El verdadero origen del Hombre (parte 2)

 
 Miremos la raza humana: en principio, no existían los sexos separados, la raza era hermafrodita. Entonces cada individuo sagrado, le­mur, tenía los órganos sexuales (masculino y femenino), totalmente desarrollados y se repro­ducían mediante el sistema de gemación: aquel hermafrodita eliminaba (de sus ovarios, naturalmente) mediante el menstruo, en determi­nado tiempo, un óvulo o huevo perfectamente desarrollado, del tamaño que puede ser como el de un ave, con una envoltura calcárea completa. Ese huevo, colocado en un ambiente especial, dentro de su interior, gestaba una nueva criatura. Y al fin, cuando esa criatura salía de su cascarón, se alimentaba de los pechos del Padre Madre (normalmente). Así se re­producían los lemures. El acto sexual no exis­tía, porque cada individuo era completo, por sí mismo. Su reproducción era mediante el sistema de gemación.

            Más sucedió que, cuando llegó la época postle­múrica, se vio claramente que algunos niños nacían con un órgano sexual más acentuado que otro (algunos nacían con el órgano masculino más desarrollado que el femenino, o viceversa), y tal proceso se fue haciendo cada vez más notorio, hasta que al fin sucedió que nacieron niños unisexuados (varones o hembras). Pero éste proceso, de división en sexos opues­tos, se realizó a través de varios millones de años, no fue de la noche a la mañana. Por eso se dice que "Eva fue sacada de la costilla de Adán" (es un símbolo para alegorizar la división en sexos opuestos). Cuando ya vino la división total en sexos opuestos, entonces se necesitó la cooperación para crear. El menstruo siguió existiendo en el elemento femenino, pero ya ese óvulo nacía infecundo, o venía infecundo. Se necesita­ba la cooperación con el sexo masculino, para que el óvulo fuera fecundado y así poder reproducir la especie.

            Los Elohim creadores, los Kuma­rats, reunían a las gentes para la reproduc­ción, en determinadas épocas del año. Era de admirar cómo esas razas, esas tribus, viajaban de uno a otro lugar para ir, o asistir, en determi­nadas fechas, a los templos donde habían de reproducirse. El acto sexual jamás se realizaba fuera del templo; ese sacramento sólo se realizaba en el templo, era un sacra­mento del templo, y las parejas, hombre y mujer, en los patios empedrados de los tem­plos, se unían sexualmente para crear, bajo la dirección de los Kumarats.

            La humanidad gozaba de las facultades es­pirituales: podía percibir, perfectamente, todas las maravillas de la naturaleza y del cosmos. Su capacidad de visión le permitía ver la mi­tad de un Holtapannas, es decir, la mi­tad de la totalidad de las tonalidades del color universal (bien sabemos nosotros que un Hol­tapannas consta de cinco millones y me­dio de tonalidades del color). El oído era penetrante, cómo para poder cap­tar las sinfonías del universo; el olfato era tan agudo, que podía perfectamente sobrepasar al de los perros hoy en día. Era una humani­dad que podía usar, en su alfabeto, cincuenta y un vocales y trescientas consonantes articulables. No había degenerado, pues, el po­der del verbo, de la palabra; se hablaba en el lenguaje universal, que tenía poderes sobre el fuego, sobre el aire, sobre las aguas y sobre la tierra. Era una humanidad superior, millones de veces superior a la nuestra: construyó poderosas civilizaciones y también supo utilizar la energía del átomo y de los rayos cósmicos; tuvo naves, con las que viajó a través del espacio infini­to, naves maravillosas.

            Cualquier ser humano, en la Lemuria, po­día vivir de doce a quince siglos, es decir, algo más de mil años. Era una raza fuerte, vi­gorosa; podía perfectamente, agarrar una piedra y lanzarla con gran fuerza, allá lejos; una piedra que hoy necesitaríamos nosotros, para moverla, una poderosa grúa, y quizás ni con grúa lo haríamos.

