Archivo de la categoría: Conferencias

La Era de Acuario

En Astrología
se sabe que existen doce eras astrológicas, cada era, relacionada directamente con uno de los 12 signos del Zodíaco. Antes de la Era de Acuario, el planeta Tierra estuvo bajo la influencia de la Era de Piscis y mucho antes de la de Aries y Tauro.
En relación con la pasada Era de Piscis, el Kalki Avatar de la Era de Acuario, Samael Aun Weor, en el libro: Tratado de Astrología Hermética, explica lo siguiente: “El pez es el símbolo más sagrado del Gnosticismo Cristiano Primitivo. Es lástima que millares de estudiantes de ocultismo
hayan olvidado la Gnosis del pescado”.
Más adelante, el Budha Maitreya, Samael Aun Weor, afirma: “La Edad de Piscis no ha debido haber sido un fracaso como realmente fue. La causa causorum del fracaso pisciano se debió a ciertos elementos tenebrosos que traicionaron a la Gnosis y predicaron ciertas doctrinas agnósticas o
anti-gnósticas, subestimando el Pez, desechando la religión sabiduría y sumiendo a la humanidad en el materialismo.
“Recordemos a Lucio llegando a la ciudad de Hypatía, hospedándose luego en casa de MILON, cuya esposa Pánfila es una perversa hechicera. Sale a poco Lucio a comprar pescado (EL Ictius, símbolo del naciente Cristianismo gnóstico, el pez, pescado, soma de los misterios de Isis”.
“Los pescadores le venden por infelices veinte denarios y con cierto desdén espantoso, lo que antes pretendían vender por cien escudos, terrible sátira en el que va envuelto el mayor desprecio para el naciente y ya infatuado Cristianismo Gnóstico”.
“Puede asegurarse que la Edad de Piscis fracasó por el Agnosticismo. La traición a la Gnosis fue el crimen más grave de la edad de Piscis. JESÚS el Cristo y sus doce pescadores, iniciaron una edad que bien  podría haber sido de grandes esplendores”.
“Jesús y sus doce apóstoles gnósticos indicaron el camino preciso para la edad de Piscis, el Gnosticismo, la sabiduría del pescado.
Es lamentable que todos los libros sagrados de la Santa Gnosis hubieran sido quemados y que se hubiera olvidado el sagrado símbolo del pez”.
Un famoso aforismo de la sabiduría hermética enseña que: “Tal como es arriba es abajo”. Así como existe el año terrestre, también existe el gran año sideral. Un año terrestre es la vuelta de la Tierra alrededor del Sol.
Un año sideral, es una revolución completa del Sistema Solar en torno del cinturón zodiacal.
Ese recorrido del Sistema Solar, en torno del cinturón zodiacal, ocurre en unos 25 780 años, por lo que, en promedio, cada era tiene una duración aproximada de 2140 años.
De acuerdo con los estudios gnósticos, la Nueva Era comenzó el 4 de febrero de 1962, fecha en la que los planetas del Sistema Solar, se alinearon bajo la constelación de Acuario.
La influencia de Acuario se manifiesta desde esa fecha y gradualmente se ha venido desarrollando. Con el tiempo su influencia será completa. Por estos tiempos, aún se percibe la influencia de Piscis, pero poco a poco su fuerza va debilitándose. Es una lucha natural entre lo nuevo y lo viejo.
La influencia de Acuario en la Nueva Era, se vincula a la influencia de dos planetas: Urano y Saturno. Urano es un planeta revolucionario que rige los órganos genitales. La influencia vibratoria de Urano se
expresa en rebeldía, movimientos revolucionarios y en la expresión liberada de la función sexual. La influencia de Urano puede ser positiva o negativa.
La influencia positiva de Urano se transforma  en el ser humano en la búsqueda del sexo sagrado, sexo divinal o supra sexo, en la búsqueda de la espiritualidad más profunda, en la búsqueda del éxtasis, samadhi o satori mediante la meditación de fondo, el conocimiento por intuición y la música sublime de los grandes maestros.
El polo negativo de Urano, se asocia al abuso del sexo, mediante todas las formas de la fornicación, como también del odio o rechazo a la sexualidad, considerándola inferior, innecesaria, prohibida o perversa. También se expresa en el consumo de drogas, la psicodelia y el alcoholismo.
Por la época del advenimiento de la Era de Acuario surgió un movimiento revolucionario polarizado negativamente con las fuerzas de Urano. Ese movimiento se caracterizó por el abuso del sexo y de las drogas, ese fue el tristemente célebre “movimiento Hippie”.
Saturno, el anciano de los cielos ha sido asociado desde la antigüedad, con la muerte y con cambios radicales. En la Alquimia se vincula al Cuervo Negro.
Acuario, es la constelación del Aguador y en el mapa zodiacal, se halla situada, frente a la constelación de Leo. Leo es un signo zodiacal vinculado al fuego y a la Ley Divina, a la Ley del Karma. En Acuario se encuentra el agua y en Leo, el fuego. Nuevamente en esta relación, aparece la lucha de los opuestos y también la transmutación de los metales conforme a la Alquimia.
Saturno se relaciona con la muerte, pero en el esoterismo gnóstico, la muerte simboliza la eliminación de los elementos indeseables de la conducta para liberar a la Esencia. El trabajo con la Alquimia y la muerte mística, dan como resultado el nacimiento segundo y la oportunidad
de disfrutar de la edad de oro, de formar parte del pueblo elegido en Acuario.

Anuncios

La transmutación y la música

 
El Alma comulga con la música de las esferas, cuando escuchamos las nueve sinfonías de Beethoven o las composiciones de Chopin, o la divina polonesa de Liszt. La música es la palabra del Eterno. Nuestras palabras deben ser música inefable, así sublimamos la energía creadora hasta el corazón. Las palabras asqueantes, sucias, inmodestas, vulgares, etc., tienen el poder de adulterar la energía creadora, convirtiéndola en poderes infernales. (Samael Aun Weor. Matrimonio Perfecto.)

En la naturaleza del ser humano, existe la posibilidad de transmutar (cambiar de un nivel a otro mas elevado) la energía sexual, debido a que posee tanto la mujer como el varón canales de naturaleza tetradimensional (es decir pertenecientes a la cuarta dimensión) por donde es posible que ascienda la energía una vez transformada.

Einstein nos demostró con su fórmula E=mc2 lo que desde tiempos remotos nos legaron en secreto los alquimistas, lo que se encuentra en los códices los mayas, la sabiduría de los incas, los egipcios, la posibilidad de regenerarnos en el aspecto físico, psicológico, emotivo, sirviendo de apoyo la transmutación sexual.

Para este portento científico-Místico es necesario primero hacer un ahorro de nuestras energías, pues no sería posible tal transmutación alquimista si no existe que trasmutar, si malgastamos la materia prima en explosiones de ira, de orgullo, de pereza, de gula, de envidia, por preocupaciones tontas de la vida diaria…

Si nos proponemos transmutar hay que lograr un control de las energías, no derrochándolas.

Resulta risible que el estudiante de Gnosis busque “cargarse” de energías con cosas externas como anillos, pulseras, piedras, etc. La energía ya la tenemos, es el resultado maravilloso de transformación en el interior del ser humano, lo importante es no derrocharlas miserablemente con las conductas impropias que uno acostumbra en su diario vivir.

La energía sexual es muy poderosa, tuvo el poder de traernos al mundo, pero esta energía tan poderosa puede ser influenciada tanto positiva como negativamente por el verbo, por el poder del sonido.

El verbo marca una influencia determinante en la energía sexual, y lo podemos comprobar cuando un joven llega a la adolescencia, empiezan los caracteres sexuales secundarios, esto naturalmente influye y le cambia la voz.

Es por ello que si consideramos la posibilidad de un cambio, debemos tener en cuenta que lo que decimos influye en la energía sexual, por ello es importante cuidar la palabra, el verbo, cuidar de no mentir, de prometer y cumplir, de no injuriar a los demás, de no promover chismes, de no decir palabras altisonantes, ya que todo ello afecta a la energía sexual modificándola negativamente.

La transmutación sexual es posible si tratamos por el contrario de cuidar el verbo, de que como dice Santiago en su Epístola Universal diciéndonos que la lengua es como un pequeño fuego, pero que en un bosque puede causar grandes daños, también comenta que de una fuente no puede salir agua pura y veneno a la vez.

Es importante apreciar la música clásica, el sonido de las sinfonías de Beethoven, Mozart, Wagner, logran la transmutación de la energía si aprendemos a escucharlas en meditación.

El arte, la música, la pintura, las caminatas en el bosque, el ejercicio, la contemplación de la belleza de la naturaleza contribuyen en este proceso.

Muchos somos los que queremos correr y no hemos ni siquiera aprendido a gatear, es importante la meditación, la oración y el recuerdo de sí para iniciar el trabajo con la alquimia o transformación de la energía.

En el hogar, con la música trascendental, las flores, la belleza, el magnetismo entre mujer y varón bien canalizado es posible iniciar el camino por el sendero del Matrimonio Perfecto.


El Vacío Iluminador

 

             Es urgente comprender a fondo, las técnicas de la meditación; hoy platicaremos sobre el Va­cío Iluminador.

            Al iniciar este tema, me veo obligado a narrar lo que por mí mismo y en forma directa, sobre el particular he podido verificar directamente.

            Espero que los que escuchen este cassette estén informados sobre la maravillosa Ley de la Reencarnación, pues en ella fundamento el siguiente relato.

            Cuando la segunda subraza, de nuestra actual gran Raza Aria, floreció en la China antigua, yo estuve reen­carnado allí. Entonces me llamé Chou Li; obviamente fui miembro de la Dinastía Chou. En aquella existencia me hice miembro activo de la Orden del Dragón Ama­rillo, y es claro que en tal Orden, pude aprender clara­mente la Ciencia de la Meditación.

