El verdadero origen del Hombre

 

             Esta noche, amigos, vamos a comenzar nuestra plá­tica, en relación precisamente con el enigma del hombre, que es necesario conocer con el propósito de formarnos una idea clara sobre sí mismos.

            Ante todo conviene que tratemos de conocer el origen del hombre: de dónde vino y cuál fue, pues, el motivo fundamental de su existencia. Mucho es lo que se ha dicho sobre el hombre, y es necesario entrar en un terreno más profundo.

            Actualmente vive, sobre la faz de la Tierra, una población de cerca de unos cuatro mil quinientos millones de personas; lo que puebla la faz de la Tierra, obviamente es la Raza Aria. Los continentes actuales están densamente poblados: Europa, América, Asia, Africa, Oceanía, son cinco continentes donde se desenvuelve una humanidad.

            Si preguntamos nosotros de donde ha salido esta humanidad, cuál es su origen, ¿piensan acaso, ustedes, que esta humanidad, que puebla los cinco continentes, tuvo su origen en los mismos? Se encontraron restos humanos en las grutas de Grimaldi, y se ha tratado de reconstruir la historia o la prehistoria, sobre las razas de Grimaldi y de Cro-magnon.

            Se han encontrado osamentas de gigantes (en el Brasil se encontró una figura, o un esqueleto humano, pues, de seis a siete me­tros de estatura); en distintas partes se han en­contrado esqueletos de gigantes. También se han encontrado esqueletos, sobre todo en las cavernas de Cro-magnon, de seres humanos que parecen simplemente gorilas, orangutanes, o algo por el estilo. De todo esto se ha deduci­do, equivocadamente, que la raza humana posiblemente venga de los simios, o de los changos.

            La teoría de Darwin tuvo mucha resonancia en su época y se pensó que el hombre venía del mono. Este asunto inquieta mucho a la humanidad; de tiempo en tiempo, se trata de saber si el hombre vino del mono, o si el mono vino del hombre. ¿Quién vino de quién? Por épocas, se apaga esta inquietud, por épocas resurge nuevamente la misma inquietud.

            Por ahí un pseudocientífico, una especie de "nene consentido de mamá", tuvo la idea de que la raza humana venía de los salvajes (decía él); y claro, esto le gustó mucho a mamá, pero al fin y al cabo no resolvió nada.

            ¿Quién vino de quién? No pienso que toda esta población, de los cuatro mil quinientos millo­nes que puebla el mundo actualmente, haya venido de estos cinco continentes. No lo pien­so, porque resulta que el mundo ha cambiado de fisonomía varias veces. Antes de tener esta fisonomía que ustedes ven en el mapa, o en cualquier otro hemisferio, tuvo una fisonomía dis­tinta. Hay mapas más antiguos; existen ma­pas diferentes que se han encontrado en otros rincones del mundo, donde la fisonomía de la Tierra aparece distinta. Así que, no ha tenido siempre los mismos continentes, no ha tenido siempre la misma fisonomía. En otro tiempo, tuvo una fisonomía distinta: lo que hoy son Polos, era Ecuador, y lo que hoy es Ecuador, fue Polos. Entonces los actuales continentes no exis­tían, o existía parte de ellos (que surgía del fondo de los mares), y había un continente den­samente poblado, que estaba ubicado en el Océano Atlántico.

            Así que, la fisonomía del mundo era distinta. Entonces no creo, en modo alguno, que el origen de la raza humana esté en los actuales continentes.

            Cuando la raza humana se desenvolvió en la antigua Atlántida, fue muy diferente. Los simios o especies de hombres simios encontra­dos en las grutas de Cro-magnon y de Grimaldi (y otras cavernas), pertenecen más bien a los descendientes involucionados, a degeneraciones de la raza de los atlantes.

            Yo digo que así como existe evo­lución en las plantas (y la involución también), que así como existe evolución en los animales (e involución también), o en los humanos, etc., también tiene que existir la evolución y la in­volución en las civilizaciones. Por ejemplo, cuando uno platica con ciertas tribus del mundo, situadas ya en el Occidente o en el Oriente, se da cuenta de que tienen tras de sí enormes civilizaciones, que tienen o que conservan, en su memoria, leyendas que co­rresponden a sus antepasados (antepasados ya desapareci­dos, de antiquísimas civilizaciones), y hablan de tales antepasados con mucho éxtasis. Los mis­mos caníbales, que parecen tan primitivos, tras de sí tienen tradiciones enormes: conservan tradiciones de épocas inmemoriales, de enor­mes ciudades, etc., etc., etc. Entonces, no son primitivos, son sencilla­mente degenerados, involutivos (ciertas tribus muy crueles y sanguinarias, salvajes, son involuciones, o descendientes de antiguas civiliza­ciones). Es difícil encontrar, hoy en día, gen­tes verdaderamente primitivas, y es que las razas humanas evolucionan e involucionan.

