El Vacío Iluminador

 

             Es urgente comprender a fondo, las técnicas de la meditación; hoy platicaremos sobre el Va­cío Iluminador.

            Al iniciar este tema, me veo obligado a narrar lo que por mí mismo y en forma directa, sobre el particular he podido verificar directamente.

            Espero que los que escuchen este cassette estén informados sobre la maravillosa Ley de la Reencarnación, pues en ella fundamento el siguiente relato.

            Cuando la segunda subraza, de nuestra actual gran Raza Aria, floreció en la China antigua, yo estuve reen­carnado allí. Entonces me llamé Chou Li; obviamente fui miembro de la Dinastía Chou. En aquella existencia me hice miembro activo de la Orden del Dragón Ama­rillo, y es claro que en tal Orden, pude aprender clara­mente la Ciencia de la Meditación.

            Todavía viene a mi memoria aquel instrumento maravilloso, denominado Aya Atafán, que tenía cuarenta y nueve notas. Bien sabemos lo que es la Sagrada Ley del Heptaparaparshinok, o sea, la Ley del Siete. Indubitablemente, siete son las notas de la escala musical, más si multiplicamos el siete por el siete, obtendremos cuarenta y nueve notas, colocadas en siete octavas.

            Los hermanos nos reunía­mos en la sala de meditación, nos sentábamos al estilo oriental, con las piernas cruzadas, poníamos las palmas de las manos en forma tal, que la derecha quedaba sobre la izquierda; nos sentábamos en circulo, en el centro de la sala; ce­rrábamos nuestros ojos y enseguida poníamos mucha atención a la música que cierto hermano brindaba al cosmos y a nosotros.

            Cuando el artista hacia vibrar la primera nota, que estaba en Do, todos nos concentrábamos. Cuando hacia vibrar la siguiente nota, en Re, la concentración se hacia más profunda: luchábamos con los diversos elementos sub­jetivos que en nuestro interior cargamos; queríamos re­criminarlos, hacerles ver la necesidad de guardar silencio absoluto. No está demás recordarles a ustedes, queridos hermanos, que esos elementos indeseables que constituyen el Yo, el Ego, el mí mismo, el sí mismo, son millares de entidades diversas, personificando errores. Cuando vibraba la nota Mi, penetrábamos en la tercera zona del subconsciente y nos enfrentábamos, pues, a la multiplicidad de esos diversos agregados psíquicos que en desorden bullen dentro, en nuestro interior, y que im­piden la quietud y el silencio de la mente. Los recriminábamos, tratábamos de comprenderlos. Cuando lo conseguíamos, penetrábamos aún mas hondo, en la nota Fa. Es obvio que nuevas luchas nos esperaban con tal nota, pues amordazar a todos esos demonios del deseo que uno lleva dentro, no es tan fácil; obligarles a guardar silencio y quietud, no es cosa sencilla, pero con paciencia lo lográbamos, y así proseguíamos con cada una de las notas de la escala musical. Una octava más elevada, proseguíamos con el mismo esfuerzo, y así, poco a poco, enfrentándonos a los diver­sos elementos infrahumanos que en nuestro interior car­gábamos, lográbamos por fin amordazarlos a todos en los cuarenta y nueve nive­les del subconsciente. Entonces la mente quedaba quieta, en el más profundo silencio; ese era el instante en que la Esencia, eso que tenemos de Alma, lo más puro que tenemos dentro, se escapaba para experimentar lo real. Así penetrába­mos en el Vacío Iluminador, así el Vacío Iluminador hacía irrupción en nosotros, y moviéndonos en el Vacío Iluminador, lográbamos conocer las leyes de la natu­raleza en sí mismas, tal cual son y no como aparentemente son.

            En este mundo tridimensional de Euclides, sólo se co­nocen causas y efectos mecánicos, no las leyes naturales en sí mismas. En el Vacío Iluminador ellas se presentan ante nosotros como realmente son.

            Nosotros podíamos percibir en ese estado, con la Esencia, con los sentidos superlativos del Ser, las cosas en sí, tal cual son. En el mundo de los fenómenos físicos, solamente percibimos, en realidad, la apariencia de las cosas: ángulos, superficies, nunca un cuerpo en forma inte­gral, y lo poco que percibimos es fugaz. Nadie podría percibir que cantidad de átomos, por ejemplo, tiene una silla, etc., empero, en el Vacío Iluminador, percibimos las cosas en sí, tal cual son integralmente.