            Todavía viene a mi memoria aquel instrumento maravilloso, denominado Aya Atafán, que tenía cuarenta y nueve notas. Bien sabemos lo que es la Sagrada Ley del Heptaparaparshinok, o sea, la Ley del Siete. Indubitablemente, siete son las notas de la escala musical, más si multiplicamos el siete por el siete, obtendremos cuarenta y nueve notas, colocadas en siete octavas.

            Los hermanos nos reunía­mos en la sala de meditación, nos sentábamos al estilo oriental, con las piernas cruzadas, poníamos las palmas de las manos en forma tal, que la derecha quedaba sobre la izquierda; nos sentábamos en circulo, en el centro de la sala; ce­rrábamos nuestros ojos y enseguida poníamos mucha atención a la música que cierto hermano brindaba al cosmos y a nosotros.

            Cuando el artista hacia vibrar la primera nota, que estaba en Do, todos nos concentrábamos. Cuando hacia vibrar la siguiente nota, en Re, la concentración se hacia más profunda: luchábamos con los diversos elementos sub­jetivos que en nuestro interior cargamos; queríamos re­criminarlos, hacerles ver la necesidad de guardar silencio absoluto. No está demás recordarles a ustedes, queridos hermanos, que esos elementos indeseables que constituyen el Yo, el Ego, el mí mismo, el sí mismo, son millares de entidades diversas, personificando errores. Cuando vibraba la nota Mi, penetrábamos en la tercera zona del subconsciente y nos enfrentábamos, pues, a la multiplicidad de esos diversos agregados psíquicos que en desorden bullen dentro, en nuestro interior, y que im­piden la quietud y el silencio de la mente. Los recriminábamos, tratábamos de comprenderlos. Cuando lo conseguíamos, penetrábamos aún mas hondo, en la nota Fa. Es obvio que nuevas luchas nos esperaban con tal nota, pues amordazar a todos esos demonios del deseo que uno lleva dentro, no es tan fácil; obligarles a guardar silencio y quietud, no es cosa sencilla, pero con paciencia lo lográbamos, y así proseguíamos con cada una de las notas de la escala musical. Una octava más elevada, proseguíamos con el mismo esfuerzo, y así, poco a poco, enfrentándonos a los diver­sos elementos infrahumanos que en nuestro interior car­gábamos, lográbamos por fin amordazarlos a todos en los cuarenta y nueve nive­les del subconsciente. Entonces la mente quedaba quieta, en el más profundo silencio; ese era el instante en que la Esencia, eso que tenemos de Alma, lo más puro que tenemos dentro, se escapaba para experimentar lo real. Así penetrába­mos en el Vacío Iluminador, así el Vacío Iluminador hacía irrupción en nosotros, y moviéndonos en el Vacío Iluminador, lográbamos conocer las leyes de la natu­raleza en sí mismas, tal cual son y no como aparentemente son.

            En este mundo tridimensional de Euclides, sólo se co­nocen causas y efectos mecánicos, no las leyes naturales en sí mismas. En el Vacío Iluminador ellas se presentan ante nosotros como realmente son.

            Nosotros podíamos percibir en ese estado, con la Esencia, con los sentidos superlativos del Ser, las cosas en sí, tal cual son. En el mundo de los fenómenos físicos, solamente percibimos, en realidad, la apariencia de las cosas: ángulos, superficies, nunca un cuerpo en forma inte­gral, y lo poco que percibimos es fugaz. Nadie podría percibir que cantidad de átomos, por ejemplo, tiene una silla, etc., empero, en el Vacío Iluminador, percibimos las cosas en sí, tal cual son integralmente.

            Mientras nos hallábamos así, sumergidos dentro del gran Vacío Iluminador, podíamos escuchar la voz del Padre que está en secreto. Indubitablemente, en ese estado nos hallábamos en lo que se podía denominar arrobamiento o éxtasis: la personalidad quedaba en estado pasivo, sentada allá en la sala de meditación; los Centros Emocional y Mo­tor, se integraban con el Centro Intelectual, formando un todo único receptivo, de manera que las ondas de todo aquello que vivenciábamos en el Vacío, circulando por el Cordón de Plata, eran recibidas por los tres cen­tros: Intelectual, Emocional y Motor.

            Repito: cuando el Samadhi concluía, regresábamos al interior del cuerpo, conservando el recuerdo de todo aquello que habíamos visto y oído.

            Sin embargo he de decirles que lo primero que hay que dejar, para poder sumergirse uno por largo tiempo en el Vacío Iluminador, es el miedo; el Yo del temor debe ser comprendido; ya sabe­mos que su desintegración se hace posible, suplicando a la Divina Madre Kundalini en forma vehemente, y ella eli­minará tal Yo.

            Un día cualquiera, no importa cual, hallándome en el Vacío Iluminador, más allá de la personalidad, del Yo y de la individualidad, sumergido en eso que podríamos decir el Tao, o "aquello", sentí que era todo lo que es, ha sido y será; experimenté la unidad de la vida, libre en su movimiento. Entonces era la flor, el río que cristalino corre entre su lecho de rocas, cantando con su lenguaje feliz; era el ave que se precipita en los fondos insondables; era el pez que navega deliciosamente entre las aguas; era la luna, los mundos, era todo lo que es, ha sido y será… El sentimiento del mí mismo, del Yo, hube de temer: sentí que me aniquilaba, que dejaba de existir como individuo, que era todo, menos un individuo; que el mí mis­mo tendía a morir para siempre.

            Obviamente, me llené de indecible terror y volví a la forma. Nuevos esfuerzos me permitieron, entonces, la irrupción del Vacío Iluminador (otra vez) y volví a sentirme confun­dido con todo, siendo todo. Como persona, como Yo, como individuo, había dejado de existir. Ese estado de conciencia se hacia cada vez más y más profundo, en tal forma que cualquier posibilidad de existencia separada, de existencia individual, tendía a desaparecer. No pude resistir más y volví a la forma. Un tercer inten­to, tampoco lo pude resistir: volví a la forma. Desde entonces sé que para experimentar el Vacío Iluminador, que para sentir el Tao en sí mismo, se necesita eliminar el Yo del terror; eso es indubitable.

            Entre los hermanos de la Orden Sagrada del Dragón Amarillo, el que más se distinguió fue mi amigo Chang. Hoy vive él en uno de esos planetas del Cristo, donde la naturaleza no es perecedera y jamás cambia, pues hay dos naturalezas: la perecedera, cambiante, mutable, y la im­perecedera, que jamás cambia, que es inmutable. En los planetas del Cristo existe la naturaleza eterna e impere­cedera e inmutable, y él vive en esos mundos del Señor, el Cristo resplandece en él. Se liberó Chang, hace varias edades mi amigo Chang vive allí, en aquel lejano planeta, con un grupo de hermanos que con él, también se liberaron.

            Conocí, entonces, los Siete Secretos de la Orden del Dragón Amarillo. Quisiera enseñarlos, pero con gran dolor, me doy cuenta que los hermanos de todas las latitudes, no están todavía preparados para poderlos recibir y esto es lamentable.

            También sé que, hoy por hoy, no es posible utilizar los cuarenta y nueve sonidos del Aya Atafán, porque ese instrumen­to musical ya no existe. Muchas involuciones de ese ins­trumento existen, pero son diferentes, no tienen las sie­te octavas. Involuciones de ese instrumento son todos los instru­mentos de cuerda: violín, guitarra, también el plano, etc.

            Más, sí es posible llegar a la experiencia del Vacío Iluminador. Hay un sistema, práctico y sencillo, que todos los hermanos pueden practicar. Voy a dictarles ahora mismo la técnica; pongan aten­ción.

            Siéntense, en el estilo oriental: con las piernas cruza­das; así. Debido a que sois occidentales, esta posición resulta para vosotros muy cansona. Entonces, sentáos cómodamente, en un cómodo sillón, al estilo occidental. Colocad la palma de la mano izquierda abierta, la derecha sobre la izquierda; quiero decir: el dorso de la palma de la mano derecha, sobre la palma de la mano izquierda. Relajad el cuerpo, lo más posible. Inhalad profun­damente, muy despacio. Al inhalar, imaginad que la energía creadora sube por los canales espermáticos hasta el cerebro. Exhalad, corto y rápido. Al inhalar, pronunciad el mantram JAAAAAAAMMMMMMM; al exhalar, pronunciad el mantram SAAAJJ.

            Indubitablemente, se inhala por la nariz y se exhala por la boca. Al inhalar, habrá de mantralizarse la sílaba sagrada HAM (mentalmente, pues se está inhalando por la nariz); más al exhalar, se podrá articular la sílaba SAH en forma sonora.

            "Ham" se escribe con las letras H, A, M; "Sah" se escribe con las letras S, A, H. La hache suena siempre como jota.

            La inhalación se hace lentamente; la exhalación, corta y rápida. ¿Motivo? Obviamente la energía creadora fluye, en todo sujeto, desde dentro hacia afuera, es decir, de manera centrí­fuga; más nosotros debemos invertir ese orden con fines de superación espiritual. Debe, nuestra energía, fluir en forma centrípeta (quiero decir, de afuera hacia adentro). Indubitablemente, si inhalamos despacio, lento, fluirá la energía creadora en forma centrípeta, de afuera hacia adentro. Si exhalamos corto y rápido, entonces se hará cada vez más centrípeta esa energía.

            Durante la prácti­ca, no se debe pensar absolutamente nada: los ojos deben estar cerrados profundamente; sólo vi­brará, en nuestra mente el Ham-Sah, y nada más. A medida que se practica, la inhalación, se va haciendo cada vez más honda y la exhalación muy corta y rápida.