            Antes de que existieran estos cinco conti­nentes, repito, existía la Atlántida. Hoy por hoy, estamos muy enamorados de la civilización moderna: nos maravillan sus cohetes ató­micos que viajan rumbo a la Luna, o a la esfera de Júpiter, o al mundo Venus; nos sor­prenden los experimentos atómicos, las investigaciones fisiológicas, el estudio sobre las cé­lulas vivas, etc. Estamos tan fascinados nosotros con esos experimentos, que firmemente hemos llegado a la conclusión de que es la ci­vilización más poderosa que ha existido en el mundo. Hemos caído en una especie de sistema geocéntrico (digo así porque en otros tiempos, us­tedes saben muy bien que se creía que todos los as­tros giraban alrededor de la Tierra, en la Edad Media, pues nosotros hemos caído en una especie así como de geocentrismo, cuando pen­samos que toda la historia del mundo tiene que girar alrededor de nuestra tan cacareada civilización). Pienso que se necesita una espe­cie de geocentrismo moderno, un nuevo Isaac Newton que sea capaz de demostrarnos que nuestra tan cacareada civilización no es más que una de las tantas y tantas civilizacio­nes que han existido en el planeta Tierra. Un día llegará, en que se podrá demostrar esto concretamente.

            Hay sistemas, hay métodos, por medio de los cuales uno puede evidenciar el hecho de que tras la civilización nuestra, que parece tan relumbrona, existió otra civilización más poderosa que la nuestra.

            Bueno, quiero refe­rirme ahora, en forma enfática, a los Anales Akáshicos de la Naturaleza, a la Memoria de la Naturaleza (y es que la naturaleza tiene memoria).

            Los experi­mentos con el Carbono 14, por ejemplo, nos han demostrado que la Luna es más antigua que la Tierra, y también nosotros podemos demostrar que hay sistemas mediante los cuales es posi­ble leer las memorias de la naturaleza. Los Registros Akáshicos son una realidad (un día caerán en manos de los científicos; no lo niego).

            Nosotros, los gnósticos, tenemos procedimien­tos mediante los cuales podemos estudiar los Registros Akáshicos de la Naturaleza; quien quiera estudiar esos Registros Akáshicos, tendrá que desarrollar en forma extraordinaria el loto de los mil pétalos, que está relaciona­do con la glándula pineal (el Chacra Sa­hasrara) y los poderes latentes que se ha­llan en la glándula pituitaria (el loto de los doce pétalos y de las noventa y seis radiaciones). Este par de glandulitas son extraor­dinarias. Desarrolladas, nos dan acceso al ul­tra, a las extrapercepciones, y también a los Registros Akáshicos de la Na­turaleza.

            Cuando uno estudia los Registros Akáshicos de la Naturaleza, ve en ellos una especie de películas vivientes, o a modo de películas vivientes, toda la historia de la Tierra y de sus razas. Los sabios que han podido estudiar los Registros Akáshicos, saben que la Atlántida fue una realidad, que fue un enorme continente que se extendía del Sur hacia el Norte. Este gigantesco continente sirvió de escena­rio para la raza que nos precedió en el curso de la Historia. Me refiero a la gran raza de los atlantes, una raza de gigantes (por eso es que la leyenda de los siglos nos habla de Briareo, "el de los cien brazos"). Una raza de verdaderos cíclopes. Tal raza llegó a te­ner una civilización poderosa, millones de veces más poderosa que la nuestra.

