LA LUCHA CONTRA EL DRAGÓN

Art. extraído de http://www.temakel.com/simbolismodragon.htm

El dragón:
fuego colérico que
incendia el cielo y el vientre oscuro de una 
caverna. En el cristianismo, y en otras mitologías, el monstruo de
hocico ígneo
es signo del mal y el caos y, como luego se verá, del ego exaltado.

   Pero el
dragón también es
creatura benévola. Su dimensión positiva se expresa principalmente en el
Extremo
Oriente, en China. Para el taoísmo es representación de lo infinito, del

espíritu y lo divino manifestado en la dualidad divina del ying y
yang,
lo femenino y lo masculino. En la literatura taoísta son frecuentes las
expresiones "dragón de la sabiduría", o "dragón del espíritu". En el
mundo
oriental son protectores de templos y santuarios. Los dragones aseguran
fecundidad, fertilidad. La fertilidad que depara las lluvias y las
aguas; de ahí
que, en muchos casos, se los imagine volando dentro de las nubes o
inmersos en
la profundidad de los lagos.

   En la
tradición occidental
también el animal de las bocanadas llameantes puede vestirse con
oropeles
positivos. Para pueblos indoeuropeos como los indos, persas, escitas,
partos y
dacios, el dragón es emblema militar. Bajo este precedente, los romanos
lo
convierten en el estandarte de la cohorte (el draconarius es el
portador
de aquel estandarte). En el campo de batalla, el Emperador es precedido
por un
dragón púrpura.

  En Grecia se asocia
con Atenea.
Parentesco que se funda en la actitud siempre alerta y vigilante y en el
poder
destructor del animal mítico. En la heráldica europea, el dragón rojo es
símbolo
del País de Gales. El dragón rampante o yacente, generalmente alado,
refulge en
multitud de escudos mobiliarios o de ciudades de Europa. El Rey Arturo
lo exhibe
en su yelmo; Ricardo Corazón de León lo muestra como estandarte en sus
incursiones guerreras por Tierra Santa. En algunos Bestiarios medievales
incluso
se lo relaciona con Cristo. El dragón como símbolo crístico es palabra
divina o
verbo creador que expele por sus fauces entreabiertas el fuego de la
vida o las
Aguas primordiales.

    Pero
frente a las
palpitaciones positivas del simbolismo draconiano se impone su
significación
adversa. Para Jakob Boheme, influyente místico y teósofo teutón: "el
dragón es
la egoidad que aleja de Dios". El dragón es aquí signo de la exaltación
del yo
que recluye al hombre en sí mismo y lo separa de lo universal y lo
trascendente. 

Es
quizá en la simbología
cristiana donde se recurre con mayor frecuencia a la figura del dragón
para
expresar la noción del ego, su tremendo poder y la terrible amenaza que
supone
para la vida humana. Y esta interpretación del dragón como
materialización
simbólica del ego cobra un especial relieve en las formulaciones
doctrinales de
la mística y el esoterismo cristianos, y sobre todo en los autores
representativos de la llamada «Teosofía cristiana», que son los que
dedican
mayor atención al análisis y explicación de dicho simbolismo.


   Aclaremos, para evitar de antemano cualquier malentendido,
que por «Teosofía
cristiana» ha de entenderse -de acuerdo a su genuina significación
etimológica:
«Sabiduría de Dios»; a la vez Sabiduría acerca de Dios y Sabiduría
recibida de
Dios- aquella corriente místico-esotérica; que se desarrolla dentro de
la
tradición cristiana, tanto en clima protestante como católico, a partir
del
siglo XVl y que en modo alguno hay que confundir con el Teosofismo,
aberración
espiritualista de los tiempos modernos que usurpó el nombre de tan
preclara rama
tradicional de Occidente, al tiempo que desvirtuaba y adulteraba su
doctrina.
   Para Jakob Bohme, al que sin lugar dudas se puede
considerar como el más
preclaro representante de la Teosofía Cristiana y una de las máximas
figuras del
esoterismo occidental, el dragón es el símbolo de lo que él llama Selbheit

o Eigenheit, esto es, la egoidad, ipseidad o propia
particularidad
individual: "la falsa voluntad del yo particular"; "la propia voluntad"
que se
revela como una "potencia de la ira" y como "un fundamento de la mentira
y la
hostilidad"; "la voluntad falsa, figurada y desviada de la propia
conveniencia". 