            Los grandes Maestros de la meditación llegan a volver, a la respiración, pura inhalación; entonces aquella queda en suspenso. ¡Imposible esto, para los científicos, pero no para los místicos! En tal estado, el Maestro participa en el Nirivi Kalpa Samadhi, o Maha Samadhi: viene la irrupción del Vacío Iluminador, se precipita en ese Gran Vacío, donde nadie vive y donde solamente se escucha la palabra del Padre que está en secreto.

            Con esta práctica se consigue la irrupción del Vacío Iluminador, a condición de no pensar absolutamente en nada, de no admitir en la mente ningún deseo, nin­gún recuerdo. La mente debe quedar completamente quie­ta, por dentro, por fuera y en el centro; cualquier pensa­miento, por insignificante que sea, es óbice para el Sa­madhi, para el éxtasis.

            Asimismo, esta ciencia de la meditación, combinada con la respiración, produce efectos extraordinarios. Normalmente, las gentes padecen de eso que se llama "poluciones nocturnas", hombres y mujeres sufren de tal padecimiento, tienen sueños eróticos. Sí: los Yoes copulan unos con otros, la vibración pasa por el Cordón Plateado, llega hasta el cuerpo físico y deviene el orgasmo, con pérdida de energía creadora. Más esto sucede cuan­do la energía sexual fluye en forma centrífuga, desde adentro hacia afuera. Cuando la energía sexual fluya desde afuera hacia aden­tro, de manera centrípeta, las poluciones sexuales terminarán. Este es un beneficio, pues, para la salud.

            Ahora bien, el Samadhi se pronuncia durante esta prácti­ca de la meditación, debido a que las energías creadoras, fluyendo desde afuera hacia adentro, impregnan a la Con­ciencia y terminan por hacerla abandonar al Ego y al cuerpo. La Conciencia desembotellada de dentro del Ego, en ausencia del Ego y fuera del cuerpo físico, indubitablemente penetra en el Vacío Iluminador, recibe el Tao.

            Si uno elimina el Ego del miedo, del temor, podrá permanecer en el Vacío Iluminador sin preocupación alguna: sentirá que su aspecto individual se va disolviendo, se sentirá vivir en la piedra y en la flor, en la estrella lejana y en el ave cantora de cualquier mundo o planeta, más no temerá, y si no teme, al fin gravitará hacia su origen, convertida la Conciencia, la Esencia, en una criatura terriblemente divina, más allá del bien y del mal; podrá posarse en el Sagrado Sol Absoluto, y allí, en ese Sol, como estrella microcósmica, conocerá todos los misterios del universo. Porque es bueno saber que el universo en sí mismo, todo nuestro sistema solar, existe en la inteligencia del Sagrado Sol Absoluto como un instante eterno. Todos los fenómenos en la naturaleza, se procesan dentro de un instante eterno, en la inteligencia del Sagrado Sol Absoluto, más si uno teme, perderá el éxtasis y volverá a la forma densa.

            Queridos hermanos que escuchan este cassette: ¡deben abandonar el temor! Indubita­blemente, no basta decir: "¡dejaré de temer!" Hay necesidad de eliminar el Yo del temor, y éste se disuelve, estric­tamente, con el poder de la Divina Madre Kundalini Shakti. Primero hay que analizarlo, comprenderlo, y posteriormente invocar a Devi Kundalini, a nuestra Divina Madre Cós­mica particular, para que ella desintegre el Yo del temor. Sólo así puede uno sumergirse en el Vacío Iluminador en forma absoluta. Quien lo haga, gravitará hacia el Sagrado Sol Absoluto y conocerá las maravillas del universo.

            Nuestros hermanos deben, pues, practicar, la técnica de la meditación, tal como la hemos dado. ¡No olviden que el cuerpo hay que relajarlo; eso es indispensable!

            JAAAAAAAMMMMMMM-SAAAJJ, es el Gran Aliento; JAAAAAAAMMMMMMM-SAAAJJ, es el Astral. JAAAAAAAMMMMMMM-SAAAJJ es, también, un mantram que transmuta las energías creadoras.

            La meditación, combinada con el tantrismo, es formida­ble. JAAAAAAAMMMMMMM-SAAAJJ, es la clave.

            Bien sabemos que la energía creadora sirve para el despertar de la Conciencia. Com­binada con la meditación, incuestionablemente, saca a la Conciencia de entre el elemento subjetivo y la absorbe en el Vacío Iluminador.

            Obviamente que el Vacío Iluminador está más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente.

            En una sala de meditación Zen, en el Oriente, un monje le preguntó a un Maestro: "¿Cuál es el Vacío Iluminador?" Dicen los textos Zen que el Maestro le dio una patada al discípulo en el estómago y que éste cayó privado. Después el discípulo se levantó y abrazó al Maestro. "Gracias, Maestro -le dijo-, he experimentado el Vacío Iluminador".

            ¡Eso es absurdo!, dirán muchos. Pues no es así. Lo que sucede es que se presentan fenómenos muy especiales, para el Vacío Iluminador. Un polluelo, cuando está listo para salir del cascarón, su madre le ayuda, o le auxilia, picando ella (por sí misma) la cascara, y el polluelo sigue picando (con esta ayuda) y sale. Así también, cuando alguien ha madurado, recibe la ayuda de la Divina Madre Kundalini y sale de entre el cascarón de la perso­nalidad y del Ego para experimentar el Vacío Iluminador; pero hay que perseverar.

            En la meditación, se debe combinar, inteligentemente, la concentración con el sueño. Sueño y concentración, mezclados, producen iluminación.

            Muchos esoteristas piensan que la meditación en modo alguno se debe combinar con el sueño del cuerpo, más quienes así piensan, se equivocan: la medita­ción sin sueño arruina al cerebro. Se debe siempre utilizar el sueño, en combinación con la técnica de la meditación, pero un sueño controlado, un sueño voluntario; no un sueño sin control, no un sueño absurdo, sino meditación y sueño combinados inteligentemente. Debemos montar sobre el sueño, y no que el sueño monte sobre nosotros. Si aprendemos a montar sobre el sueño, habremos triunfado; si el sueño monta sobre nosotros, hemos fracasado.

            Pero debemos usar el sueño. La meditación, repito, combinada con el sueño, llevará a nuestros estudiantes al Samadhi, a la experiencia del Vacío Iluminador.

            Diariamente hay que practicar. ¿A qué hora? En el ins­tante en que nos sintamos con el ánimo de hacerlo. Muy especialmente cuando nos sintamos con sueño, apro­vecharlo para la meditación.

            Si los discípulos siguen estas indicaciones, podrán algún día recibir el Tao, podrán experimentar la verdad.

            Obviamente, hay dos tipos de dialéctica: la Dialéctica Racional, y al Dialéctica de la Conciencia. Du­rante el Satori, trabaja la Dialéctica de la Conciencia; entonces todo lo entendemos por intuitos, o a través de palabras o de figuras simbólicas: es el lenguaje de las parábolas del Evangelio Crístico, el lenguaje vivo de la Conciencia Superlativa del Ser.

            En el Zen, por ejemplo, la Dialéctica de la Conciencia se adelanta siempre a la Dialéctica del Raciocinio. A un monje Zen se le preguntó: "¿Por qué Bodidharma vino del oeste?" Respuesta: "El ciprés está en el centro del jardín". Cualquiera diría: "esto no guarda concordancia alguna", más sí la guarda. Es una respuesta que se adelanta a la Dia­léctica del Raciocinio, sale de la Esencia. El ciprés, el árbol de la vida, está en todas partes: no importa el oriente ni el occidente. Ese es el sentido de la respuesta.

            En el Vacío Iluminador todo se sabe "porque sí", por experiencia directa de la verdad.

            El estudiante tendrá que familiarizarse con la Dialéctica de la Conciencia. Desgraciadamente, el poder formulativo de conceptos más o menos lógicos, por muy brillante que sea (y hasta útil, en todos los aspectos de la vida práctica), resulta óbice para la Dialéctica de la Conciencia.

            No quiero con esto descartar el poder formulativo de conceptos lógicos, pues todos lo necesitamos en el te­rreno de los hechos prácticos de la existencia, pero cada facultad, incuestionablemente, tiene su órbita particular y es útil dentro de su órbita particular, y es útil dentro de su órbita; fuera de su órbita, resulta inútil y perjudicial.

            Dejemos el poder formulativo de con­ceptos dentro de su órbita, y dentro del Samadhi, o Para Samadhi, en la medi­tación, debemos siempre aprehender, capturar, vivenciar la Dialécti­ca de la Conciencia. Eso es cuestión de experiencia, es algo que el discípulo irá haciendo a medida que practique con la técnica de la meditación.

            El camino de la meditación profunda, implica mucha paciencia; los impacientes jamás lograrán triunfar. No es posible vivenciar o experimentar el Vacío Iluminador, en tanto exista en nosotros la impaciencia. El Yo de la impa­ciencia tiene que ser eliminado, después de haber sido comprendido. ¡Que se entienda esto con claridad! Si así se actúa, se recibirá el Tao; eso es obvio.

            Jamás podrá venir a nosotros la experiencia de lo real, en tanto la Conciencia continúe embutida dentro del Ego. El Ego, en sí mismo, es tiempo; toda esa multi­plicidad de elementos fantasmales que constituyen el mí mismo, son un compendio del tiempo. La experiencia del Vacío Iluminador es la antítesis: resul­ta atemporal, está más allá del tiempo y de la mente.

            El tiempo es toda la multiplicidad del Yo; el Yo es el tiempo. Así pues, el tiempo es subjetivo, incoherente, torpe, pesado, no tiene realidad objetiva.