            En materia de trasplantes, trasplantaban vísceras de toda especie: hígados, riño­nes, corazón, y lograban hasta el trasplante de cerebros (eso fue formidable). En el campo de la Física Nuclear, consiguieron el alumbrado atómico en forma masiva: todas las ciudades usaban el alumbrado atómico, los campos es­taban iluminados por energía nuclear, sus ca­sas por energía atómica. Dentro del terreno de la mecánica, puedo asegurarles que sus automóviles no sólo eran anfibios, sino que también podían volar por los aires, y eran propulsados por energía nuclear (extraían la energía no solamente del Uranio y del Ra­dio, sino de muchos otros metales, y de muchos gra­nos vegetales también, y les salía muy barata). En materia de navegación aérea, tuvieron naves más poderosas que las actuales, verda­deros barcos voladores, o buques volantes, propulsados por energía nuclear. Viajes a la Luna, los hicieron mejores que los que están haciendo ahora tirios y troyanos. Tuvieron cohetes atómicos sorprendentes, con los que viajaban a la Luna, y no solamente descendían en la Luna aquellos astronautas: descendían también en cualquier planeta del sistema solar. De manera que no­sotros no les damos ni a los talones; con nuestra tan cacareada civilización y esta pseudosapiencia moderna, no les damos ni a los talones, no ser­vimos ni para limpiarle el polvo de los zapa­tos a los atlantes. En cuestiones de Anatomía y de Biología, hicieron progresos que ni remotamente sospe­chamos. Katie King (Ketabel), "la de los tristes destinos", una reina atlante, logró conservarse viva (y con toda su juventud, durante miles de años). Desgraciadamente (y he ahí cómo se inició la decadencia de la civilización atlante); ella estableció una antropofagía, digna de lamentarse. Así comenzó la degeneración o involución de los atlantes. Se sacrificaban entonces, doncellas, jóvenes, etc., a los Dioses, con tales o cuales propósitos. Luego los cadáveres, cualquier cadáver sacri­ficado (joven), era llevado al laboratorio y allí se le extraían determinadas glándulas que necesitaba la famosa Ketabel "la de los tristes destinos", y esas glándulas servían para reemplazar glándulas gastadas de Ketabel. Pero no solamen­te se extraían, de los cadáveres, simplemente las glándulas físicas; no. Hoy los famosos científicos modernos están tan degenerados, que ya no saben manejar los principios de la vida. Los sabios atlantes sí sabían ma­nejar los principios vitales, contenidos en tales glándulas endocrinas (no ignoraban los sabios atlantes que las vibraciones del éter, o mejor dijéra­mos los Tattvas, entran en las glándulas endocrinas, o pequeños micro laboratorios que producen hormonas, y jamás salen de allí); sabían manejar esos Tattvas, o vibraciones del éter universal: cuando hacían un trasplante de glándulas a Ketabel, lo hacían conjuntamente con el manejo de los Tattvas, pues manipulaban las vibraciones del éter o principios de la vida. De manera que los científicos eran inmensamente superiores a los endocrinólogos modernos, que nada saben de estas cosas, que ignoran hasta la existencia de los Tattvas, pues nunca se han tomado la mo­lestia de estudiar a Ramá Fasá, o al Dr. Krumm Heller.

            Fueron enormemente aventajados los atlan­tes. Existía una Universidad Atlante maravi­llosa. Quiero referirme, en forma enfática, a la Sociedad Akaldana, una verdadera Universidad de sabios. Estos estudiaron la Ley del Eterno Heptaparaparshinok (la Ley del Siete) a la maravi­lla; aprendieron a concentrar los rayos solares para hacerlos penetrar en determinadas cáma­ras; sabían transformar los siete colores del prisma solar, es decir, sacar "la positiva" o "diapositiva" de los rayos del prisma solar.

            Una cosa es ver los siete colores prismáticos, y otra cosa es transformarlos, en forma positiva, sacarles "la positiva". Los científicos modernos han estudiado los siete colores fundamentales del espectro solar, pe­ro no le han sacado la diapositiva a esos siete colores. Los sabios atlantes sabían sacarle la positiva real a los siete colores del prisma solar, y con esa "positiva" de los siete colores, realizaban verdaderos pro­digios.

            Recuerdo, al efecto, el caso de dos sabios chinos que hicieron experimentos (también al estilo atlante), con los siete colores del espectro solar. Sacando "la positiva", por ejemplo, de los siete colores, pusieron un opio ante un rayo co­loreado, y entonces vieron como el opio se trans­formaba en otras sustancias. Pusieron un pedazo de bambú, humedecido en determinada sustancia de un color azul, por ejemplo (positivo y negativo del espectro solar), y se vio cómo el bambú se teñía firme­mente con el color azul… Se hizo pasar, por ejemplo, el sonido (tales notas: la nota Do, o Re, o Mi), en combinación con determinado color, y se vio cómo la nota alteraba el color, le daba otro color completamente diferente. Se usaron los siete rayos, en su forma positiva, para realizar prodigios en el Continente Atlan­te; se estudió a fondo la Ley del Eterno Heptaparaparshinok.