            Mientras nos hallábamos así, sumergidos dentro del gran Vacío Iluminador, podíamos escuchar la voz del Padre que está en secreto. Indubitablemente, en ese estado nos hallábamos en lo que se podía denominar arrobamiento o éxtasis: la personalidad quedaba en estado pasivo, sentada allá en la sala de meditación; los Centros Emocional y Mo­tor, se integraban con el Centro Intelectual, formando un todo único receptivo, de manera que las ondas de todo aquello que vivenciábamos en el Vacío, circulando por el Cordón de Plata, eran recibidas por los tres cen­tros: Intelectual, Emocional y Motor.

            Repito: cuando el Samadhi concluía, regresábamos al interior del cuerpo, conservando el recuerdo de todo aquello que habíamos visto y oído.

            Sin embargo he de decirles que lo primero que hay que dejar, para poder sumergirse uno por largo tiempo en el Vacío Iluminador, es el miedo; el Yo del temor debe ser comprendido; ya sabe­mos que su desintegración se hace posible, suplicando a la Divina Madre Kundalini en forma vehemente, y ella eli­minará tal Yo.

            Un día cualquiera, no importa cual, hallándome en el Vacío Iluminador, más allá de la personalidad, del Yo y de la individualidad, sumergido en eso que podríamos decir el Tao, o "aquello", sentí que era todo lo que es, ha sido y será; experimenté la unidad de la vida, libre en su movimiento. Entonces era la flor, el río que cristalino corre entre su lecho de rocas, cantando con su lenguaje feliz; era el ave que se precipita en los fondos insondables; era el pez que navega deliciosamente entre las aguas; era la luna, los mundos, era todo lo que es, ha sido y será… El sentimiento del mí mismo, del Yo, hube de temer: sentí que me aniquilaba, que dejaba de existir como individuo, que era todo, menos un individuo; que el mí mis­mo tendía a morir para siempre.

            Obviamente, me llené de indecible terror y volví a la forma. Nuevos esfuerzos me permitieron, entonces, la irrupción del Vacío Iluminador (otra vez) y volví a sentirme confun­dido con todo, siendo todo. Como persona, como Yo, como individuo, había dejado de existir. Ese estado de conciencia se hacia cada vez más y más profundo, en tal forma que cualquier posibilidad de existencia separada, de existencia individual, tendía a desaparecer. No pude resistir más y volví a la forma. Un tercer inten­to, tampoco lo pude resistir: volví a la forma. Desde entonces sé que para experimentar el Vacío Iluminador, que para sentir el Tao en sí mismo, se necesita eliminar el Yo del terror; eso es indubitable.

            Entre los hermanos de la Orden Sagrada del Dragón Amarillo, el que más se distinguió fue mi amigo Chang. Hoy vive él en uno de esos planetas del Cristo, donde la naturaleza no es perecedera y jamás cambia, pues hay dos naturalezas: la perecedera, cambiante, mutable, y la im­perecedera, que jamás cambia, que es inmutable. En los planetas del Cristo existe la naturaleza eterna e impere­cedera e inmutable, y él vive en esos mundos del Señor, el Cristo resplandece en él. Se liberó Chang, hace varias edades mi amigo Chang vive allí, en aquel lejano planeta, con un grupo de hermanos que con él, también se liberaron.

            Conocí, entonces, los Siete Secretos de la Orden del Dragón Amarillo. Quisiera enseñarlos, pero con gran dolor, me doy cuenta que los hermanos de todas las latitudes, no están todavía preparados para poderlos recibir y esto es lamentable.

            También sé que, hoy por hoy, no es posible utilizar los cuarenta y nueve sonidos del Aya Atafán, porque ese instrumen­to musical ya no existe. Muchas involuciones de ese ins­trumento existen, pero son diferentes, no tienen las sie­te octavas. Involuciones de ese instrumento son todos los instru­mentos de cuerda: violín, guitarra, también el plano, etc.

            Más, sí es posible llegar a la experiencia del Vacío Iluminador. Hay un sistema, práctico y sencillo, que todos los hermanos pueden practicar. Voy a dictarles ahora mismo la técnica; pongan aten­ción.