            Cuando uno se sienta en una sala de meditación, o sencillamente en su casa, y trata de meditar, de practicar con esta técnica, debe olvidar el concepto tiempo y vi­vir dentro de un instante eterno. Quienes se dedican a meditar y están pendientes del reloj, obviamente no logran la experiencia del Vacío Iluminador.

            Si me preguntaran cuantos minutos diarios debemos utilizar para la meditación: que si media hora, o una hora, o dos, no daría respuesta; porque si alguien entra en meditación y está pendiente del tiempo, no puede experimentar el Vacío Iluminador, porque éste no es del tiempo. Eso sería similar a un ave que intentara volar, pero que estuviera amarrada por una pata, o a una piedra, o a un palo: no podría volar, habría una traba. Para experimentar el Vacío Ilu­minador, tenemos que liberarnos de toda traba.

            Lo im­portante, ciertamente, es experimentar la verdad, la verdad está en el Vacío Iluminador.

            Cuando a Jesús (el Gran Kabir), le dijeron: "¿Cuál es la verdad?", el Maestro guardó profundo silencio, y cuando a Gautama Sakyamuni le hicieron la misma pregunta, dio la espalda y se retiró. No puede ser descrita la verdad, no puede ser explicada; cada cual tiene que experimentarla por sí mismo, a través de la técnica de la meditación. En el Vacío Iluminador experimentamos la verdad; ese es un elemento que nos transforma radicalmente.

            Hay que perseverar, hay que ser tenaz. Puede que al principio no logremos nada, pero a medida que vaya pasando el tiempo, sentiremos que nos vamos haciendo cada vez más profundos, y al fin un día cualquiera irrumpirá en nuestra mente la experiencia del Vacío Iluminador.

            Incuestionablemente, el Vacío Iluminador, en sí mismo, es el Santo Okidanok, el activo Okidanok: omnipresente, omnipenetrante, omnisciente, que emana en sí mismo, del Sagrado Sol Absoluto. ¡Dichoso quien logre precipitarse entre el Vacío Iluminador, donde no vive criatura alguna, porque es allí, precisamente, donde experimentará lo real, la verdad!

            Perseverancia, se hace indispensable. Diariamente hay que trabajar, a fondo, hasta conseguir el triunfo total.

            Resulta prodigiosa la experiencia de la verdad a través de la meditación. Cuando se ha experimentado la verdad, se siente uno con fuerzas para perseverar en el trabajo sobre sí mismo.

            Brillantes autores han hablado del trabajo en sí mismo, sobre el Yo, sobre el mí mismo. Es obvio que han hecho bien, al haber hablado así, más han olvidado algo: la experien­cia de la verdad. En tanto uno no haya experimentado lo real, no se sien­te reconfortado, no se siente con fuerzas suficiente para trabajar sobre sí mismo, sobre el Yo mismo. Cuando uno de verdad ha pasado por tal experiencia mística, es diferente: nada lo puede detener en su anhelo por la liberación; trabajará incansablemente sobre sí mismo, para conseguir de verdad un cambio radical, total y de­finitivo. Ahora comprenderán ustedes, mis queridos hermanos, por qué son tan indispensable, la salas de meditación.

            Francamente, yo me siento triste al ver que, a pesar de haber escrito tanto sobre meditación en distintos "Men­sajes de Navidad", todavía en los países suramericanos y centroamericanos no existen Sa­las de Meditación, cuando ya deberían existir. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Existe indolencia! ¿Por qué existe? ¡Por falta de comprensión! Se hace indispensable entender.

            El pobre animal intelectual equivocadamente llamado hombre, necesita aliento, necesita algo que lo anime en la lucha, necesita estimulo para el trabajo sobre sí mismo. Sé que el pobre animal intelectual es débil por naturaleza y que se encuentra colocado en una situación completamente desventajosa: el Ego es demasiado fuerte y la persona­lidad terriblemente débil; es algo así, y solo, apenas sí puede caminar. Necesita de algo que lo anime al trabajo, necesita de un apoyo íntimo, y esto solamente es posible mediante la meditación.

            No quiero decir que todos, de un solo golpe de hoz, vayan a experimentar el Vacío Iluminador. Obviamente, hay que llegar a esa experiencia a través de distintos grados y el devoto irá sintiendo, cada vez más, el impulso íntimo del Ser: tendrá diversas vivencias, más o menos lúcidas, y por último un día llegará, en que tendrá la mejor de las vivencias, la experiencia directa de la Gran Reali­dad; entonces recibirá el Tao.

            Que aquellos que escuchen este cassette, sopesen bien mis palabras, que las reflexionen. No basta sen­cillamente escuchar: hay que saber escuchar, y esto es diferente… Pero "el que escucha la palabra y no la hace -dice el Apóstol Santiago en la ’Epístola Universal’-, se parece al hombre que se mira en un espejo y luego da la espalda y se va".

            ¡Hay que hacer la palabra dentro de sí mismo. No basta escuchar este cassette: hay que convertirlo en carne, sangre y vida. Si es que se quiere una transformación radical, hay que perseverar.           


El Ser y el saber

 

            Debemos comprender la labor que estamos realizando sobre nosotros mismos: en la Gnosis, ante todo, se necesita hacer conciencia de lo que es el saber esotérico gnóstico, iniciático, y lo que es la comprensión. Obviamente, sólo del Ser y el Saber debidamente unificados, surge la llamarada de la comprensión creadora.

            Si tomáramos a una persona común y corriente, a una persona ignorante para hacer de ella algo mejor, ¿por donde habríamos de comenzar? Como primer punto de vista hallaríamos que esa persona no sabe nada; como segundo punto descubriríamos que el Ser de esa persona no tiene ningún desarrollo íntimo; entonces necesitamos ver el doble aspecto de cada uno (si es que se quiere hacer una buena labor, habríamos de comenzar por el Ser). Si esa persona está llena de ira, de rencores, de envidia, etc., etc., etc., ¿cómo haríamos para que esa persona fuera mejor? (se necesitaría mucha paciencia, ¿no?). Habría que despertarle el anhelo de ser mejor, luego podría impartírsele el conocimiento gnóstico, la sabiduría, el saber.

            Así pues, Ser y Saber son diferentes. Alguien puede tener mucha sapiencia, puede saber, por ejemplo, fabricar automóviles, puede conocer la medicina, la jurisprudencia, o podría haber estudiado realmente en diversas escuelas de tipo pseudoesotérico, pseudoocultista, y poseer una gran erudición (no se sabe), pero podría suceder que esa persona tuviera una moral muy baja. Yo he conocido individuos, afiliados a tales o cuales organizaciones de tipo pseudoesotérico, pseudoocultista, con una ética o una moral muy baja, demasiado baja. Así pues, Ser y Saber son distintos, completamente diferentes; esto es algo que nosotros debemos tratar de comprender cabalmente.

            Incuestionablemente, lo más importante para nosotros los gnósticos, es el Ser. ¿De qué serviría poseer una gran erudición si no hemos desarrollado el Ser Interior, si poseemos defectos horripilantes? De nada serviría eso, ¿verdad? Alguno, que ha estudiado muchas obras en la senda esotérica, y todavía es capaz de robar, es capaz de fornicar y adulterar, obviamente puede saber mucha Yoga, puede haber leído mucha Teosofía, ¿pero de qué sirve eso? Lo más importante es el Ser.

            Ahora, Ser y Saber son muy relativos; existen distintos grados de saber. Hay personas que pueden saber más de medicina que otras; hay técnicos que saben más en materia automovilística que otros (eso es muy relativo). Y en cuanto al Ser, también es muy relativo: unos tienen el Ser más desarrollado que otros; no hay duda que el Ser, por ejemplo de un santo, está más desarrollado que el de un perverso. Hay distintos Niveles del Ser; así pues, también eso es relativo, y sin embargo Ser y Saber, como dije antes, son distintos. De alguien que tiene conocimientos, por ejemplo en materia de cosmografía, diríamos que lo que conoce es verdadero o es falso; de alguien que tiene un conocimiento grande en geografía, podríamos decir que su conocimiento es exacto o equivocado; pero en cuestiones del Ser, no cabe eso de "verdadero" o "falso", "equivocado" o "exacto", sino bueno y malo: "fulano de tal es un buen hombre", "mengano es un mal hombre". Y si es un erudito, muy sapiente, pero es un sujeto malo, se dice de él que "es una mala persona"; pero si es un sujeto bueno, se dice de él que "es una buena persona". Así pues, eso es diferente; los términos para designar al Ser o para designar el conocimiento, son diferentes.

            En la Gnosis se necesita un equilibrio muy especial: se necesita, para entrar en estos estudios y en estos trabajos en que nosotros estamos, haber alcanzado aquél nivel que se llama "el del buen dueño de casa". Resulta interesante, en los evangelios, esto del "buen dueño de casa" es algo que nos invita a la reflexión…                        Sabemos que el buen dueño de casa podría convertirse en algo mejor, si aspira o si anhela; pero si no tiene anhelo espiritual ninguno, obviamente se convertirá en un fariseo que habrá de involucionar en el tiempo; de manera que del buen dueño de casa, puede salir un Iniciado o un fariseo; en todo caso, para entrar en estos estudios esotéricos gnósticos, se necesita haber llegado al nivel del buen dueño de casa. Un tipo lunático (por ejemplo, caprichoso, lunático, difícil), no es precisamente un elemento que pueda servir para estos estudios en que nosotros estamos; un sujeto que no cumple con sus deberes de hogar, que es mal padre, mala esposa o mal esposo; que trata mal al cónyuge, sea éste hombre o mujer, o que abandona su hogar por tal o cual motivo, incuestionablemente no es un buen dueño de casa. Claro, en lo que yo estoy diciendo, caben ciertas excepciones muy justas, pero hablo en el simple estilo general, porque de nada serviría ser uno un buen dueño de casa si la mujer le es infiel o le "pone sus buenos cuernos", como dicen vulgarmente. Alguien por ahí contó un chiste muy simpático que decía: "El matrimonio no es el cuerno de la abundancia, pero sí es la abundancia de cuernos". En todo esto, aunque parezca chiste, hay mucho de cierto; de nada serviría que el hombre fuera muy fiel, y la mujer le "ponga cuernos" o viceversa. En todo caso, se necesita ser un buen dueño de casa, una persona decente, equilibrada, antes de poder entrar en el sendero de la Gnosis.

