El juego de pelota

 

Este es el principio de las antiguas historias del Quiché, donde se referirá, declarará y manifestará lo claro y escondido del creador y formador que es padre y madre de todo.

Esta es la relación de cómo "todo estaba en suspenso, todo en calma, todo en silencio, todo inmóvil, todo callado y vacía la extensión del cielo.

Popol Vuh

 

 

En el principio se enfrentaron los contrarios, las fuerzas opuestas, empe­zó el juego entre el día y la noche, luz y oscuridad, entre el calor y el frío, entre la vida y la muerte.

Así los dioses creadores del uni­verso se reunieron en su primer lugar de creación, el Teotlachtli la cancha de juego de la pelota divina, para poner el universo en marcha.

Es así como se inició, así como comenzó la luz, se apartó el cielo de la tierra, comenzó la vida, la creación. Así co­menzó el juego de la pelota, el símbolo de vida que refleja el movimiento del cosmos, así se dio el principio al triunfo de la luz sobre las tinieblas.

Para nuestros antepasados todo era un ciclo de la vida y de la muerte, el día y la noche, y es por eso que el juego de la pelota es también el cielo que refleja al movimiento del cosmos.

En el pensamiento antiguo la pelota de hule uli, significa a la vez esférico, el universo redondo, el movimiento, el juego de los con­trarios, la energía circulando en un círculo perfecto, la cual da vida y energía.

Afirmaban los abuelos que el movimiento tiene una sustancia, una forma y lo represen­taron en una pelota de hule encerrada en sí mismas, era el movimiento constante que nunca se detiene.

Fue conocido como Olim Tonatiuh, sol de movimiento, es la pelota divina que se mueve en todo el firmamento dando vida.

"!Hagase ya! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe! !Que surja la tierra y que se afirme!, así dijeron, ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! ¡No habrá gloria ni grandeza en nuestra crea­ción y formación hasta que exista la criatura humana, el hombre formado! Así dijeron".                                             Popol Vuh

El juego de la pelota es anterior a la cultura, mediante el juego, el hombre se rela­ciona con lo desconocido, penetra al ámbito de lo sagrado, a las fuerzas de la naturaleza.

Lo que ocurre con el fabricar, ocurre con el jugar, La cultura brota del juego como llama gigante que envuelve a la naturaleza.

El 5° Sol, la bola de fuego que nace en Teotihuacan alumbrará y dará vida a esta tierra que necesita urgentemente un sol que le alumbre, la pelota se manifiesta en el princi­pio.

Juego y rito se nutren de la repetición cosmogónica, del juego nace la cultura, la fuerza cósmica surge a la vida.

El juego de Ia pelota es uno de los elemen­tos comunes de todas las culturas de Mesoamérica, entre los Olmecas, habitantes de Olman, el país de hule en la región selvática del Golfo de México, se encuentran las prime­ras evidencias del juego de pelota.

A pesar de que sabemos muy poco de los Olmecas, es indiscutible que con ellos nace la cultura en Mesoamérica. Esta cultura sigue envuelta en el misterio, pero hay testimonios de que existieron jugadores de pelota y sacri­ficios rituales por decapitación.

Esto es una referencia profunda y filosófi­ca, acerca del trabajo psicológico, la decapita­ción del ego, del mí mismo, la medusa, el dragón de 7 cabezas muriendo a manos del Guerrero Cósmico, del Cristo Cósmico. Aun­que es bien cierto que en el desarrollo de la cultura estas prácticas cambiaron de sentido y se desfiguraron terriblemente.

Los hallazgos arqueológicos relacionados con el Juego permiten situar su origen alrede­dor de 1.200 años antes de nuestra era, pero el estudio de la antropología gnóstica hace un estudio más profundo y concluye que este juego, es mucho más antiguo de lo que se propone, ya que nace con la cultura misma, con la vida en sí.

Desde Olman es extendió el juego y la cultura a toda Mesoamérica, expandiendo el profundo conocimiento cosmogónico de la creación por medio del juego de pelota.

Los Zapotecas eligieron su ciudad en la cúspide de una montaña y dominaba los Va­lles Oaxaqueños. Durante la época clásica de 300 a 900 años d. C., los campos del juego de la pelota eran patios hundidos con la forma de “I” latina con taludes o muros inclinados que permitían a la pelota rebotar dentro del campo.