            Siéntense, en el estilo oriental: con las piernas cruza­das; así. Debido a que sois occidentales, esta posición resulta para vosotros muy cansona. Entonces, sentáos cómodamente, en un cómodo sillón, al estilo occidental. Colocad la palma de la mano izquierda abierta, la derecha sobre la izquierda; quiero decir: el dorso de la palma de la mano derecha, sobre la palma de la mano izquierda. Relajad el cuerpo, lo más posible. Inhalad profun­damente, muy despacio. Al inhalar, imaginad que la energía creadora sube por los canales espermáticos hasta el cerebro. Exhalad, corto y rápido. Al inhalar, pronunciad el mantram JAAAAAAAMMMMMMM; al exhalar, pronunciad el mantram SAAAJJ.

            Indubitablemente, se inhala por la nariz y se exhala por la boca. Al inhalar, habrá de mantralizarse la sílaba sagrada HAM (mentalmente, pues se está inhalando por la nariz); más al exhalar, se podrá articular la sílaba SAH en forma sonora.

            "Ham" se escribe con las letras H, A, M; "Sah" se escribe con las letras S, A, H. La hache suena siempre como jota.

            La inhalación se hace lentamente; la exhalación, corta y rápida. ¿Motivo? Obviamente la energía creadora fluye, en todo sujeto, desde dentro hacia afuera, es decir, de manera centrí­fuga; más nosotros debemos invertir ese orden con fines de superación espiritual. Debe, nuestra energía, fluir en forma centrípeta (quiero decir, de afuera hacia adentro). Indubitablemente, si inhalamos despacio, lento, fluirá la energía creadora en forma centrípeta, de afuera hacia adentro. Si exhalamos corto y rápido, entonces se hará cada vez más centrípeta esa energía.

            Durante la prácti­ca, no se debe pensar absolutamente nada: los ojos deben estar cerrados profundamente; sólo vi­brará, en nuestra mente el Ham-Sah, y nada más. A medida que se practica, la inhalación, se va haciendo cada vez más honda y la exhalación muy corta y rápida.

            Los grandes Maestros de la meditación llegan a volver, a la respiración, pura inhalación; entonces aquella queda en suspenso. ¡Imposible esto, para los científicos, pero no para los místicos! En tal estado, el Maestro participa en el Nirivi Kalpa Samadhi, o Maha Samadhi: viene la irrupción del Vacío Iluminador, se precipita en ese Gran Vacío, donde nadie vive y donde solamente se escucha la palabra del Padre que está en secreto.

            Con esta práctica se consigue la irrupción del Vacío Iluminador, a condición de no pensar absolutamente en nada, de no admitir en la mente ningún deseo, nin­gún recuerdo. La mente debe quedar completamente quie­ta, por dentro, por fuera y en el centro; cualquier pensa­miento, por insignificante que sea, es óbice para el Sa­madhi, para el éxtasis.

            Asimismo, esta ciencia de la meditación, combinada con la respiración, produce efectos extraordinarios. Normalmente, las gentes padecen de eso que se llama "poluciones nocturnas", hombres y mujeres sufren de tal padecimiento, tienen sueños eróticos. Sí: los Yoes copulan unos con otros, la vibración pasa por el Cordón Plateado, llega hasta el cuerpo físico y deviene el orgasmo, con pérdida de energía creadora. Más esto sucede cuan­do la energía sexual fluye en forma centrífuga, desde adentro hacia afuera. Cuando la energía sexual fluya desde afuera hacia aden­tro, de manera centrípeta, las poluciones sexuales terminarán. Este es un beneficio, pues, para la salud.

            Ahora bien, el Samadhi se pronuncia durante esta prácti­ca de la meditación, debido a que las energías creadoras, fluyendo desde afuera hacia adentro, impregnan a la Con­ciencia y terminan por hacerla abandonar al Ego y al cuerpo. La Conciencia desembotellada de dentro del Ego, en ausencia del Ego y fuera del cuerpo físico, indubitablemente penetra en el Vacío Iluminador, recibe el Tao.