            Yo conocí a un sujeto (x) que estaba dedicado de lleno a esta clase de estudios esotéricos, practicaba la meditación diariamente, era vegetariano insoportable; de cuando en cuando comía un pedacito de carne (como cosa rara); quería "llegar al Padre" y así lo manifestaba; cuando conoció el Gran Arcano (porque nosotros hemos divulgado estas enseñanzas) se interesó mucho por el tantrismo, y desde un principio practicó, trabajó con su esposa sacerdotisa en la Novena Esfera; después trabajaba con cuantas mujeres se le presentaban en el camino… Como no estoy citando nombres ni apellidos no estoy murmurando de nadie; estoy citando "la seña" pero no "el santo", y eso es lo importante. Lo que sí quiero continuar diciéndoles, es que ese hombre, de un fanatismo si se quiere extraño, sabía, no ignoraba que tenía que disolver los elementos inhumanos que constituyen el Ego, pero maltrataba a su esposa y a sus hijos; estos sufrían lo indecible… Aquél buen hombre era millonario, inmensamente rico, más desafortunadamente, en su casa reinaba cierta miseria; la infeliz mujer no tenía ni siquiera moneda disponible como para vestir, pero él tenía "deseos de llegar al Padre"… Practicaba el Sahaja Maithuna con cuanta mujer se le atravesaba, era muy guapo, pero "quería llegar al Padre"; defendía el amor, como base de todo lo que es, ha sido y será, pero era cruel con sus hijos, horriblemente. En alguna ocasión, compré yo dos pajarillos a un vendedor de aves que pasaba cerca; me los ofreció y los compré. No los compré con la intención de mantenerlos encerrados toda la vida en sus jaulas; no, los compré con la intención de enseñarlos a volar, porque ya habían perdido esa habilidad, y después que ya supieran, ponerlos en libertad. Durante algunos días los solté de la jaula, sobre el apartamento donde vivía, y éstos volaban deliciosamente allí; yo me sentía muy feliz, viendo aquellas avecillas; no aguardaba sino a que tuvieran práctica, para poder abrir las ventanas y que se fueran, pues el vuelo todavía era muy torpe. Un día de esos tantos, aquél buen hombre, compadecido de esas aves, llego a mí diciendo: "Vengo a pedirte compasión por esas criaturas que tienes encerradas en esa jaula, prisioneras sin haber cometido ningún delito, a pedirte que las pongas en libertad"… "Pues las compré para eso, para ponerlas en libertad se las compre a un vendedor de aves… Ahora te pregunto: ¿Tú por qué no haces lo mismo, si por allí pasan tantos que venden pájaros?" El hombre guardó silencio (nunca vi que él hubiera abogado por esas aves). Era inmensamente rico, y nunca faltaban por allí vendedores de pájaros; era fácil comprar una jaula y poner en libertad las aves, pero él solamente se fijaba en "mi error"… Bueno, al fin un día cualquiera, no importa cuál, ya las avecillas estaban listas, abrí la ventana para que se fueran (partieron ellas naturalmente, jamás volvieron: ya las había entrenado en el vuelo y pudieron irse dichosas). Bueno, mi amigo se sintió muy aliviado por haber puesto esas aves en libertad, pero jamás vi que él hiciera lo mismo; tantos vendedores de pájaros que hay por las calles del Distrito Federal, tantos que pasaban por aquella casa, y nunca le vi comprar unos pájaros de esos, pero el "aspiraba llegar al Padre", trabajaba en muchos ejercicios esotéricos, etc., etc., etc. Bueno, cualquier día de esos tantos murió el padre de su esposa, es decir su suegro, y le dejó a su esposa una herencia grandiosa. De inmediato exigió a su mujer que le entregara todo lo que ella había recibido como herencia, que se lo entregara a él; le dijo que él era su marido, y era él quien debía tener ese capital en su poder, las hermosas tierras, el rancho muy bello, etc., etc., etc. Naturalmente, la pobre mujer reaccionó un poco, pensó para sí: "Si éste hombre es un ogro, ¿qué esperanza puedo tener con él? Si me quita lo que me ha dejado mi padre, ¿qué haré el día que él me arroje de la casa a puntapiés?" Y definitivamente resolvió ofrecerle una cierta suma, por ahí unos cincuenta mil o cien mil pesos, nada más, como para tenerlo contento (claro que por aquella época, cincuenta mil o cien mil pesos era algo terrible)… ¿Recuerdan ustedes que hace unos cuantos años había un dicho que decía: "No hay general que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos?" Era verdad, ¿no? Bueno, el hombre se enfureció contra la infeliz mujer, y claro, le pidió que le firmara el divorcio. Como ella no quiso divorciarse, le dijo: "Bueno, si usted no acepta el divorcio, pues vamos a tener que ir al Tribunal". Se divorció; sus hijos incuestionablemente tuvieron que pasar muchos sufrimientos, y al fin la infeliz mujer se fue para su tierra. ¿Qué creen ustedes? Pero él era de una actitud muy mística, inefable, solamente me hablaba de las cosas divinas, del amor que sentía por su Padre que está en secreto. Desafortunadamente, su hijita por un lado, sus hijitos por otro, la pobre mujer "corrida", porque no le entregó la fortuna… Pero él era un "santo", quería seguir por esa senda purísima que lleva a la autorrealización íntima; practicaba la meditación tres o cuatro horas diarias, Magia Sexual (eso sí, con quien se le presentara, pero seguía siendo un "santo")… Bueno, he citado esto y no he citado nombres ni apellidos, por eso no estoy murmurando; si citara nombres y apellidos, estaría "metiendo la pata", pero no estoy citando nombres ni apellidos. Repito: estoy haciendo un relato, mostrando "las señas", pero no "el santo"… La cruda realidad de los hechos, es que ese hombre no era un buen dueño de casa; cuando no se es buen dueño de casa, es claro que no está uno preparado para meterse por la senda del filo de la navaja. Por ahí me lo encontré un día de esos tantos; me preguntó sobre el esoterismo, sobre el ocultismo, sobre la Gnosis, y todas esas cosas… Le dije: "Hombre, eso ya se me olvidó; las conferencias, que dictaba, eso era por allí, en otros tiempos; ya ni me acuerdo de eso, ahora estoy dedicado a la política"… En fin de cuentas, pues, lo corté; me di cuenta de que no era un buen dueño de casa, y que por lo tanto no serviría jamás para estos estudios esotéricos.

            He hecho este relato para que ustedes comprendan que el basamento de estos estudios, empieza por haber alcanzado el nivel del buen dueño de casa: buen esposo, buen padre, buen hermano, buen amigo; el hombre que vela por su hogar, la mujer que vela por sus hijos; en fin, y si no es casada, la mujer que es la buena hija, la buena hermana, la mujer de hogar… Y si es hombre, y no es casado, será por lo menos el buen hombre que vela por los suyos, por sus familiares, y si no los tiene, pues entonces cumplirá con sus deberes, los que existen para con toda la humanidad en general. Si uno no ha alcanzado el nivel del buen dueño de casa, no sirve para estos estudios; tiene que ser una persona decente, que no sea lunática, una persona equilibrada, etc.

            Ahora bien, hay algo también muy interesante: es eso que se llama "Centro Magnético" (algunas personas poseen ese centro magnético, otras personas no lo poseen). Por lo común, cuando uno siente atracción por estos estudios, es porque tiene el centro magnético establecido en su psiquis, si no, no sentiría atracción alguna.

            Recuerdo como nació en mí la atracción por estos estudios. Claro, yo cambié de cuerpo a voluntad; sinceramente, yo me metí entre este cuerpo a voluntad, dejé el pasado cuerpo a voluntad, y tomé este a voluntad; pero sentí, en mi presente existencia, esa punzada (como se dice) por los estudios esotéricos gnósticos. Cuando todavía era un niño, por ahí de unos ocho años, fui al campo, y en contacto con la gran naturaleza, contemplando el amanecer, sentí una corazonada terrible (y me llegó a doler el corazón), sentí el anhelo por las cosas divinas, me vi a mí mismo, completo; en esos instantes, por un instante, parece que uno se viera a sí mismo, tiene uno ese Centro de Conciencia… Si ustedes alguna vez han sentido esa punzada, sabrán lo que yo les estoy diciendo. De manera que es muy importante eso de tener un centro magnético formado, porque debido a eso, viene uno a esta clase de estudios.

            Sí mis queridos hermanos, lo que nosotros queremos es ante todo llegar a la unidad de la vida, libre en su movimiento. Desgraciadamente, dentro de cada persona hay muchas personas, no gozamos de una verdadera individualidad sagrada; pero en ciertos momentos de supremo dolor, sentimos que en el fondo tenemos una individualidad sagrada. Lo que queremos es alcanzar la unidad de la vida, integrarnos, convertirnos en individuos sagrados, y eso es posible trabajando sobre nosotros mismos, eliminando nuestros propios errores psicológicos; si lo logramos, nos convertiremos en individuos sagrados.

            La diferencia entre persona y persona está en los distintos Niveles del Ser. Cuanto más cerca se esté de la individualidad sagrada, pues se está, naturalmente, más exaltado; cuanto más lejos esté uno de su propia individualidad sagrada, pues posee un Nivel de Ser más bajo. El conocimiento que aquí en este templo estamos impartiendo a los hermanos, estoy seguro que no será asimilado por todos en forma absolutamente igual; cada cual lo asimilará de acuerdo con el Nivel de Ser en que se encuentra. Unos lo comprenderán más, otros lo comprenderán menos; es imposible que todos lo asimilen o lo comprendan en forma igual.