En los códices o libros indígenas pintados sobre pieles siempre representaron el símbo­lo tradicional del juego: una “I” latina horizontal cruzada transversalmente por dos líneas que simbolizan los cuatro rumbos del universo y el centro lo que será la estilización del Olin.

Xochicalco-Morelos. Todas las ciudades importantes de Mesoamérica tenían por lo menos un Tachtli entre sus principales edifi­cios.

Al igual que las pirámides, los campos de juego se orientaban con relación a los cuatro puntos cardinales.

En este mundo ritual, el movimiento de los que jugaban tenía un papel muy importan­te y definitivo, pues con él se determinaba muchas veces el inicio del ciclo agrícola y las actividades ritualísticas, propias del culto maya.

En lugares como Xochicalco existían ob­servatorios subterráneos donde celebraban anualmente las festividades cósmicas de los solsticios marcando el movimiento calendárico de los astros y el movimiento del sol.

Estos anillos podrían haber sido los cír­culos que representan al cielo cósmico, la serpiente comiéndose la cola, la Inmanencia Suprema del Padre Solar.

Umbrales sagrados, fronteras de la luz donde se ponía en juego la vida y la muerte del sol como regenerador de vida cósmica uni­versal.

En el disco el Chilcuiltic que era el marca­dor central del campo, el jugador estaba rodeado de inscripciones calendáricas que indicaban una fecha muy importante para el culto mágico maya.

Los mayas respetaban el juego del tiempo y el de la pelota, por lo que desarrollaron un calendario muy preciso.

En Palenque (Chiapas) el universo maya es un conjunto de planos, los 13 superiores integran al cielo o firmamento, el cual está iluminado por el sol, los 9 planos inferiores o inframundos son gobernados por los Bolon Quihu, los Señores de la noche, los Hacedores de Enfermedades que causan la muerte.

Es el Xibalbá, el reino de la oscuridad, el interior de la tierra donde están Hum Came y Vucub Came, los Señores de la Muerte.

En el Popol Vuh, el Libro Maya de la Creación, se relata el origen del mundo a través de un Juego de Pelota.

Marcharon entonces los gemelos divinos y fueron descendiendo en dirección de Xibalbá, bajaron rápidamente los escalones y pasaron sobre varios ríos y barrancos.

Llegaron a una encrucijada de cuatro caminos y ellos sabían muy bien cuales eran los caminos del Xibalbá, el camino negro, el camino blanco, el camino rojo y el camino verde.

"Bueno, muchachos" -les dijeron- "Va­mos a jugar a la pelota".

¿Vienen listos para el juego? –Preguntaron a los Señores de la Muerte­

"Jugaremos con nuestra pelota -respon­dieron los muchachos divinos.

"Eso no" -dijeron los de Xibalbá.

"!Ya los vencimos!" -dijo Hum Came a Vucub Came­

"Les cortaremos la cabeza como a sus padres y la usaremos como pelota".

Pero en el desarrollo del juego los Seño­res de las Tinieblas engañaron a Hun Naphu e Ixbalanque y fue así, que el juego de la pelota continuó con la dirección de los muchachos divinos.

Así se desarrolló, continuó el juego entre el bien y el mal sin que ninguna fuerza decidie­ra los destinos de la creación.

La tradición del juego de la pelota se extendió con todas sus variantes por toda la región Maya, donde se han descubierto el mayor número de canchas en Mesoamérica.

Durante la época clásica, del año 300 al 900 después de Cristo, las canchas se dividían con marcadores.

En Uxmal, Yucatán. Durante el período Post Clásico temprano del año 900 al 1250 d. C. florecieron las grandes capitales Mayas de la península yucateca, Uxmal y Chichén Itzá.

En Uxmal había anillos empotrados en las paredes verticales con fechas calendáricas en la líneas divisoria del campo; contaba también con tres marcadores de piso en el eje longitudinal semejante al disco de Chilcuilti.

En Chichén Itzá se conserva el campo de juego más espectacular del México prehispánico de 168 metros de longitud por 70 metros de anchura.

Estructura dedicada a la deidad cósmica de Kukulkan Quetzalcoatl, imagen del cielo diurno.

La serpiente entrelazada en los anillos simboliza el Ollin, el movimiento.

Con el juego de la pelota se enfrentan los dos equipos contrarios; es una guerra ritual, el tablero de la vida jugando o perdiendo y el templo de los jaguares se dedicaba a ella.

Chichén Itzá, Yucatán: en esta ciudad se conserva todo el complejo arquitectónico aso­ciado al rito del juego de la pelota.