            Un sabio, que usaba leche de cabra, al mezclada con resina de pino sobre una placa de mármol, vio como al descomponerse aquella leche con la resina, formaba siete capas distintas, e indujo (en la Atlántida), a estudiar la Ley del Eterno Heptaparaparshinok, la Ley del Siete.

            Los atlantes, pues, consi­guieron hacer verdaderas maravillas en el te­rreno de la ciencia; eran científicos y eran magos a la vez: creaban un robot y a ese robot lo dotaban de un prin­cipio inteligente, de un Elemental vegetal o animal que hacía las veces de Alma o Espí­ritu del robot. De manera que aquellos robots se convirtieron en verdaderas criaturas vivientes que servían a sus amos, a sus señores.

            Esa Raza Atlante existió antes de que exis­tiera la actual raza humana. Tuvieron enor­mes ciudades, pero desgraciadamente, degeneraron como ya dije: crearon la bomba atómica y aún ar­mas más mortíferas, y en la guerra se devastaron ciu­dades enteras, múltiples ciudades se convirtieron en un holocaustos, pero en holocaustos atómicos.

            Si creemos ser nosotros los sabios más grandes del universo, pues estamos equivocados, porque tras de nosotros existió una raza más poderosa, más civilizada, más culta. En verdad que nosotros, junto a ellos, no somos sino bárbaros, incivili­zados e incultos. ¡Lástima que la Atlántida se haya degenerado, y es que toda raza nace, crece, se desarrolla y muere!

            En la decadencia de la Raza Atlante, suce­dieron cosas horribles: la humanidad degeneró (en los vicios, por cierto), en el homosexualismo, en el les­bianismo, en las drogas, etc., etc., etc. Se abu­só de todo, ya en el tiempo de la degeneración, y obviamente tenía que ser destruida esa raza. ¿Que tuvo siete subrazas? Nadie lo puede negar, pero al fin degeneró.

            Los sabios de la Sociedad Akaldana hicieron experimentos notables; fueron los pri­meros que usaron La Esfinge, que colocaron frente a la universidad. Mucho más tarde, en el tiempo, cuando los sabios de la Sociedad Akaldana comprendieron que una gran catástrofe se acercaba, emigraron a un peque­ño continente que se llamaba "Graboncsi" (me refiero al Continente Africano, que en prin­cipio era pequeño. Más tarde nuevas tierras, que emergieron del fondo de los mares, hicie­ron grande al Continente Graboncsi, hoy Africa). Los miembros de la Sociedad Akaldana se situaron, al principio, hacia el sur del Continente Africano; después emigraron hacia "Cairona" (hoy El Cairo). En las tierras de Nívea, del Nilo, o de Egipto, allí establecieron su famosa Universidad y La Esfinge (frente a la misma).

            Las garras del león de La Esfinge representan el fuego; la cabeza de La Esfinge representa el agua; las patas de toro de La Esfinge representan al elemento tierra; las alas de La Esfinge, representan al elemento aire. Cuatro son las virtudes que se necesitan para poder llegar, uno, llegar a la autorrealización íntima del Ser: Hay que tener el Valor del León, la Inteligencia del Hombre, las Alas del Espíritu y la Tenacidad del Toro. Sólo así es posible llegar a la autorrealización íntima del Ser.

            La Sociedad Akaldana en Cairona, hoy El Cairo, estableció un Templo de Astrología. Entonces se estudiaban los astros, no con telescopios, como se hace hoy en día, sino con el sexto sentido. Cuando se examinan las pirámides (sobre todo la Gran Pirámide), se ven, a modo de tubos, ciertos canales que van desde el fondo, desde la pro­fundidad de una cripta subterránea hacia arriba, hacia la parte superior de la pirámide. Mucho se ha pensado o conjeturado sobre esos canales, pero esos eran telescopios, y el Observatorio no estaba arriba, sino abajo, en el fondo mismo de la cripta. Allí se ponía un recipiente con agua; en determinada fecha se sabía que tal astro sería visible, y ciertamente se reflejaba en el agua. Los adeptos de la Astrología observaban (en el agua) el astro en cuestión, no solamente con las facultades físicas, sino también con las psíquicas. En vez de mirar hacia arriba, miraban hacia abajo, hacia el agua, y allí en el agua, con el sexto sentido, estudiaban los astros.