            Así que, los lemures fueron una raza vigo­rosa, muy fuerte. Sin embargo, el origen de la raza de los lemures tampoco estuvo en el Pacífico, como se cree. Los antepasados de la Lemuria estuvieron en el Continente Hiperbóreo, que como especie de herradura, cierra alrededor del Polo Norte y del Polo Sur. En el Continente Hiperbóreo existió una raza poderosa de andróginos (no ya de hermafroditas, sino de andró­ginos). No era una raza que, simplemente, pudiera posarse sobre la corteza terrestre, como los lemures; no, los hiperbóreos fueron diferen­tes: flotaban en la atmósfera, en al atmósfera de aquellos días. Sin embargo, crearon su civilización (muchos han pensado que los hiperbóreos jamás conocieron la guerra, pero en realidad de verdad sí hubo una raza de hiperbóreos que supo hacer guerras). Entonces, los reinos mineral, vegetal, animal y humano, se mezcla­ban mucho. Existían minerales-vegetales y vegetales-minerales, animales-vegetaloides y vegetaloides-­animales. En cuanto a los seres humanos, eran completamente andróginos; podían alar­gar sus cuerpos a voluntad, hasta tomar enor­mes estaturas, o disminuirlos hasta el es­tado de punto matemático.

            Los hiperbóreos se reproducían como se reproducen los corales (así se reproducían), es decir, por brotación. Bien sabemos que hay plantas que pueden reproducirse por simple brotación: que siembra como un retoño, y éste crece y se desarrolla. Así también, en aquellos cuerpos podía nacer algún brote que luego se desprendía y daba origen a una nueva criatura que se alimentaba del Padre Madre.

            Fue una raza muy guerrera, de hombres altos y delgados. Protegidos con grandes escudos y esgrimiendo lanzas, usaban armas desconocidas y peleaban con otras tribus.

            Los hiperbóreos vivieron en una época muy distinta de la historia del mundo. Poseían la visión espiritual, totalmente desarrollada, es decir, tenían la glándula pineal so­bresaliente, lo que les permitía ver el ultra de todas las cosas. Si pensamos en que una planta es el cuerpo físico de un Elemen­tal, pues entonces cada planta tiene Alma y el Alma de cada planta es un Elemental ve­getal. Los hiperbóreos, cuando miraban un bos­que, no lo veían como lo vemos nosotros hoy día (co­mo un conjunto de árboles, o algo por el estilo), porque para ellos ese bosque era un bosque de gigantes, con enormes brazos que como los de "Briareo" (el de los cien brazos), se movían a derecha e izquierda. Aquel bosque no era algo silencioso, sino que se escuchaba por aquí, por allá y acullá, las voces de los colosos o gigantes, es decir, de los Elementales de los árboles gigantescos. Era otro modo de ver las cosas, no como ahora las vemos ahora, con esta vista miserable que poseemos, que solamente ve las cosas físicas, sino que era otra vista: era la vis­ta que nos permitía ver las dimensiones su­periores de la naturaleza y del cosmos; era una vista diferente (penetrante, omnis­ciente); veíamos la Tierra como era y no como aparentemente es, no como la estamos viendo ahora.

            Había sabiduría y conocimientos, superiores a los que ahora poseemos. Todo lo que sa­bemos nosotros ahora, no sirve más que para estructurar un poco el intelecto, y eso es todo. Los hiperbóreos eran más sabios, y estaban go­bernados por el Superhombre, por los Superhombres de todos los tiempos y de todas las edades.

            Tuvieron reinos y civili­zaciones, pero tampoco su origen racial estaba en el Continente Hiperbóreo. Ellos sabían que sus antepasados habían quedado atrás, en el tiempo. Los antepasados de los hiperbóreos fue­ron los Hombres Protoplasmáticos, los Hombres Polares, los Hombres Glaciares de la primera raza (ésta vivió en el Casquete Polar del Norte).

            Uno no puede menos que reírse del "proto­plasma" aquel (el de "la pizca de sal") de Haeckel y sus secuaces, que creen que de allí vino la vida, de acuerdo con el dogma inquebrantable de la evolución, aceptado también por Darwin y sus secuaces (no, el protoplasma tiene más antigüedad). Tampoco es el "proto­plasma" aquel de otros autores, "flotando en el océano". No, pensemos en el Hombre Protoplasmático, pensemos en la ra­za protoplasmática, que existió en la "Isla Sagrada", esa isla que fue la primera en existir y que será la última en dejar de existir. Quiero referirme a la Tierra Nórdica, a la "tierra de cristal" (cómo dijeran nuestros antepasados de Anáhuac), a la lejana "Tule", al continente ese que está cubierto ahora por los hielos del Polo Norte. Dicho continente ocupaba, en aquella época, la zona ecuatorial del mundo, puesto que la posi­ción era diferente: el Ecuador actual era Polo y los Polos eran Ecuador.