Al norte de la cancha se levanta el templo rojo, en cuyo techo hay pinturas que repre­sentan ritos de fecundidad de la tierra. El juego de pelota era el acto propiciatorio para el crecimiento espiritual y agrícola.

Junto al juego de pelota se encuentra el Temazcali, baño ritual que purificaba al juga­dor antes de la ceremonia, alusión profunda al ritual ceremonial de las aguas puras de vida, que dan vida en abundancia, todos los mitos y símbolos están asociados al agua y al fuego.

Aquí se encontraba el cenote sagrado cercano al campo de pelota, donde se han encontrado ofrendas de pelotas de hule.

En la cancha principal de Chichén Itzá hay seis relieves decorativos, los cuatro de los extre­mos son los equipos que se enfrentan, al centro se encontraba la ceremonia culminan­te bajo los anillos de la cancha.

Los dos equipos de 7 jugadores se diri­gían en procesión al centro donde el jugador arrodillado era decapitado y de su cuello salen 7 serpientes símbolo de la sangre y de la fertilidad de la tierra.

Pero también la Antropología Gnóstica puede agregar que en antigüedad el cibicunuebti de la decaoutaculib del ego era una dialéctica propia de esta cultura y por eso siempre la describían en sus símbolos.

El sacrificador sujeta la cabeza y el nabajón, y siempre acompañado de la pelota cráneo, a la terrible decapitación del ego.

En el campo del juego de la pelota la muerte habla, fuera de la cancha está el Zompantli, plataforma decorada con los crá­neos de los jugadores decapitados.

Teotihuacán, México, fue la metrópolis más extensa y más poblada de Mesoamérica, su esplendor fue hacia el año 400 de nuestra era; en Teotihuacán no se ha encontrado un campo de juego semejante a los tradicionales en forma de “I” latina.

Se cree que el juego se realizaba en el Micaotli o calzada de los muertos, donde los muertos aprendían a volar.

En Tepantitlán, uno de los palacios descu­biertos por los arqueólogos, está el muro de Tlalocan, el palacio florido de Tlaloc, lugar mítico de la abundancia y la fertilidad y donde representaban diversas modalidades del jue­go de la pelota.

Los moradores de este paraíso movían la pelota con pies y manos, y muy especialmente con bastones de madera dirigiendo la pelota hacia marcadores verticales que se encontra­ban en los extremos, esculturas de piedras que se remataban con el símbolo del 0llin.

El juego de la pelota rebasó los limites de Mesoamérica extendiéndose hasta Arizona.

Una leyenda indígena explica la caída del Imperio Toltea y se realizó con un juego de pelota. El juego mítico entre Uemac, el último Emperador Tolteca y los Tlaloques, Dioses de las aguas y las lluvias, de las cimas de las montañas, así el destino de Tula se decidió en el Tachtli, en la cancha del juego de la pelota.

"Uemac, Señor" -dijo el paje del Empera­dor- "Allí están los Chalchiguites, los jades preciosos y las plumas de Quetzal para el que gane el juego".

Dicen las antiguas tradiciones que el Em­perador Tolteca sentía pasión por los ador­nos, las plumas preciosas, los ricos atavíos y particularmente por el juego.

 

Después de la época de lluvia, la tierra se cubre de maizales como si luciera adornos de jade y chalchiguites. Para los Tlaloques, el maíz era un trofeo más valioso que los mismos jades.

Después de jugar en el campo de la pelota Uemac ganó a los Tlaloques y éstos le llevaron maíz.
Uemac, iracundo, les dice:

"¿Acaso fue esto lo que gané? ¿No fueron los chalchiguites y los quetzales lo que había­mos apostado? -preguntó Uemac, despre­ciando los adornos y regalos de la tierra que le llevaban los Tlaloques".

"Esta bien" -dijo el Tlaloque – "Has ganado, aquí están los premios, los chalchiguetes y las plumas de quetzal".

Se reunieron en asamblea los Tlaloques y dijeron:

"Por ahora guardaremos los más precia­dos chalchiguites y con esto padecer hambres y trabajo".

Luego heló, cayó el hielo hasta la rodilla, se perdieron los frutos de la tierra.

Después de la helada siguieron terribles sequías, sólo hubo calor, todos los árboles, nopales y magueyes se secaron; todas las piedras se deshicieron; todo se hizo pedazos a causa del calor por la ambición de Uemac que rechazó la riqueza del maíz y al hacerlo causó la destrucción de Tula.