            Los hermanos de la Sociedad Akalda­na, los grandes sabios, eran Astrólogos muy idóneos: nacía un niño, y de inmediato le levantaban su horós­copo. No horóscopos al estilo moderno, no horóscopos meramente convencionales y muy co­tizados; no, aquello era distinto: los sabios Astrólogos miraban los astros directamente. Con procedimientos que hoy se ignoran, podían leer el horóscopo de los niños y en éste, por cierto, jamás fallaban en sus profecías y en sus cálculos. A los niños se les casaba desde recién nacidos; ya se sabía cuál iba a ser su esposa y se les desposaba. No quiero decir que por tal motivo fueran a vivir juntos desde un principio, pues eso sería absurdo, pero ya se sabía, para la niña recién nacida, cuál iba a ser su marido, y el varón, a su tiempo y a su hora, era informado de quién iba a ser su mujer. Cumplida la mayoría de edad, se les unía en matrimonio.

            Los ciudadanos se orientaban con precisión matemática, y bajo la dirección de aquellos As­trólogos, en su oficio, o en su profesión. Sabían ellos para qué había nacido cada ciudadano, para qué sirve cada hombre, pues todo hombre sirve para algo. Lo importante es saber para qué sirve, y esos sabios Astrólogos sabían para qué servía cada criatura que nacía. ¡Nunca fa­llaban esos sabios de la Sociedad Akal­dana!

            Ellos salieron de la Atlántida, antes de que los terremotos y maremotos hicieran estreme­cer aquel continente (salieron a tiempo, pues sabían demasiado que el fin se acercaba). Claro, cuando vino la revolución de los ejes de la Tierra, cuando los Polos se convirtieron en Ecuador y el Ecuador en Polos, cuando faltaba poco para que aquél continente se estremeciera para hundirse en el fondo del tenebroso océano, los atlantes, incuestiona­blemente, ya habían sido advertidos. Fue en­tonces cuando las multitudes, espléndidamente vestidas, se reunieron en los templos (uno de ellos fue el Templo de Ra Mú). Enjoyadas las mujeres, y los hombres espléndidamente vestidos, clamaban diciendo: "¡Ra Mú, sálvanos!". Al fin apareció Ra Mú en el altar. Esas multitudes lloraban, pidiéndole: "¡Sálvanos!" Ra Mú les contes­tó: "¡Vosotros pereceréis, con vuestras mujeres y vuestros hijos, con vuestros bienes y con vuestros esclavos; ya os lo había advertido, Y así cómo ustedes morirán, así también vendrá una nueva civilización que se levantará en tierras nuevas (refiriéndose a nuestra Raza Aria), y si ellos proceden como ustedes han procedido, perecerán también. Es necesario saber que es más indispensable dar que recibir, saber dar que recibir".

            Total, de nada sirvieron las palabras de Ra Mú. Cuentan que el humo y las llamas ahogaron sus últimas palabras: se hundió la Atlántida con todos sus millones de habitantes. Hoy yacen palacios enteros, allá en el fondo del océano, y sirven de habi­táculo a las focas y a los peces; ciudades ente­ras se hallan sumergidas en el fondo del Océa­no Atlántico. Pereció ese gigantesco continente, más grande que toda América junta, desde el Canadá hasta Argentina y Chile. ¡Enorme continente, con una poderosa civilización!

            Así que nosotros, señores, no tenemos na­da muy especial. La civilización actual no es la primera, tampoco será la última; no es la más elevada, ni será la más grandiosa; hasta ahora ha sido la más pobre, la más degenerada. ¿Podemos nosotros, actualmente, conquistar el espacio? ¿Ya somos capaces de viajar en cohetes atómicos a Marte, a Mercurio, o a Venus? ¿Qué está en proyecto? Sí, pueden ha­ber lindos proyectos, pero actualmente, ¿ya lo hacemos? En materia de trasplantes, ¿ya se trasplantan cerebros? ¿Ya somos capaces de crear robots dotados de principios inte­ligentes? ¡Nada de eso; nosotros no tenemos por qué tener la presunción de ser los más poderosos, y ésta, nuestra tan cacareada civi­lización moderna, perecerá; de esta perversa civilización de víboras, no quedará piedra sobre piedra! Babilonia la grande, la madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la Tierra, será destruida antes de muy poco tiempo. ¡Nos sentimos muy grandes con nuestros aviones supersónicos, creemos que somos los amos de la creación, pero antes de poco no quedará nada, absolutamente nada, de esta perversa ci­vilización de víboras!

