas reales existen? San Agustín parte de que uno mismo está seguro, al menos, de su propia existencia: “si no existes, no puedes engañarte en nada” (De Libero Arbitrio, 2, 3, 7). Al hecho de existir, San Agustín ensambla los conceptos de vida y entendimiento: “existimos,  y sabemos que existimos, y amamos ese hecho y nuestro conocimiento de él; en esas tres cosas que he enumerado no nos perturba miedo alguno de equivocarnos; porque no las aprendemos mediante ningún sentido corporal, como aprendemos los objetos externos” (De Civitate Dei, 11, 26). Así, no hay otra cosa que expresar la certeza de aquello que conocemos por la experiencia interior, aunque es el grado mas bajo de conocimiento. 

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