En la cancha del juego de Tula se enfren­taron los contrarios, el agua y el fuego; el Ati Tlachtinolli, la guerra.

En el área del Golfo, durante el período clásico se desarrolló la cultura llamada del Tajín, por ser esta ciudad la más importante de la región.

En el Tajín se encontraron 7 campos de juego; el principal está formado por una calle central, plasmando ellos la figura de Quetzalcoatl, Dios del Viento, proyectada en dos cuerpos, lo cual simboliza a Venus, estre­lla matutina y vespertina que muere al salir el sol.

Destaca un rito dedicado al crecimiento del maguey y donde participan varias deida­des; principalmente Tlaloc, llamado en estas regiones Tajín.

El maguey es el que produce el pulque, bebida sagrada para los mayas y el mundo Mesoamericano que permitía a los humanos en éxtasis con sus Dioses; su patrono era el conejo, símbolo de la luna, el Tochtli.

Aquí complementa el conjunto con el con el sacrificio del sexo masculino, que une ritualmente el semen y la sangre como principio de fertilidad asociado al juego de le pelota.

Tajín significa trueno, Dios que trae la lluvia, fertilizando los campos como la sangre del sacrificio que alimenta la tierra.

Después que se preparaba el neófito, un sacerdote disfrazado de águila iniciaba la ceremonia del sacrificio que culminaba con la decapitación.

Virtud, nobleza y gloria se hallan desde un principio en el círculo de la competencia, los  atributos de poder que van a desafiar en el campo de la pelota.

Siete serpientes de sangre brotan del cue­llo de la víctima, el número siete es el símbolo de la fertilidad del ordenamiento y del triunfo en toda la cultura mesoamericana.

Varios objetos escultóricos de carácter funerario se elaboraron con relación al Tlachtli, las hachas son símbolos con sus cabezas de la decapitación interna del ini­ciado, cortada en el campo de la pelota o en el campo de guerra.

Se supone que las palmas son estructu­ras que se derivan de los elementos que se portaban sobre el cinturón, probablemente con el significado fálico.

Los yugos constituían en piedra la ex­presión del cinturón, ofrendas solares que acompañaban al jugador en su viaje al Mixtlán, la región de los muertos.

Dice la leyenda que siendo aún de noche cuando reinaban los Dioses de la Oscuridad, la luna, la hechicera, la Coyolxauhqui, acompañada por sus herma­nos los Centzon Huitznahua o los cuatrocientos surianos, expresión antigua para decir mu­chísimos, incontables, vienen a sacrificar a su madre.

A la Divina Madre Coatlicue, la tierra, para que no nazca el Sol Huitzilopochtli.

Nace entonces Huitxilopochtli y enfure­cido toma su arma, la Xiticoatl, la Serpiente de Fuego, y los destruye a todos, es decir, la Luz Interior eliminando lo negativo interna­mente.

Fue en el Tachtli, el campo de juego donde tomó Huitzilopichtli a la Coyolxauhqui, la mató, la degolló y le sacó el corazón. Lo mismo hizo con sus cien hermanos.

La Piedra del Sol representa esta lucha diaria del astro escenificada en el Tachtli.

Dijo Huitzilopochtli a los futuros mexi­canos: …"Ya con esto entenderéis que este lugar ha de ser México". Y enseguida se pusieron a trazar el Tlachtli: ese fue el mo­mento de la fundación de la ciudad de México Tenochtilán.

"Sabréis pues que los bienes de vues­tros padres, aquellos que murieron en Xibalbá, o sea los instrumentos con los que jugaban, han quedado y están allí colgados en el techo de la casa, los cueros, los guantes y la pelota.”…
Popol Vuh

Se afirmaba en las tradiciones antiguas que el jugador que moría en el campo, en el plano astral era recibido en el Mictlan, se le cortaba la cabeza simbólicamente y era un héroe guerrero.

En el juego de la pelota, se sembraba la semilla de la vida, la herencia y la sabiduría representado en el juego que sería transmi­tido a la siguiente generación.

Era en el juego de la pelota que se muere y se resucita por el fuego y por el agua y se asciende a los cielos convertido en Sol; en el campo se elimina lo que se tiene que elimi­nar y se hace que la conciencia brille y que el ser Divinal del jugador se manifieste con plenitud.

En el Popol Vuh, después de la transfor­mación de Hunahpu e Ixbalanqué en Luz serpiente Emplumada, Ia divina ener­gía creadora del universo anuncia:

“Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir".