            Era de enormes y profundos bosques, y se creó una gigantesca civilización polar. La Tie­rra era de un azul magnífico, bellísimo; las montañas eran transparentes como el cris­tal. La raza humana se reproducía por el siste­ma ese que conocemos todavía, en nuestro organismo, en la sangre: el de la división celular. Bien sabemos que la célula germinal se divide en dos y comienza el proceso de gestación de los nueve meses. La célula ger­minal se divide en dos, las dos se dividen en cuatro, las cuatro en ocho, y así comienza el proceso de gestación, mediante la división celular. Todavía existe ese proceso en nuestra san­gre. ¿Por qué existe? Porque existió, y los hombres polares se reproducían con ese proceso: en determinado tiempo, el organismo del Padre Madre se dividía en dos (como se divide la célula viva) y así se reproducían, por el proceso, pues, de división celular. Cuando nacía una criatura, se festejaba aquello como un gran acontecimiento. En los templos, se reunían los hierofantes, para trabajar sobre los elementos de la naturaleza, y los símbolos esotéricos se usaban (en aquella época) en for­ma diferente, para indicarnos que la vida iba hacia la materialización, hacia lo físico.

            Los hombres de la época polar podían alargar sus cuerpos a voluntad o achicarlo, hasta conver­tirlo como en un punto matemático. Eran andróginos, y tan pronto podían poner a flote el aspecto femenino (para entonces aparecer como hermosas damas), o sumergir, en sí mismos, el aspecto femenino, para hacer aflorar, poner a flote el aspecto masculino. Es decir, eran verdaderos andróginos divinos: en su imaginación se reflejaba en el firma­mento estrellado, parlaban el verbo de oro, que como un río corre bajo la selva espesa del Sol. Entonces Uriel, gran Maestro venido de Ve­nus, les enseñó las Artes y la Ciencia. Uriel dejó un libro escrito con runas, libro que estudiaron, entonces, los hombres de la época polar (o de la Epoca Primaria, si se le quiere llamar así), de la Raza Protoplasmática.

            Todo eso está escrito en los Registros Akáshicos de la Naturaleza. Si us­tedes desarrollan la epífisis y la hipófisis, con ese par de glandulitas, debidamente concentrados, podrán revisar todos estos escri­tos, podrán verificar, por sí mismos, lo que actualmente estoy diciendo.

            ¿De dónde salió la Raza Polar, cuál fue su origen? Ellos sabían, muy bien, que se habían desenvuelto en una época anterior, o que habían vivido, pues, en una dimensión superior (en la cuarta coordenada); ellos sabían que allí habían actuado y habían conocido los miste­rios del universo. Y los hombres de la cuarta coordenada no ignoraban que habían venido de la quinta, y los hombres de la quinta coordenada no ignoraban que habían venido de la sexta coordena­da, y los hombres de la sexta dimensión no dudaron jamás que ellos se habían desarrollado desde el germen original primitivo. De manera que el germen elemental (atómico, primitivo) de la raza humana, existía an­tes de que existiera el universo, estaba entre el caos.

            Los gérmenes de la raza humana, de los elementos vegetales y de las especies animales, estaban entre el caos; antes de que existiera el universo, esos gérmenes dormían entre el caos. Cuando el universo se estremeció con el Verbo, cuando el Verbo creador del primer instante puso en movimiento todos los átomos, esos gérmenes surgieron de entre el caos: hi­cieron su primera manifestación en la séptima dimensión, se cristalizaron y desenvolvieron un poco más en la sexta, luego en la quinta, posteriormente en la cuarta, y llegó el día en que aparecieron tales gérme­nes (ya con cierto desarrollo), en nuestro pla­neta Tierra, posados sobre una Tierra protoplasmática, como simple protoplasmas vivientes.

            De manera que la raza humana viene del caos, se desenvolvió en el caos, se desarro­lló en el caos y existe actualmente. Un día, los organismos humanos regresarán al estado germinal primitivo y volverán al caos (del caos salieron y al caos volverán).