   Explicando el
significado del
dragón de siete cabezas sobre el que cabalga la prostituta babilónica,
según el
Apocalipsis, el filósofo teutónico dirá que dicho monstruo no representa
sino
"la voluntad propia y adánica" que se convierte en asesina y mata en el
hombre
la imanen divina. En una de sus típicas imágenes simbólicas, con las que

pretende describir la experiencia del renacimiento interior. Bohme
afirma que el
"nuevo Adán", el "hijo de la Virgen", que marcha como forastero y
peregrino por
este mundo, se ve acechado por el "viejo Adán", el cual alza su cabeza
como "un
feroz y horrible dragón que únicamente busca devorar", arrojando por su
boca
agua y fuego para acabar con "la imagen de la Virgen". La lucha con el
dragón
-escribe en una de sus Epístolas teosóficas-, es la lucha que
Cristo y el
Amor divino libran en la naturaleza del hombre contra el amor propio,
contra esa
voluntad del ego o "propio yo" que, al distanciarse de la Voluntad de
Dios y
pretender erigirse en centro independiente, enciende la Ira o Cólera
divina,
cuya propiedad es el luego devorador, o, lo que es lo mismo, "la
angustia, la
discordia y el conflicto". Fue la búsqueda de sí mismo, el endiosamiento
de la
egoidad, lo que ocasionó la pérdida del Paraíso. Por ello -advierte
Bohme-, para
que el Paraíso vuelva a verdear y a fructificar en nosotros, para que se
abra de
nuevo las puertas de la inmortalidad y del Cielo divino que están
grabadas en el
microcosmos, "hay que matar de antemano al dragón". 

   William Law,
siguiendo la senda
trazada por el gran maestro teutónico, proclama asimismo que el fiery
dragon

("dragón ígneo") y la devouring beast ("bestia devoradora")
descritos de
forma tan sobrecogedora en el Apocalipsis no son otra cosa que el
yo,
the self
, en el cual está la fuente misma del pecado y la raíz de
todos los
males que acosan a la vida humana. "El orgullo, la persecución, la ira,
el odio
y la envidia son la esencia misma del dragón de fuego". Todo hombre que
nace en
el mundo -dice el místico anglicano- "tiene dentro de sí todos los
enemigos a
los que ha de vencer", pues en el propio ego está contenido "todo lo que
el ser
humano debe temer y odiar, resistir y evitar". No hay otro dragón ni
otro
peligro que nos pueda amenazar -sostiene Law- que el que portamos dentro
de
nosotros. Es tu propio dragón, tu propia bestia o tu propio anticristo,
"que
vive en la sangre de tu propio corazón, el único que puede dañarte". El
dragón
es, ni más ni menos, la "naturaleza humana caída", lo que es tanto como
decir,
"el propio interés y la auto-exaltación", "la codicia y sensualidad de
cualquier
clase", la religión anti-divina que, gobernada por un ánimo mercantil y
mundano,
no va orientada más que a "gratificar el interés parcial de la carne y
la
sangre". 