La formación del hombre auténtico se lleva a cabo con el advenimiento de la concien­cia, al extraer la luz delas tinieblas, luchando en el juego de la pelota como un tigre y arrebatán­dole el dominio de la fuerza creadora a los defectos psicológicos de nuestro Xibalbá.

Muchos estudiosos coinciden que el juego de la pelota es el combate universal de la luz y las tinieblas, la lucha universal que se extiende al interior del ser humano. Hoy ya no vamos a bajar a Xibalbá a pelear con los amos de las tinieblas, hoy lo liaremos en nuestro interior.

Los del Xibalbá, fueron probados por siem­pre del juego de la pelota y los muchachos divinos se elevan convertidos en Sol. La impor­tancia de este juego tiene raíces profundas.

En Mesoamérica todos los sitios arqueoló­gicos tenían su patio de juego, lugar preferen­cial de los centros ceremoniales.

Visto desde arriba, el juego de pelota se asemeja a dos letras T contrapuestas.

La T identifica a la Tau de los griegos antiguos y los pueblos europeos de la Edad Media.

La T es símbolo IK de los días del Tzolkin, calendario ritual de los mayas, es el signo de fecundación y germinación, principio creador, Espíritu Divino, la fuerza vital, el semen divino.

El sentido iniciático del juego de la pelota es el despertar de la conciencia a través de la eliminación de los defectos y la conquista de la energía creadora.

El IK o T, simbolismo del campo de la pelota es semejante a una cruz; comprende un princi­pio horizontal y otro vertical en instantes de entrar en contacto; esta unión de activo y pasivo es coherente a las implicaciones sexuales y de fertilidad del signo IK.

En el texto quiché del Popol Vuh, la pelota del juego es designada por las palabras quic y cha. Quic es pelota de hule, también significa sangre, savia o semen, y su sentido esotérico de fuerza vital podría ser energía que da vida, la creación misma.

Con la palabra Cha se designa la pelota también y se liga directamente con la brillante piedra de Xibalbá, piedra sagrada guardada en el templo llamado Tzutuhá o agua o fuente florida.

Todo humano debe alguna vez en su vida convertirse en un guerrero-jugador y participar en el juego de la pelota, realizar su lucha interior psicológica y sexual, enfrentarse a sus defectos psicológicos en el infierno de las pro­pias pasiones y triunfar mediante el dominio y la transmutación de la energía creadora.

El reconocimiento de la universalidad de esa fuerza y su consideración como factor de cambio y trascendencia en el hombre dio lugar al culto sexual que se observa en muchos mo­numentos mayas.

Debemos despertar nuestra conciencia del adormecimiento en que se encuentra, jugue­mos una vez más en el patio de la pelota y luchemos por vencer a las tinieblas y a sus representantes.

Terminamos diciendo: la formación del hombre auténtico se lleva a cabo con el adveni­miento de la conciencia, al extraer la luz de las tinieblas.

R.S.

 

El balón, esférico espejo de la totalidad

Desde tiempos pretéritos, la esfera ha sido considerada como símbolo de la totalidad. Ya para los presocráticos griegos, ésta equivalía a lo Infinito, a la perfección de Dios. Para los árabes, el Universo se originó de un huevo primordial, y por eso, el número cero simboliza la Nada de la cual procede el Todo.

Para los antiguos hindúes, que sabían que nuestro planeta giraba en torno al Sol, la esfera se identificaba con el globo terráqueo y se consideraba alegoría del mundo. En el idioma maya, la pelota de hule era llamada ulli, palabra que significa esférico y universo redondo.

Por eso, cuando en el juego de fútbol decimos que el mundo se mira en un balón, éste se convierte en un espejo en el que anhelamos hallar arte, heroicidad y esa sensación de plenitud –pálida remembranza del éxtasis divino- que experimentamos cuando nuestro equipo anota gol o alcanza la victoria.

De cómo el juego de pelota precedió a la creación del Universo

La épica esfera ha protagonizado encendidas contiendas en las más diversas culturas. Destaca, por ejemplo, el juego de pelota ritual de la cultura maya, cuyo origen se sitúa hacia el año 2500 antes de Cristo. Bordeada por rampas escalonadas que conducían a las plataformas ceremoniales o a templos pequeños, la cancha de juego de pelota maya tenía forma de I mayúscula y se encontraba en todas las ciudades del imperio, excepto en las más pequeñas.