            Así pues, como quiera que el tiempo nos apremia, ya que es el peor verdugo que tenemos, concluiremos diciendo que solamente uniendo el Ser y el Saber, se llega a la comprensión verdadera, y que sólo con comprensión verdadera podemos trabajar sobre nosotros mismos para pasar a otro Nivel de Ser, o a otros Niveles de Ser más elevados. Necesitamos hacernos íntegros, unitotales, y esto solamente es posible subiendo por los distintos escalones que forman los Niveles del Ser.

            Al escuchar, pues, ésta plática, no olviden ante todo la necesidad de ser personas equilibradas, no malos dueños de casa. El sendero comienza en la casa, y si las condiciones que tenemos en la casa son nefastas, pues tanto mejor para nosotros (quiero decir que el "gimnasio" es superior) cuando se vive en función del trabajo esotérico y para el trabajo esotérico, obviamente cuanto más duro sea el "gimnasio", tanto mejor.


El verdadero origen del Hombre

 

             Esta noche, amigos, vamos a comenzar nuestra plá­tica, en relación precisamente con el enigma del hombre, que es necesario conocer con el propósito de formarnos una idea clara sobre sí mismos.

            Ante todo conviene que tratemos de conocer el origen del hombre: de dónde vino y cuál fue, pues, el motivo fundamental de su existencia. Mucho es lo que se ha dicho sobre el hombre, y es necesario entrar en un terreno más profundo.

            Actualmente vive, sobre la faz de la Tierra, una población de cerca de unos cuatro mil quinientos millones de personas; lo que puebla la faz de la Tierra, obviamente es la Raza Aria. Los continentes actuales están densamente poblados: Europa, América, Asia, Africa, Oceanía, son cinco continentes donde se desenvuelve una humanidad.

            Si preguntamos nosotros de donde ha salido esta humanidad, cuál es su origen, ¿piensan acaso, ustedes, que esta humanidad, que puebla los cinco continentes, tuvo su origen en los mismos? Se encontraron restos humanos en las grutas de Grimaldi, y se ha tratado de reconstruir la historia o la prehistoria, sobre las razas de Grimaldi y de Cro-magnon.

            Se han encontrado osamentas de gigantes (en el Brasil se encontró una figura, o un esqueleto humano, pues, de seis a siete me­tros de estatura); en distintas partes se han en­contrado esqueletos de gigantes. También se han encontrado esqueletos, sobre todo en las cavernas de Cro-magnon, de seres humanos que parecen simplemente gorilas, orangutanes, o algo por el estilo. De todo esto se ha deduci­do, equivocadamente, que la raza humana posiblemente venga de los simios, o de los changos.

            La teoría de Darwin tuvo mucha resonancia en su época y se pensó que el hombre venía del mono. Este asunto inquieta mucho a la humanidad; de tiempo en tiempo, se trata de saber si el hombre vino del mono, o si el mono vino del hombre. ¿Quién vino de quién? Por épocas, se apaga esta inquietud, por épocas resurge nuevamente la misma inquietud.

            Por ahí un pseudocientífico, una especie de "nene consentido de mamá", tuvo la idea de que la raza humana venía de los salvajes (decía él); y claro, esto le gustó mucho a mamá, pero al fin y al cabo no resolvió nada.

            ¿Quién vino de quién? No pienso que toda esta población, de los cuatro mil quinientos millo­nes que puebla el mundo actualmente, haya venido de estos cinco continentes. No lo pien­so, porque resulta que el mundo ha cambiado de fisonomía varias veces. Antes de tener esta fisonomía que ustedes ven en el mapa, o en cualquier otro hemisferio, tuvo una fisonomía dis­tinta. Hay mapas más antiguos; existen ma­pas diferentes que se han encontrado en otros rincones del mundo, donde la fisonomía de la Tierra aparece distinta. Así que, no ha tenido siempre los mismos continentes, no ha tenido siempre la misma fisonomía. En otro tiempo, tuvo una fisonomía distinta: lo que hoy son Polos, era Ecuador, y lo que hoy es Ecuador, fue Polos. Entonces los actuales continentes no exis­tían, o existía parte de ellos (que surgía del fondo de los mares), y había un continente den­samente poblado, que estaba ubicado en el Océano Atlántico.

            Así que, la fisonomía del mundo era distinta. Entonces no creo, en modo alguno, que el origen de la raza humana esté en los actuales continentes.

            Cuando la raza humana se desenvolvió en la antigua Atlántida, fue muy diferente. Los simios o especies de hombres simios encontra­dos en las grutas de Cro-magnon y de Grimaldi (y otras cavernas), pertenecen más bien a los descendientes involucionados, a degeneraciones de la raza de los atlantes.

            Yo digo que así como existe evo­lución en las plantas (y la involución también), que así como existe evolución en los animales (e involución también), o en los humanos, etc., también tiene que existir la evolución y la in­volución en las civilizaciones. Por ejemplo, cuando uno platica con ciertas tribus del mundo, situadas ya en el Occidente o en el Oriente, se da cuenta de que tienen tras de sí enormes civilizaciones, que tienen o que conservan, en su memoria, leyendas que co­rresponden a sus antepasados (antepasados ya desapareci­dos, de antiquísimas civilizaciones), y hablan de tales antepasados con mucho éxtasis. Los mis­mos caníbales, que parecen tan primitivos, tras de sí tienen tradiciones enormes: conservan tradiciones de épocas inmemoriales, de enor­mes ciudades, etc., etc., etc. Entonces, no son primitivos, son sencilla­mente degenerados, involutivos (ciertas tribus muy crueles y sanguinarias, salvajes, son involuciones, o descendientes de antiguas civiliza­ciones). Es difícil encontrar, hoy en día, gen­tes verdaderamente primitivas, y es que las razas humanas evolucionan e involucionan.

            Antes de que existieran estos cinco conti­nentes, repito, existía la Atlántida. Hoy por hoy, estamos muy enamorados de la civilización moderna: nos maravillan sus cohetes ató­micos que viajan rumbo a la Luna, o a la esfera de Júpiter, o al mundo Venus; nos sor­prenden los experimentos atómicos, las investigaciones fisiológicas, el estudio sobre las cé­lulas vivas, etc. Estamos tan fascinados nosotros con esos experimentos, que firmemente hemos llegado a la conclusión de que es la ci­vilización más poderosa que ha existido en el mundo. Hemos caído en una especie de sistema geocéntrico (digo así porque en otros tiempos, us­tedes saben muy bien que se creía que todos los as­tros giraban alrededor de la Tierra, en la Edad Media, pues nosotros hemos caído en una especie así como de geocentrismo, cuando pen­samos que toda la historia del mundo tiene que girar alrededor de nuestra tan cacareada civilización). Pienso que se necesita una espe­cie de geocentrismo moderno, un nuevo Isaac Newton que sea capaz de demostrarnos que nuestra tan cacareada civilización no es más que una de las tantas y tantas civilizacio­nes que han existido en el planeta Tierra. Un día llegará, en que se podrá demostrar esto concretamente.

            Hay sistemas, hay métodos, por medio de los cuales uno puede evidenciar el hecho de que tras la civilización nuestra, que parece tan relumbrona, existió otra civilización más poderosa que la nuestra.

            Bueno, quiero refe­rirme ahora, en forma enfática, a los Anales Akáshicos de la Naturaleza, a la Memoria de la Naturaleza (y es que la naturaleza tiene memoria).

            Los experi­mentos con el Carbono 14, por ejemplo, nos han demostrado que la Luna es más antigua que la Tierra, y también nosotros podemos demostrar que hay sistemas mediante los cuales es posi­ble leer las memorias de la naturaleza. Los Registros Akáshicos son una realidad (un día caerán en manos de los científicos; no lo niego).

            Nosotros, los gnósticos, tenemos procedimien­tos mediante los cuales podemos estudiar los Registros Akáshicos de la Naturaleza; quien quiera estudiar esos Registros Akáshicos, tendrá que desarrollar en forma extraordinaria el loto de los mil pétalos, que está relaciona­do con la glándula pineal (el Chacra Sa­hasrara) y los poderes latentes que se ha­llan en la glándula pituitaria (el loto de los doce pétalos y de las noventa y seis radiaciones). Este par de glandulitas son extraor­dinarias. Desarrolladas, nos dan acceso al ul­tra, a las extrapercepciones, y también a los Registros Akáshicos de la Na­turaleza.

            Cuando uno estudia los Registros Akáshicos de la Naturaleza, ve en ellos una especie de películas vivientes, o a modo de películas vivientes, toda la historia de la Tierra y de sus razas. Los sabios que han podido estudiar los Registros Akáshicos, saben que la Atlántida fue una realidad, que fue un enorme continente que se extendía del Sur hacia el Norte. Este gigantesco continente sirvió de escena­rio para la raza que nos precedió en el curso de la Historia. Me refiero a la gran raza de los atlantes, una raza de gigantes (por eso es que la leyenda de los siglos nos habla de Briareo, "el de los cien brazos"). Una raza de verdaderos cíclopes. Tal raza llegó a te­ner una civilización poderosa, millones de veces más poderosa que la nuestra.