            Un día nuestra Tierra fue un protoplasma; más tarde, nuestra Tierra será un cadáver, una nueva Luna (después de la séptima raza). Entonces la vida se desenvolve­rá en las esferas superiores y volverá al caos, porque del caos salió y al caos habrá de volver.

            Hasta aquí mi plática de esta noche. Los que quieran preguntar algo, pueden hacerlo con la más entera libertad.

 

            P.- Maestro: ¿podría hablarnos algo sobre la Ciencia de los Jinas?

            R.- Ya hablamos ampliamente, anoche, sobre la Ciencia Jina. Hoy no me propongo hablar tanto sobre la Ciencia Jina, puesto que hoy estamos hablando, exclusivamente, sobre Antropología Gnóstica. ¿Algún otro tiene algo que preguntar?

 

            P.- En ese "caos" que usted menciona, ¿desde allí se empezaron a gestar los Yoes?

            R.- Los Yoes nada tienen que ver con el caos; son una creación diabólica de nosotros, de nuestros errores, aquí y ahora. El caos es el caos y la razón de ser del caos, es el mismo caos. El caos es sagrado; allí están latentes los gérmenes de la vida, allí se desarrollan y desde allí se desenvuelven y descienden, luego, de dimensión en dimensión, hasta aparecer aquí, en forma concreta. ¡Eso es todo! ¿Alguna otra pregunta?

 

            P.- Maestro: quisiera preguntarle si hay alguna documentación escrita sobre la conferencia que acabamos de escuchar de sus labios.

            R.- Yo escribí, alguna vez, un "Mensaje de Navidad" (1.968-1.969), donde hablo de todo eso. A ver si de pronto, les hago llegar a ustedes ese "Mensaje de Navidad", donde yo escribí sobre todo eso.

            Sin embargo, hay otros autores que han dilucidado mucho sobre cuestiones de Antropogénesis. Muy especialmente, puedo recomendarles el segundo volumen de "La Doctrina Secreta", titulado "Antropogénesis", cuya autora es la Maestra Helena Petronila Blavatsky. También Rudolf Steiner, por ejemplo, en su "Tratado de Ciencia Oculta", da muchas luces sobre el particular. Yo puedo hablarles a ustedes (sobre esto) ampliamente, debido al hecho concreto de que esto que estoy explicando, lo he vivido. De manera que no necesito estudiarlo para decirlo: lo he vivido, y no les he ampliado hoy todo el tema, lo que quisiera, porque nos echaríamos toda la noche; ni en mil noches acabaría yo de explicarles a ustedes todo el desarrollo de este universo, desde que surgió del caos. En todo caso, lo he vivido y lo conozco por experimentación directa.

            ¿Alguno de ustedes tiene algo más que preguntar?

 

            P.- Algunos autores hablan del "caos" y del "cosmos". ¿Hay diferencias, entre uno y otro?

            R.- Del caos sale el cosmos. Indubitablemente, mediante la Ley del Tres, es decir, mediante el Santo Triamanzikanno, es posible realizar creaciones de unidades nuevas. Cuando las tres fuerzas (positiva, negativa y neutra) coinciden todas en un punto dado, se realiza una creación. No sería posible la creación de cualquier unidad cósmica nueva, sin la conjunción de esas tres fuerzas que forman, en sí mismas, el Santo Triamanzikanno. Estas tres fuerzas son: el Santo Afirmar, el Santo Negar, el Santo Conciliar. Pero crear es una cosa y organizar es otra cosa. Se puede crear, pero si no hay organización, ¿de qué serviría la creación? Para que un cosmos (que significa, entre paréntesis, "orden de mundos") surja a la existencia, se necesita de otra ley. Quiero referirme, en forma enfática a la Ley del Eterno Heptaparaparshinok, es decir, la Ley del Siete. Mediante la Ley del Triamanzikanno se hace la creación, pero mediante la Ley del Siete se hace la organización de lo que se ha creado (en la forma de un cosmos).

            Así pues, nuestro sistema solar existe gracias a dos leyes: primera, la del Santo Triamanzikanno; segunda, la del eterno Heptaparaparshinok. Gracias a esas dos leyes, existe actualmente nuestro sistema solar y nuestro planeta Tierra. Del caos surgió, pues, un cosmos y del caos surgen todos los cosmos. Luego, de las tinieblas, sale la luz…

            ¿Alguna otra pregunta? Bueno, como no hay más preguntas, daremos por terminada esta plática.

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