De acuerdo con el libro sagrado del Popol Vuh, la noción del juego de pelota existía en la mente de los dioses desde el inicio del tiempo y precedió a la creación de los cuerpos celestes y los seres vivos. Los dioses se habrían reunido en el Teoclán, cancha de juego de pelota divina, para poner al Universo en movimiento. De tal suerte, fueron separados el cielo de la tierra, la tierra del mar, la vida de la muerte, la luz de la oscuridad: los contrarios entraron en juego, el juego de la vida.

A imagen y semejanza de los dioses, los hombres, a través del juego de pelota, o pok-ta-pok, reproducían los movimientos del cosmos, la interacción de las fuerzas básicas de la naturaleza y su muy humano intento por dominarlas. A través de la astuta y gallarda danza de los jugadores que golpeaban la pelota con caderas y muslos para llevarla hasta los aros de anotación, se afianzaban arraigos, se perpetuaban tradiciones, se dirimían rivalidades geográficas, se cruzaban apuestas, se formulaban agüeros y presagios, se invocaban fuerzas divinas.

Fueron los mayas expertos observadores del cielo; siguiendo aquella máxima esotérica que asevera que "como es arriba es abajo", sus juegos de pelota intentaron simular esa armoniosa danza de los astros que tan bien estudiaron y que les permitió generar un calendario que, en opinión de muchos expertos, es el más exacto que haya generado la civilización humana.

Ese calendario, que divide el tiempo en grandes lapsos energéticos, predice el fin de un gran ciclo para la raza humana el día 21 de diciembre del año 2012. En tal fecha, nuestra galaxia, la Vía Láctea, intersectará por primera vez en 26 mil años la salida del Sol en el plano eclíptico (vale decir, el círculo máximo descrito por la Tierra alrededor del Sol).

Según Carlos Barrios, estudioso de esa antigua civilización, tal intersección formará una gran cruz cósmica que recuerda a la noción del Árbol de la Vida presente en la memoria de las más diversas tradiciones espirituales (el Árbol Yggdrasil de los escandinavos; el Árbol Banyan de los polinesios; la Chakana –Cruz del Sur- de los incas; el Árbol del Bien y el Mal del Génesis; el Árbol de la Vida de la Cábala hebrea; el Árbol de la Iluminación del Buda; la Cruz patibularia de Jesús; el Axis Mundi –eje del mundo- de los teólogos medievales).

En este poderoso símbolo se refrenda la íntima comunicación que puede –y debe- darse entre el Yo Superior y sus hijos: de arriba hacia abajo (de la copa a las raíces), el Creador insufla con su infinito poder y energía a sus criaturas; de abajo hacia arriba (de las raíces a la copa), la criatura emprende la ascensión que le llevará de vuelta al sutil Hogar del Padre.

Siguiendo esta línea de pensamiento, Barrios asevera que esta alineación con el corazón de la galaxia en 2012 abrirá un canal para que la energía universal del Uno fluya través de nuestra esfera terrestre, iniciando un proceso que disipará las compulsiones neuróticas que cunden en ella y llevando a la civilización humana a un nivel más alto de vibración.

Un juego de pelota sólo apto para virtuosos

El Tsu-Chu –juego de pelota que emergió en la antigua China hacia el año 2500 antes de Cristo- era una actividad sólo para virtuosos. De acuerdo a las crónicas imperiales, la meta del Tsu-Chu era patear un balón de cuero relleno de plumas y pelo animal, para encajarlo en una pequeña red de unos 40 centímetros de diámetro construida sobre cañas de bambú.

El único inconveniente era que esa red colgaba a unos… ¡9 metros de altura! Se necesitaba un altísimo nivel de habilidades para practicar este deporte: un manual de la época reza –de manera un tanto cínica- que "cualquier parte del cuerpo es útil para anotar, excepto las manos".

Como disciplina atlética, el Tsu-Chu resulta una rara cruza entre fútbol y básquetbol; como alegoría espiritual, se trata del Árbol de la Vida más encumbrado que haya generado la historia de los juegos de pelota.