            En materia de trasplantes, trasplantaban vísceras de toda especie: hígados, riño­nes, corazón, y lograban hasta el trasplante de cerebros (eso fue formidable). En el campo de la Física Nuclear, consiguieron el alumbrado atómico en forma masiva: todas las ciudades usaban el alumbrado atómico, los campos es­taban iluminados por energía nuclear, sus ca­sas por energía atómica. Dentro del terreno de la mecánica, puedo asegurarles que sus automóviles no sólo eran anfibios, sino que también podían volar por los aires, y eran propulsados por energía nuclear (extraían la energía no solamente del Uranio y del Ra­dio, sino de muchos otros metales, y de muchos gra­nos vegetales también, y les salía muy barata). En materia de navegación aérea, tuvieron naves más poderosas que las actuales, verda­deros barcos voladores, o buques volantes, propulsados por energía nuclear. Viajes a la Luna, los hicieron mejores que los que están haciendo ahora tirios y troyanos. Tuvieron cohetes atómicos sorprendentes, con los que viajaban a la Luna, y no solamente descendían en la Luna aquellos astronautas: descendían también en cualquier planeta del sistema solar. De manera que no­sotros no les damos ni a los talones; con nuestra tan cacareada civilización y esta pseudosapiencia moderna, no les damos ni a los talones, no ser­vimos ni para limpiarle el polvo de los zapa­tos a los atlantes. En cuestiones de Anatomía y de Biología, hicieron progresos que ni remotamente sospe­chamos. Katie King (Ketabel), "la de los tristes destinos", una reina atlante, logró conservarse viva (y con toda su juventud, durante miles de años). Desgraciadamente (y he ahí cómo se inició la decadencia de la civilización atlante); ella estableció una antropofagía, digna de lamentarse. Así comenzó la degeneración o involución de los atlantes. Se sacrificaban entonces, doncellas, jóvenes, etc., a los Dioses, con tales o cuales propósitos. Luego los cadáveres, cualquier cadáver sacri­ficado (joven), era llevado al laboratorio y allí se le extraían determinadas glándulas que necesitaba la famosa Ketabel "la de los tristes destinos", y esas glándulas servían para reemplazar glándulas gastadas de Ketabel. Pero no solamen­te se extraían, de los cadáveres, simplemente las glándulas físicas; no. Hoy los famosos científicos modernos están tan degenerados, que ya no saben manejar los principios de la vida. Los sabios atlantes sí sabían ma­nejar los principios vitales, contenidos en tales glándulas endocrinas (no ignoraban los sabios atlantes que las vibraciones del éter, o mejor dijéra­mos los Tattvas, entran en las glándulas endocrinas, o pequeños micro laboratorios que producen hormonas, y jamás salen de allí); sabían manejar esos Tattvas, o vibraciones del éter universal: cuando hacían un trasplante de glándulas a Ketabel, lo hacían conjuntamente con el manejo de los Tattvas, pues manipulaban las vibraciones del éter o principios de la vida. De manera que los científicos eran inmensamente superiores a los endocrinólogos modernos, que nada saben de estas cosas, que ignoran hasta la existencia de los Tattvas, pues nunca se han tomado la mo­lestia de estudiar a Ramá Fasá, o al Dr. Krumm Heller.

            Fueron enormemente aventajados los atlan­tes. Existía una Universidad Atlante maravi­llosa. Quiero referirme, en forma enfática, a la Sociedad Akaldana, una verdadera Universidad de sabios. Estos estudiaron la Ley del Eterno Heptaparaparshinok (la Ley del Siete) a la maravi­lla; aprendieron a concentrar los rayos solares para hacerlos penetrar en determinadas cáma­ras; sabían transformar los siete colores del prisma solar, es decir, sacar "la positiva" o "diapositiva" de los rayos del prisma solar.

            Una cosa es ver los siete colores prismáticos, y otra cosa es transformarlos, en forma positiva, sacarles "la positiva". Los científicos modernos han estudiado los siete colores fundamentales del espectro solar, pe­ro no le han sacado la diapositiva a esos siete colores. Los sabios atlantes sabían sacarle la positiva real a los siete colores del prisma solar, y con esa "positiva" de los siete colores, realizaban verdaderos pro­digios.

            Recuerdo, al efecto, el caso de dos sabios chinos que hicieron experimentos (también al estilo atlante), con los siete colores del espectro solar. Sacando "la positiva", por ejemplo, de los siete colores, pusieron un opio ante un rayo co­loreado, y entonces vieron como el opio se trans­formaba en otras sustancias. Pusieron un pedazo de bambú, humedecido en determinada sustancia de un color azul, por ejemplo (positivo y negativo del espectro solar), y se vio cómo el bambú se teñía firme­mente con el color azul… Se hizo pasar, por ejemplo, el sonido (tales notas: la nota Do, o Re, o Mi), en combinación con determinado color, y se vio cómo la nota alteraba el color, le daba otro color completamente diferente. Se usaron los siete rayos, en su forma positiva, para realizar prodigios en el Continente Atlan­te; se estudió a fondo la Ley del Eterno Heptaparaparshinok.

            Un sabio, que usaba leche de cabra, al mezclada con resina de pino sobre una placa de mármol, vio como al descomponerse aquella leche con la resina, formaba siete capas distintas, e indujo (en la Atlántida), a estudiar la Ley del Eterno Heptaparaparshinok, la Ley del Siete.

            Los atlantes, pues, consi­guieron hacer verdaderas maravillas en el te­rreno de la ciencia; eran científicos y eran magos a la vez: creaban un robot y a ese robot lo dotaban de un prin­cipio inteligente, de un Elemental vegetal o animal que hacía las veces de Alma o Espí­ritu del robot. De manera que aquellos robots se convirtieron en verdaderas criaturas vivientes que servían a sus amos, a sus señores.

            Esa Raza Atlante existió antes de que exis­tiera la actual raza humana. Tuvieron enor­mes ciudades, pero desgraciadamente, degeneraron como ya dije: crearon la bomba atómica y aún ar­mas más mortíferas, y en la guerra se devastaron ciu­dades enteras, múltiples ciudades se convirtieron en un holocaustos, pero en holocaustos atómicos.

            Si creemos ser nosotros los sabios más grandes del universo, pues estamos equivocados, porque tras de nosotros existió una raza más poderosa, más civilizada, más culta. En verdad que nosotros, junto a ellos, no somos sino bárbaros, incivili­zados e incultos. ¡Lástima que la Atlántida se haya degenerado, y es que toda raza nace, crece, se desarrolla y muere!

            En la decadencia de la Raza Atlante, suce­dieron cosas horribles: la humanidad degeneró (en los vicios, por cierto), en el homosexualismo, en el les­bianismo, en las drogas, etc., etc., etc. Se abu­só de todo, ya en el tiempo de la degeneración, y obviamente tenía que ser destruida esa raza. ¿Que tuvo siete subrazas? Nadie lo puede negar, pero al fin degeneró.

            Los sabios de la Sociedad Akaldana hicieron experimentos notables; fueron los pri­meros que usaron La Esfinge, que colocaron frente a la universidad. Mucho más tarde, en el tiempo, cuando los sabios de la Sociedad Akaldana comprendieron que una gran catástrofe se acercaba, emigraron a un peque­ño continente que se llamaba "Graboncsi" (me refiero al Continente Africano, que en prin­cipio era pequeño. Más tarde nuevas tierras, que emergieron del fondo de los mares, hicie­ron grande al Continente Graboncsi, hoy Africa). Los miembros de la Sociedad Akaldana se situaron, al principio, hacia el sur del Continente Africano; después emigraron hacia "Cairona" (hoy El Cairo). En las tierras de Nívea, del Nilo, o de Egipto, allí establecieron su famosa Universidad y La Esfinge (frente a la misma).

            Las garras del león de La Esfinge representan el fuego; la cabeza de La Esfinge representa el agua; las patas de toro de La Esfinge representan al elemento tierra; las alas de La Esfinge, representan al elemento aire. Cuatro son las virtudes que se necesitan para poder llegar, uno, llegar a la autorrealización íntima del Ser: Hay que tener el Valor del León, la Inteligencia del Hombre, las Alas del Espíritu y la Tenacidad del Toro. Sólo así es posible llegar a la autorrealización íntima del Ser.

            La Sociedad Akaldana en Cairona, hoy El Cairo, estableció un Templo de Astrología. Entonces se estudiaban los astros, no con telescopios, como se hace hoy en día, sino con el sexto sentido. Cuando se examinan las pirámides (sobre todo la Gran Pirámide), se ven, a modo de tubos, ciertos canales que van desde el fondo, desde la pro­fundidad de una cripta subterránea hacia arriba, hacia la parte superior de la pirámide. Mucho se ha pensado o conjeturado sobre esos canales, pero esos eran telescopios, y el Observatorio no estaba arriba, sino abajo, en el fondo mismo de la cripta. Allí se ponía un recipiente con agua; en determinada fecha se sabía que tal astro sería visible, y ciertamente se reflejaba en el agua. Los adeptos de la Astrología observaban (en el agua) el astro en cuestión, no solamente con las facultades físicas, sino también con las psíquicas. En vez de mirar hacia arriba, miraban hacia abajo, hacia el agua, y allí en el agua, con el sexto sentido, estudiaban los astros.

            Los hermanos de la Sociedad Akalda­na, los grandes sabios, eran Astrólogos muy idóneos: nacía un niño, y de inmediato le levantaban su horós­copo. No horóscopos al estilo moderno, no horóscopos meramente convencionales y muy co­tizados; no, aquello era distinto: los sabios Astrólogos miraban los astros directamente. Con procedimientos que hoy se ignoran, podían leer el horóscopo de los niños y en éste, por cierto, jamás fallaban en sus profecías y en sus cálculos. A los niños se les casaba desde recién nacidos; ya se sabía cuál iba a ser su esposa y se les desposaba. No quiero decir que por tal motivo fueran a vivir juntos desde un principio, pues eso sería absurdo, pero ya se sabía, para la niña recién nacida, cuál iba a ser su marido, y el varón, a su tiempo y a su hora, era informado de quién iba a ser su mujer. Cumplida la mayoría de edad, se les unía en matrimonio.