    Law,
que recoge la doctrina
bohmiana de la pugna entre
la Cólera y el Amor divinos, vuelve a insistir en la verdad fundamental
de que
la vida egótica se encuentra  del lado de la primera, por haber
dado la espalda
al segundo, al Amor que aplaca la Cólera. Sobre esta idea básica,
elabora su
doctrina de la naturaleza del ser humano, según la cual todo hombre
porta en sí
dos naturalezas hostiles y en continuo combate: por una parte, la
naturaleza
luminosa, unida al amor, la alegría y la gloria, y, frente a ella, la
naturaleza
tenebrosa, que porta consigo la ira, el fuego, la oscuridad y el mal de
la vida
creatural separada de Dios. De un lado, la semilla o sed de la vida
celestial y
divina, "el de Dios dentro de ti", el Cristo interior, el Cordero de
Dios que es
"un poder redentor"; de otro, "la bestia de los placeres carnales, la
serpiente
de la astucia y del engaño, el dragón de la ira ardiente"  que
rodea la semilla
divina buscando asfixiarla, para evitar el nacimiento de Cristo del
alma. He
aquí, concluye Law, el gran combate y la gran prueba de la vida humana,
en la
que se decide si la victoria va a conseguirla el dragón ígneo y airado o
la Luz
y el Amor de Dios; si en el interior del hombre nacerá y  se
impondrá "el reino
del yo", que es el reino del pecado, o "el Reino de Cristo", que es el
reino de
la paz y del amor.       Reflexiones
similares encontrarnos en Gichtel, otro
eminente representante de la Teosofía alemana, el cual define a la
egoidad o
"voluntad propia" como "un dragón de enemistad que resiste a Dios en sus
actos y
su conducta toda". El místico alemán, adoptando la terminología
apocalíptica,
emplea las expresiones "dragón rojo" y "dragón de ego" para referirse al
ego, al
que considera responsable dc la caída de los orígenes. En él, dice, está
el
dragón "contra el que debe luchar el hombre por la fuerza de Jesús".
Cuando la
voluntad creatural se separa de la Voluntad divina, de su Luz y de su
Amor que
son el verdadero fundamento de toda vida creada, aquélla "se transforma
en un
dragón colérico, ígneo y exaltado"; pues, al separarse del Amor, abre el
propio
ser a la Cólera. Por eso, tenemos que combatir hasta el derramamiento de
nuestra
sangre contra "el dragón de la voluntad" que nos amenaza de muerte, y
esforzarnos para dar muerte a la egoidad con la ayuda de Dios. Cuando la
egoidad
muere, afirma Gichtcl, "el dragón de fuego pierde su reino y su trono".
Entonces
irrumpen la alegría y el contento en la vida del hombre porque ha sido
derrotado
un monstruo que ocultaba la Luz divina a uno mismo y a los demás. De
nuevo queda
expedito el camino que conduce al Paraíso y el vencedor en el combate
santo
podría "despertar a la prometida", la Sophia o Sabiduría divina de la
que nos
separó la prevaricación egocéntrica. La Sophia celeste, termina diciendo
Gichtel
en un lenguaje que recuerda a los antiguos libros de caballería,
coronará con
los laureles de la victoria a quienes lucharon valerosamente movidos por
el Amor
y pondrá una guirnalda angélica "sobre la cabeza de todos sus fieles
caballeros
que vencieron en ellos al dragón del egoísmo, la Cólera de Dios".

   En la misma
idea insiste
Gottfried Arnold, otro de los grandes exponentes de la doctrina
sofiánica que
tanto arraigo encontró en tierras teutónicas. Para Arnold, "el gran
dragón", ese
dragón que siente un odio furibundo contra la Sophia divina y que
procura por
todos los medios destruir la correspondencia y comunidad del alma con la

Mensajera celestial, no es otro que "el hombre viejo". Por eso, asevera
el
místico protestante, para quienes deseen alcanzar la perfección y
restablecer la
unión con la Sophia, es indispensable "la renuncia a sí mismos"… No es
posible
el reencuentro con la Amada divina sin haber vencido antes al dragón
que, desde
dentro de nosotros mismos, se opone con todas sus fuerzas a tal
encuentro.