Un antiguo juego de nombre impronunciable

Los nativos de Norteamérica también tenían su propio juego de pelota, llamado pasuckuakohowog, complejo vocablo que significa gente que se reúne para jugar con la pelota al pie. Más de un millar de personas se involucraban –de manera simultánea- en la práctica de este entretenimiento rudo, peligroso y de escasas reglas. Los contendientes usaban ornamentos y pintaban sus cuerpos con símbolos de guerra. Era común que los juegos se extendieran de un día para otro, con festines de celebración luego de concluido cada encuentro. Por su parte, los esquimales practicaban otro juego de intrincado nombre –el asqaqtuk: éste consistía en patear y anotar puntos con un pesado balón, relleno de hierba, pelo de caribú y musgo.

Una variante del fútbol en la que las multitudes llenaban la cancha

En el fútbol de hoy, está muy claro el papel de jugadores y espectadores: unos ventilan sus azares en la cancha, otros pueblan gradas y tribunas. No obstante, en las variantes más primitivas del fútbol inglés –llamado mob football o fútbol multitudinario- las cosas eran un poco más difusas.

Textos clásicos del siglo III describen a las huestes inglesas celebrando su victoria sobre las hordas danesas con una eufórica sesión de juegos de pateo. Para la ocasión, se usó una pelota muy particular: la cabeza cercenada del líder invasor. Este evento habría sido la génesis –un tanto cruel- del mob football.

Entre los siglos VII y XIX, el mob football se popularizó en las islas británicas. La pelota era elaborada con cueros y tripas de animales domésticos. La "cancha" era vasta: dos aldeas comenzaban el juego en un punto neutral. El propósito era el de transportar el balón a la plaza o mercado principal del villorrio rival. A veces, la disputa se llevaba a cabo en una misma ciudad, entre dos barrios vecinos. Miles y miles de personas se involucraban en cada partida. Este ímpetu tumultuario perduró hasta bien entrado el siglo XX, con aquellos tristemente recordados hooligans que pretendían hacer de las tribunas luctuosos campos de batalla en los que drenaban el lado oscuro de la pasión futbolística.

Las reglas eran escasísimas. Entre las pocas cosas que excluían se encontraba el asesinato voluntario. Los parroquianos debían levantar barricadas alrededor de sus casas para proteger sus propiedades y seres queridos. Las autoridades eclesiásticas de la época deploraban el juego, aunque no por su violencia sino por prejuicios metafísicos; en él se escondía un ritual pagano, un oculto sortilegio de la religión de la Diosa: el balón, frenéticamente conducido por calzadas y campos de labranza, representaba al Sol, y tenía que ser conquistado a toda costa, ya que su captura (precursora del moderno gol) aseguraba buenas cosechas para el bando ganador e inciertas recolecciones para el bando perdedor.

En el año 1314, el Rey Eduardo II publicó un edicto que prohibía la práctica del mob football. Su hijo Eduardo III decretó una medida similar –tan infructuosa como la del padre. Ricardo II, Enrique IV, Enrique VI y Jaime III engrosaron el catálogo de reyes ingleses que intentaron prohibir este deporte, sin conseguirlo.

De cómo los florentinos domesticaron el mob football

Tras su éxito en las islas británicas, el mob football se extendió por diversas regiones de Europa: de tumulto en tumulto, de gresca en gresca, fue sumando adeptos y reformadores. A finales del siglo XVI, en la ciudad italiana de Florencia, apareció el primer intento serio por domesticar esta práctica: se trataba de un esfuerzo civilizador que estaba imbuido del espíritu racionalista y científico –propio del Renacimiento- que empezaba a imperar en esa época. De tal suerte, surgió el calcio florentino.

Las primeras reglas de este deporte fueron oficializadas en 1580. Una de sus mayores novedades fue el hecho de imponer un límite al número de jugadores –veintisiete por equipo. El objetivo del juego era sumar más puntos que el equipo rival. Las dimensiones de la cancha eran similares a las del fútbol actual, pero cubierta de arena en lugar de grama. La pelota debía ser introducida en unas plataformas con agujeros colocadas a ambos extremos del campo de juego. Para transportar el balón podían usarse, de manera indistinta, manos o pies. Por cada tiro acertado se obtenían 2 puntos, pero por cada intento errado, se sumaba medio punto al equipo rival. El encuentro duraba 50 minutos y era supervisado por ocho árbitros.

El fútbol moderno nació en una taberna de masones

Transcurrieron décadas, siglos. Declinaron viejos imperios, surgieron otros nuevos. En todo el orbe, antiguas monarquías se transformaron en repúblicas; colonias y protectorados devinieron en naciones independientes; grandes sistemas religiosos surgieron o sucumbieron; el pensamiento racional, científico, se enseñoreó del ambiente intelectual, desplazando a la vieja hegemonía de filósofos y teólogos. Incólumes, los juegos de pelota sobrevivieron a tales avatares.