            Así que, antes de que existiera esta raza que puebla los cinco continentes, existió la Raza Atlante. Descendientes de Atlántida, están los mayas, por ejemplo. Los mayas emigra­ron, ya hacia el Tíbet, ya hacia Egipto, ya hacia Centro América. ¡Parece increíble, pero en el Tíbet todavía se habla Maya, y el lenguaje Maya es un lengua­je sagrado-ritual del Tíbet. Recordemos que el Naga y el Maya son muy similares.

            Jesús de Nazaret aprendió Maya en el Tíbet. Aquella frase de Jesús: "Heli, heli, lamah zabactani" ("Señor, Se­ñor -dicen algunos- como me habéis glorificado"; otros dicen: "Señor, Señor, ¿por qué me habéis abandonado?"), bueno, tal frase no es hebrea. Por eso, cuan­do los judíos escucharon que El Cristo decía "Heli, heli, lamah zabactani", se dijeron a sí mismos: "Este llama a Elías, para que venga a salvarle". Sin embargo, cualquier indiecito de Yucatán o de Guatemala, le traduce a usted la frase "Heli, heli, lamah zabactani", porque resulta que es maya, no es hebrea. Por eso no la entendieron los judíos, y significa (de acuerdo con los mayas y la traducción que ellos le dan), "Me oculto en la prealba de tu presencia" (es una frase ritual Maya).

            Los turanios también fueron sobrevivien­tes de Atlántida, desdichadamente dedica­dos a la magia negra. Ellos lograron, también, llegar hasta el Tíbet (para colmo de los colmos), como llegaron otros descendientes, como los escogidos arios, y emigraron hacia la Persia antigua. La Gran Ley al fin pudo vencerlos y fueron des­truidos.

            Los Piel Roja son descendien­tes de la Atlántida; nuestros antepasados, los anti­guos Náhuatl: Zapotecas, Toltecas, etc., vinieron originalmente de la Atlántida; casi to­das las tribus de América, descienden de Atlántida.

            Así que, a medida que uno avanza en estos estudios, se da cuenta de que la raza actual no tuvo su origen (como muchos suponen), en los mismos continentes que habitamos, se da cuenta que viene de otra raza, que viene de la Atlán­tida. No viene de los simios (de los oranguta­nes, de los changos), como supone, neciamente, Mr. Darwin y sus secuaces; desciende, repito, del tronco atlante, y eso está demostrado.

            Pero los atlantes, con toda su poderosa ci­vilización, a su vez no descienden del Conti­nente Atlante. La Atlántida, con toda su poderosa civilización, fue grandiosa, pero los atlantes no descienden de Atlántida: descienden de Lemuria.

            La Lemu­ria fue un continente aún más antiguo que el Continente Atlante. Los lemures habitaron en un continente que existió en el Océano Pací­fico. Tratase de un gigantesco continente que se extendía en aquel mar enfurecido: un enor­me continente que cubría casi toda el área del Pacífico, más grande que la Atlántida, más grande que la Europa, más grande que el Asia. La civilización lemur, obviamente, fue poderosa; los lemures eran una raza de gigantes, de cíclopes (normalmente podían tener estatu­ras de cuatro y seis metros). Eran gigantes, era la raza de los gigantes. La Lemuria tuvo también una poderosa civilización, enormemente for­midable. En la Lemuria se levantaron enormes ciudades, ciclópeas, rodeadas de murallas de piedra y lava de volcanes. Muchas gentes ha­bitaron también en los campos, como ahora. Al principio, en la época prelemúrica, po­demos decirles a ustedes que existió una raza de hermafroditas, de hermafroditas lemures. La división en sexos opuestos, fue en la época postlemúrica. Así, podemos dividir la Lemuria, o a la raza lemúrica en dos tiempos: primer tiempo, existencia de los hermafroditas; segundo tiempo, división de la raza en dos sexos.

           

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