            Si uno elimina el Ego del miedo, del temor, podrá permanecer en el Vacío Iluminador sin preocupación alguna: sentirá que su aspecto individual se va disolviendo, se sentirá vivir en la piedra y en la flor, en la estrella lejana y en el ave cantora de cualquier mundo o planeta, más no temerá, y si no teme, al fin gravitará hacia su origen, convertida la Conciencia, la Esencia, en una criatura terriblemente divina, más allá del bien y del mal; podrá posarse en el Sagrado Sol Absoluto, y allí, en ese Sol, como estrella microcósmica, conocerá todos los misterios del universo. Porque es bueno saber que el universo en sí mismo, todo nuestro sistema solar, existe en la inteligencia del Sagrado Sol Absoluto como un instante eterno. Todos los fenómenos en la naturaleza, se procesan dentro de un instante eterno, en la inteligencia del Sagrado Sol Absoluto, más si uno teme, perderá el éxtasis y volverá a la forma densa.

            Queridos hermanos que escuchan este cassette: ¡deben abandonar el temor! Indubita­blemente, no basta decir: "¡dejaré de temer!" Hay necesidad de eliminar el Yo del temor, y éste se disuelve, estric­tamente, con el poder de la Divina Madre Kundalini Shakti. Primero hay que analizarlo, comprenderlo, y posteriormente invocar a Devi Kundalini, a nuestra Divina Madre Cós­mica particular, para que ella desintegre el Yo del temor. Sólo así puede uno sumergirse en el Vacío Iluminador en forma absoluta. Quien lo haga, gravitará hacia el Sagrado Sol Absoluto y conocerá las maravillas del universo.

            Nuestros hermanos deben, pues, practicar, la técnica de la meditación, tal como la hemos dado. ¡No olviden que el cuerpo hay que relajarlo; eso es indispensable!

            JAAAAAAAMMMMMMM-SAAAJJ, es el Gran Aliento; JAAAAAAAMMMMMMM-SAAAJJ, es el Astral. JAAAAAAAMMMMMMM-SAAAJJ es, también, un mantram que transmuta las energías creadoras.

            La meditación, combinada con el tantrismo, es formida­ble. JAAAAAAAMMMMMMM-SAAAJJ, es la clave.

            Bien sabemos que la energía creadora sirve para el despertar de la Conciencia. Com­binada con la meditación, incuestionablemente, saca a la Conciencia de entre el elemento subjetivo y la absorbe en el Vacío Iluminador.

            Obviamente que el Vacío Iluminador está más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente.

            En una sala de meditación Zen, en el Oriente, un monje le preguntó a un Maestro: "¿Cuál es el Vacío Iluminador?" Dicen los textos Zen que el Maestro le dio una patada al discípulo en el estómago y que éste cayó privado. Después el discípulo se levantó y abrazó al Maestro. "Gracias, Maestro -le dijo-, he experimentado el Vacío Iluminador".

            ¡Eso es absurdo!, dirán muchos. Pues no es así. Lo que sucede es que se presentan fenómenos muy especiales, para el Vacío Iluminador. Un polluelo, cuando está listo para salir del cascarón, su madre le ayuda, o le auxilia, picando ella (por sí misma) la cascara, y el polluelo sigue picando (con esta ayuda) y sale. Así también, cuando alguien ha madurado, recibe la ayuda de la Divina Madre Kundalini y sale de entre el cascarón de la perso­nalidad y del Ego para experimentar el Vacío Iluminador; pero hay que perseverar.

            En la meditación, se debe combinar, inteligentemente, la concentración con el sueño. Sueño y concentración, mezclados, producen iluminación.

            Muchos esoteristas piensan que la meditación en modo alguno se debe combinar con el sueño del cuerpo, más quienes así piensan, se equivocan: la medita­ción sin sueño arruina al cerebro. Se debe siempre utilizar el sueño, en combinación con la técnica de la meditación, pero un sueño controlado, un sueño voluntario; no un sueño sin control, no un sueño absurdo, sino meditación y sueño combinados inteligentemente. Debemos montar sobre el sueño, y no que el sueño monte sobre nosotros. Si aprendemos a montar sobre el sueño, habremos triunfado; si el sueño monta sobre nosotros, hemos fracasado.

            Pero debemos usar el sueño. La meditación, repito, combinada con el sueño, llevará a nuestros estudiantes al Samadhi, a la experiencia del Vacío Iluminador.