En Inglaterra, a mediados del siglo XIX, se dieron los primeros pasos para unificar todos los códigos o reglamentos de football. No fue un proceso tranquilo y no estuvo exento de facciones, disputas y divergencias. De tales encuentros y desencuentros, surgirían, con el paso del tiempo y en distintos países, las reglas de deportes que aún hoy están en boga: el rugby, el footballl americano, el football australiano, el football canadiense, el lacrosse, el hockey en sus diversas superficies, y por supuesto, el deporte más popular del planeta en la actualidad, el fútbol o soccer.

En 1848, dos alumnos de la Universidad de Cambridge, Henry de Winton y John Charles Thring, se reunieron con estudiantes de otras escuelas para redactar un código futbolero. Las reglas de aquel Código Cambridge se asemejan mucho al fútbol actual. Un punto básico de tal reglamento fue la prohibición expresa de transportar el balón con las manos, pasando la responsabilidad del traslado de la pelota a los pies. El objeto del juego era el de hacer pasar la esférica entre dos postes verticales, justo por debajo de una cinta que los unía. El equipo que marcaba más goles era el ganador. A partir de ese momento, el fútbol entró en el terreno de la racionalidad jurídica, dejando atrás su turbulento pasado de reyertas callejeras y turbas enardecidas.

En 1857, un código –el Sheffield- adoptó nuevas reglamentaciones, tales como los tiros libres, los corners y los saques de banda. La leve cinta atada a los dos postes verticales fue sustituida por un travesaño rígido, dando lugar a las modernas porterías (otra simbólica remembranza del Árbol de la Vida, del Axis Mundi).

Si bien con estas unificaciones se lograron extraordinarios avances para reglamentar y racionalizar el juego, el código considerado como definitivo para la creación del fútbol moderno fue el suscrito el 8 de diciembre de 1863, en la "Taberna de los Masones" de la calle Queen Elizabeth de Londres. En tal documento, se aprobaron dos puntos fundamentales: la limitación del número de jugadores a 11 por equipo y la eliminación de los tackles, o golpes propinados al cuerpo del jugador, los cuales, de ahí en adelante, pasarían a sancionarse como faltas.

De la masonería, el fútbol recogió el espíritu universalista de igualdad y fraternidad sin distingos de nacionalidad, raza, ideología o religión: de allí que la violencia física en este juego esté severamente penalizada, al contrario de otros deportes como el football americano y el rugby.

Por otra parte, el número de jugadores –once- fue seguramente tomado del diagrama básico de la cábala hebrea, el ya citado Árbol de la Vida, cuyo estudio no es ajeno a los masones. El mismo está compuesto por diez esferas visibles (llamadas sefirot) y una esfera invisible (Daath, el conocimiento): cada una de ellas estaría representada en los once jugadores que componen un equipo; de igual forma, tales esferas están unidas por 22 enigmáticos senderos de esclarecimiento espiritual (el mismo número de jugadores que hay en un encuentro de fútbol).

Cada esfera representa diferentes niveles en el proceso de compresión de Dios, de menor a mayor. De acuerdo con este antiguo sistema de sabiduría, la persona iluminada, que entra en comunión con el Creador, ha transitado desde la esfera más terrenal y densa de percepción (Malkuth) hasta la más sutil y espiritual (Kether), así como el balón debe ser trasladado desde una portería a otra para ser convertido en gol.

Diversos pensadores, como el mexicano Alejandro Huizinga, han sugerido que la cultura brota del juego –una actividad tan antigua como el alimentarse o cazar- porque dota a los seres humanos de reglas que rigen su comportamiento individual y colectivo, de valores éticos y trascendentes. En el caso de los juegos de pelota, en sus más disímiles variantes, el ser humano ha intentado reproducir las leyes del orden cósmico en las amenas conflagraciones del deporte. Para quienes disfrutamos de su práctica o contemplación, el instantáneo nirvana de un ¡¡¡goooooooool!!! llena de sobrenatural e inexplicable regocijo al rutinario tránsito de nuestra cotidianidad.

Por un instante, en ese irrefrenable grito de júbilo, quedan abolidos el tiempo, el pasado, el pensamiento y cualquier rastro de pesadumbre: todo se vuelve intenso gozo presente, grato estallido en el que sólo tiene cabida el más profundo sentido de deleite.

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