 …A William Blake,
el gran poeta
y pintor visionario inglés, debemos una de las más sugestivas
formulaciones de
la imagen dracónica dcl ego, que él nos muestra envuelta en su compleja
constelación de símbolos y alegorías, 
no siempre fáciles de comprender o de interpretar. Para Blake, la
egoidad o
yoidad se identifica con Satanás, que es una misma cosa con "el
Espectro" del
ser humano, con el Dragón y "el Gusano de la tierra". El autor de Cielo e

Infierno se refiere con insistencia a lo que él llama "la Gran Egoidad
Satán",
que predica el materialismo y se autoproclama Dios exigiendo sumisión
absoluta
de todo y de todos, señalando que su meta no es otra que "matar a la
Humanidad
divina", asfixiar el germen sobrenatural y eterno latente en el ser
humano. Le
da también a veces el nombre de Caos (Chaos), término que aplica de
manera
especial a "la mente confusa del hombre sin visión", es decir, privado
de esa
visión lúcida que dan la verdad y el amor. Por eso esa egoidad caótica,
que es
el egoísmo larvado e innato con que nacemos, no puede ser considerado en
modo
alguno como la esencia de la Humanidad, sino que más bien se opone a
ella: al
desarrollarse se convierte en "el Espectro", que es el Satán de uno
mismo, "el
poder devorador", "el pólipo de la muerte". Ese Earth-worm,
dragón o
gusano de la tierra, que es el ego-satán crece hasta convertirse en una
"serpiente marcada", la cual va convirtiéndose en un venenoso dragón
alado.

   Junto a la
serpiente y el
gusano, el dragón ocupa un puesto relevante en la iconografía de William
Blake,
figurando con profusión en dibujos, acuarelas y grabados. Acaso la más
representativa de sus imaginativas ilustraciones sobre el dragón sea el
grabado
The Old Dragon ("El Viejo Dragón"), en el que la bestia infernal aparece
con
forma humana, cual ogro o gigante con siete cabezas, varias de ellas
femeninas,
y con una larga y poderosa cola de saurio o reptil que llega hasta el
cielo. En
dicho grabado, por la fusión de lo humano y lo bestial, podemos ver una
excelente plasmación de la idea del ego-dragón: en su mano derecha el
gigante
adragonado detenta un cetro, símbolo de esa majestad suprema que el ego
ilegítimamente se arroga, mientras que en la mano izquierda porta una
espada,
emblema de la violencia en que el ego basa su existencia. En el
pensamiento y la
obra de Blake, la egoidad se perfila por tanto como el dragón que
amenaza la
existencia del hombre sobre la tierra.
  …Podemos, pues, concluir que en le dragón es el símbolo del ego
como
potencia entenebrecedora, separadora y disociadora. En ese monstruo
deforme se
halla simbolizado Satán, el Inicuo, el maligno, el Separador, el enemigo
de
Dios, del hombre y del cosmos; el agente de la muerte, que se enfrenta a
la
vida. Es el símbolo de la fuerza negativa, viciosa o pecaminosa que,
actuando
desde el interior mismo del alma, aleja al hombre de sí mismo y de su
Raíz, de
su Principio y Fin, entregándole a las potencias del mal con toda su
consecuencias desgarradoras. 

    La
misma fuerza antihumana y
antidivina que, según la doctrina cristiana, ocasionó la caída de Adán,
el
primer hombre. Es interesante, a este respecto, constatar que, en
algunas obras
de arte medievales, el momento de la caída del primer hombre, o sea, del
"pecado
original", es representado reproduciendo, junto a la figura más usual de
la
serpiente tentadora, un pequeño dragón que acecha a espaldas de Adán,
como puede
verse, por ejemplo, en los relieves románicos de la Bemwardstür o
"Puerta
de San Bernward". en la catedral de Hildesheim. (*)

(*) Fuente: Antonio
Medrano, La
lucha con el dragón. La tiranía del ego y la gesta heroica interio
r,

Madrid, Ediciones Yatay, 1999.

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