            Diariamente hay que practicar. ¿A qué hora? En el ins­tante en que nos sintamos con el ánimo de hacerlo. Muy especialmente cuando nos sintamos con sueño, apro­vecharlo para la meditación.

            Si los discípulos siguen estas indicaciones, podrán algún día recibir el Tao, podrán experimentar la verdad.

            Obviamente, hay dos tipos de dialéctica: la Dialéctica Racional, y al Dialéctica de la Conciencia. Du­rante el Satori, trabaja la Dialéctica de la Conciencia; entonces todo lo entendemos por intuitos, o a través de palabras o de figuras simbólicas: es el lenguaje de las parábolas del Evangelio Crístico, el lenguaje vivo de la Conciencia Superlativa del Ser.

            En el Zen, por ejemplo, la Dialéctica de la Conciencia se adelanta siempre a la Dialéctica del Raciocinio. A un monje Zen se le preguntó: "¿Por qué Bodidharma vino del oeste?" Respuesta: "El ciprés está en el centro del jardín". Cualquiera diría: "esto no guarda concordancia alguna", más sí la guarda. Es una respuesta que se adelanta a la Dia­léctica del Raciocinio, sale de la Esencia. El ciprés, el árbol de la vida, está en todas partes: no importa el oriente ni el occidente. Ese es el sentido de la respuesta.

            En el Vacío Iluminador todo se sabe "porque sí", por experiencia directa de la verdad.

            El estudiante tendrá que familiarizarse con la Dialéctica de la Conciencia. Desgraciadamente, el poder formulativo de conceptos más o menos lógicos, por muy brillante que sea (y hasta útil, en todos los aspectos de la vida práctica), resulta óbice para la Dialéctica de la Conciencia.

            No quiero con esto descartar el poder formulativo de conceptos lógicos, pues todos lo necesitamos en el te­rreno de los hechos prácticos de la existencia, pero cada facultad, incuestionablemente, tiene su órbita particular y es útil dentro de su órbita particular, y es útil dentro de su órbita; fuera de su órbita, resulta inútil y perjudicial.

            Dejemos el poder formulativo de con­ceptos dentro de su órbita, y dentro del Samadhi, o Para Samadhi, en la medi­tación, debemos siempre aprehender, capturar, vivenciar la Dialécti­ca de la Conciencia. Eso es cuestión de experiencia, es algo que el discípulo irá haciendo a medida que practique con la técnica de la meditación.

            El camino de la meditación profunda, implica mucha paciencia; los impacientes jamás lograrán triunfar. No es posible vivenciar o experimentar el Vacío Iluminador, en tanto exista en nosotros la impaciencia. El Yo de la impa­ciencia tiene que ser eliminado, después de haber sido comprendido. ¡Que se entienda esto con claridad! Si así se actúa, se recibirá el Tao; eso es obvio.

            Jamás podrá venir a nosotros la experiencia de lo real, en tanto la Conciencia continúe embutida dentro del Ego. El Ego, en sí mismo, es tiempo; toda esa multi­plicidad de elementos fantasmales que constituyen el mí mismo, son un compendio del tiempo. La experiencia del Vacío Iluminador es la antítesis: resul­ta atemporal, está más allá del tiempo y de la mente.

            El tiempo es toda la multiplicidad del Yo; el Yo es el tiempo. Así pues, el tiempo es subjetivo, incoherente, torpe, pesado, no tiene realidad objetiva.

            Cuando uno se sienta en una sala de meditación, o sencillamente en su casa, y trata de meditar, de practicar con esta técnica, debe olvidar el concepto tiempo y vi­vir dentro de un instante eterno. Quienes se dedican a meditar y están pendientes del reloj, obviamente no logran la experiencia del Vacío Iluminador.

            Si me preguntaran cuantos minutos diarios debemos utilizar para la meditación: que si media hora, o una hora, o dos, no daría respuesta; porque si alguien entra en meditación y está pendiente del tiempo, no puede experimentar el Vacío Iluminador, porque éste no es del tiempo. Eso sería similar a un ave que intentara volar, pero que estuviera amarrada por una pata, o a una piedra, o a un palo: no podría volar, habría una traba. Para experimentar el Vacío Ilu­minador, tenemos que liberarnos de toda traba.

            Lo im­portante, ciertamente, es experimentar la verdad, la verdad está en el Vacío Iluminador.

            Cuando a Jesús (el Gran Kabir), le dijeron: "¿Cuál es la verdad?", el Maestro guardó profundo silencio, y cuando a Gautama Sakyamuni le hicieron la misma pregunta, dio la espalda y se retiró. No puede ser descrita la verdad, no puede ser explicada; cada cual tiene que experimentarla por sí mismo, a través de la técnica de la meditación. En el Vacío Iluminador experimentamos la verdad; ese es un elemento que nos transforma radicalmente.

            Hay que perseverar, hay que ser tenaz. Puede que al principio no logremos nada, pero a medida que vaya pasando el tiempo, sentiremos que nos vamos haciendo cada vez más profundos, y al fin un día cualquiera irrumpirá en nuestra mente la experiencia del Vacío Iluminador.

            Incuestionablemente, el Vacío Iluminador, en sí mismo, es el Santo Okidanok, el activo Okidanok: omnipresente, omnipenetrante, omnisciente, que emana en sí mismo, del Sagrado Sol Absoluto. ¡Dichoso quien logre precipitarse entre el Vacío Iluminador, donde no vive criatura alguna, porque es allí, precisamente, donde experimentará lo real, la verdad!

            Perseverancia, se hace indispensable. Diariamente hay que trabajar, a fondo, hasta conseguir el triunfo total.

            Resulta prodigiosa la experiencia de la verdad a través de la meditación. Cuando se ha experimentado la verdad, se siente uno con fuerzas para perseverar en el trabajo sobre sí mismo.

            Brillantes autores han hablado del trabajo en sí mismo, sobre el Yo, sobre el mí mismo. Es obvio que han hecho bien, al haber hablado así, más han olvidado algo: la experien­cia de la verdad. En tanto uno no haya experimentado lo real, no se sien­te reconfortado, no se siente con fuerzas suficiente para trabajar sobre sí mismo, sobre el Yo mismo. Cuando uno de verdad ha pasado por tal experiencia mística, es diferente: nada lo puede detener en su anhelo por la liberación; trabajará incansablemente sobre sí mismo, para conseguir de verdad un cambio radical, total y de­finitivo. Ahora comprenderán ustedes, mis queridos hermanos, por qué son tan indispensable, la salas de meditación.

            Francamente, yo me siento triste al ver que, a pesar de haber escrito tanto sobre meditación en distintos "Men­sajes de Navidad", todavía en los países suramericanos y centroamericanos no existen Sa­las de Meditación, cuando ya deberían existir. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Existe indolencia! ¿Por qué existe? ¡Por falta de comprensión! Se hace indispensable entender.

            El pobre animal intelectual equivocadamente llamado hombre, necesita aliento, necesita algo que lo anime en la lucha, necesita estimulo para el trabajo sobre sí mismo. Sé que el pobre animal intelectual es débil por naturaleza y que se encuentra colocado en una situación completamente desventajosa: el Ego es demasiado fuerte y la persona­lidad terriblemente débil; es algo así, y solo, apenas sí puede caminar. Necesita de algo que lo anime al trabajo, necesita de un apoyo íntimo, y esto solamente es posible mediante la meditación.

            No quiero decir que todos, de un solo golpe de hoz, vayan a experimentar el Vacío Iluminador. Obviamente, hay que llegar a esa experiencia a través de distintos grados y el devoto irá sintiendo, cada vez más, el impulso íntimo del Ser: tendrá diversas vivencias, más o menos lúcidas, y por último un día llegará, en que tendrá la mejor de las vivencias, la experiencia directa de la Gran Reali­dad; entonces recibirá el Tao.

            Que aquellos que escuchen este cassette, sopesen bien mis palabras, que las reflexionen. No basta sen­cillamente escuchar: hay que saber escuchar, y esto es diferente… Pero "el que escucha la palabra y no la hace -dice el Apóstol Santiago en la ’Epístola Universal’-, se parece al hombre que se mira en un espejo y luego da la espalda y se va".

            ¡Hay que hacer la palabra dentro de sí mismo. No basta escuchar este cassette: hay que convertirlo en carne, sangre y vida. Si es que se quiere una transformación radical, hay que perseverar.           

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