            Los ciudadanos se orientaban con precisión matemática, y bajo la dirección de aquellos As­trólogos, en su oficio, o en su profesión. Sabían ellos para qué había nacido cada ciudadano, para qué sirve cada hombre, pues todo hombre sirve para algo. Lo importante es saber para qué sirve, y esos sabios Astrólogos sabían para qué servía cada criatura que nacía. ¡Nunca fa­llaban esos sabios de la Sociedad Akal­dana!

            Ellos salieron de la Atlántida, antes de que los terremotos y maremotos hicieran estreme­cer aquel continente (salieron a tiempo, pues sabían demasiado que el fin se acercaba). Claro, cuando vino la revolución de los ejes de la Tierra, cuando los Polos se convirtieron en Ecuador y el Ecuador en Polos, cuando faltaba poco para que aquél continente se estremeciera para hundirse en el fondo del tenebroso océano, los atlantes, incuestiona­blemente, ya habían sido advertidos. Fue en­tonces cuando las multitudes, espléndidamente vestidas, se reunieron en los templos (uno de ellos fue el Templo de Ra Mú). Enjoyadas las mujeres, y los hombres espléndidamente vestidos, clamaban diciendo: "¡Ra Mú, sálvanos!". Al fin apareció Ra Mú en el altar. Esas multitudes lloraban, pidiéndole: "¡Sálvanos!" Ra Mú les contes­tó: "¡Vosotros pereceréis, con vuestras mujeres y vuestros hijos, con vuestros bienes y con vuestros esclavos; ya os lo había advertido, Y así cómo ustedes morirán, así también vendrá una nueva civilización que se levantará en tierras nuevas (refiriéndose a nuestra Raza Aria), y si ellos proceden como ustedes han procedido, perecerán también. Es necesario saber que es más indispensable dar que recibir, saber dar que recibir".

            Total, de nada sirvieron las palabras de Ra Mú. Cuentan que el humo y las llamas ahogaron sus últimas palabras: se hundió la Atlántida con todos sus millones de habitantes. Hoy yacen palacios enteros, allá en el fondo del océano, y sirven de habi­táculo a las focas y a los peces; ciudades ente­ras se hallan sumergidas en el fondo del Océa­no Atlántico. Pereció ese gigantesco continente, más grande que toda América junta, desde el Canadá hasta Argentina y Chile. ¡Enorme continente, con una poderosa civilización!

            Así que nosotros, señores, no tenemos na­da muy especial. La civilización actual no es la primera, tampoco será la última; no es la más elevada, ni será la más grandiosa; hasta ahora ha sido la más pobre, la más degenerada. ¿Podemos nosotros, actualmente, conquistar el espacio? ¿Ya somos capaces de viajar en cohetes atómicos a Marte, a Mercurio, o a Venus? ¿Qué está en proyecto? Sí, pueden ha­ber lindos proyectos, pero actualmente, ¿ya lo hacemos? En materia de trasplantes, ¿ya se trasplantan cerebros? ¿Ya somos capaces de crear robots dotados de principios inte­ligentes? ¡Nada de eso; nosotros no tenemos por qué tener la presunción de ser los más poderosos, y ésta, nuestra tan cacareada civi­lización moderna, perecerá; de esta perversa civilización de víboras, no quedará piedra sobre piedra! Babilonia la grande, la madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la Tierra, será destruida antes de muy poco tiempo. ¡Nos sentimos muy grandes con nuestros aviones supersónicos, creemos que somos los amos de la creación, pero antes de poco no quedará nada, absolutamente nada, de esta perversa ci­vilización de víboras!

            Así que, antes de que existiera esta raza que puebla los cinco continentes, existió la Raza Atlante. Descendientes de Atlántida, están los mayas, por ejemplo. Los mayas emigra­ron, ya hacia el Tíbet, ya hacia Egipto, ya hacia Centro América. ¡Parece increíble, pero en el Tíbet todavía se habla Maya, y el lenguaje Maya es un lengua­je sagrado-ritual del Tíbet. Recordemos que el Naga y el Maya son muy similares.

            Jesús de Nazaret aprendió Maya en el Tíbet. Aquella frase de Jesús: "Heli, heli, lamah zabactani" ("Señor, Se­ñor -dicen algunos- como me habéis glorificado"; otros dicen: "Señor, Señor, ¿por qué me habéis abandonado?"), bueno, tal frase no es hebrea. Por eso, cuan­do los judíos escucharon que El Cristo decía "Heli, heli, lamah zabactani", se dijeron a sí mismos: "Este llama a Elías, para que venga a salvarle". Sin embargo, cualquier indiecito de Yucatán o de Guatemala, le traduce a usted la frase "Heli, heli, lamah zabactani", porque resulta que es maya, no es hebrea. Por eso no la entendieron los judíos, y significa (de acuerdo con los mayas y la traducción que ellos le dan), "Me oculto en la prealba de tu presencia" (es una frase ritual Maya).

            Los turanios también fueron sobrevivien­tes de Atlántida, desdichadamente dedica­dos a la magia negra. Ellos lograron, también, llegar hasta el Tíbet (para colmo de los colmos), como llegaron otros descendientes, como los escogidos arios, y emigraron hacia la Persia antigua. La Gran Ley al fin pudo vencerlos y fueron des­truidos.

            Los Piel Roja son descendien­tes de la Atlántida; nuestros antepasados, los anti­guos Náhuatl: Zapotecas, Toltecas, etc., vinieron originalmente de la Atlántida; casi to­das las tribus de América, descienden de Atlántida.

            Así que, a medida que uno avanza en estos estudios, se da cuenta de que la raza actual no tuvo su origen (como muchos suponen), en los mismos continentes que habitamos, se da cuenta que viene de otra raza, que viene de la Atlán­tida. No viene de los simios (de los oranguta­nes, de los changos), como supone, neciamente, Mr. Darwin y sus secuaces; desciende, repito, del tronco atlante, y eso está demostrado.

            Pero los atlantes, con toda su poderosa ci­vilización, a su vez no descienden del Conti­nente Atlante. La Atlántida, con toda su poderosa civilización, fue grandiosa, pero los atlantes no descienden de Atlántida: descienden de Lemuria.

            La Lemu­ria fue un continente aún más antiguo que el Continente Atlante. Los lemures habitaron en un continente que existió en el Océano Pací­fico. Tratase de un gigantesco continente que se extendía en aquel mar enfurecido: un enor­me continente que cubría casi toda el área del Pacífico, más grande que la Atlántida, más grande que la Europa, más grande que el Asia. La civilización lemur, obviamente, fue poderosa; los lemures eran una raza de gigantes, de cíclopes (normalmente podían tener estatu­ras de cuatro y seis metros). Eran gigantes, era la raza de los gigantes. La Lemuria tuvo también una poderosa civilización, enormemente for­midable. En la Lemuria se levantaron enormes ciudades, ciclópeas, rodeadas de murallas de piedra y lava de volcanes. Muchas gentes ha­bitaron también en los campos, como ahora. Al principio, en la época prelemúrica, po­demos decirles a ustedes que existió una raza de hermafroditas, de hermafroditas lemures. La división en sexos opuestos, fue en la época postlemúrica. Así, podemos dividir la Lemuria, o a la raza lemúrica en dos tiempos: primer tiempo, existencia de los hermafroditas; segundo tiempo, división de la raza en dos sexos.

           

Para seguir leyendo hacer clic acá


El verdadero origen del Hombre (parte 2)

 
 Miremos la raza humana: en principio, no existían los sexos separados, la raza era hermafrodita. Entonces cada individuo sagrado, le­mur, tenía los órganos sexuales (masculino y femenino), totalmente desarrollados y se repro­ducían mediante el sistema de gemación: aquel hermafrodita eliminaba (de sus ovarios, naturalmente) mediante el menstruo, en determi­nado tiempo, un óvulo o huevo perfectamente desarrollado, del tamaño que puede ser como el de un ave, con una envoltura calcárea completa. Ese huevo, colocado en un ambiente especial, dentro de su interior, gestaba una nueva criatura. Y al fin, cuando esa criatura salía de su cascarón, se alimentaba de los pechos del Padre Madre (normalmente). Así se re­producían los lemures. El acto sexual no exis­tía, porque cada individuo era completo, por sí mismo. Su reproducción era mediante el sistema de gemación.

            Más sucedió que, cuando llegó la época postle­múrica, se vio claramente que algunos niños nacían con un órgano sexual más acentuado que otro (algunos nacían con el órgano masculino más desarrollado que el femenino, o viceversa), y tal proceso se fue haciendo cada vez más notorio, hasta que al fin sucedió que nacieron niños unisexuados (varones o hembras). Pero éste proceso, de división en sexos opues­tos, se realizó a través de varios millones de años, no fue de la noche a la mañana. Por eso se dice que "Eva fue sacada de la costilla de Adán" (es un símbolo para alegorizar la división en sexos opuestos). Cuando ya vino la división total en sexos opuestos, entonces se necesitó la cooperación para crear. El menstruo siguió existiendo en el elemento femenino, pero ya ese óvulo nacía infecundo, o venía infecundo. Se necesita­ba la cooperación con el sexo masculino, para que el óvulo fuera fecundado y así poder reproducir la especie.

            Los Elohim creadores, los Kuma­rats, reunían a las gentes para la reproduc­ción, en determinadas épocas del año. Era de admirar cómo esas razas, esas tribus, viajaban de uno a otro lugar para ir, o asistir, en determi­nadas fechas, a los templos donde habían de reproducirse. El acto sexual jamás se realizaba fuera del templo; ese sacramento sólo se realizaba en el templo, era un sacra­mento del templo, y las parejas, hombre y mujer, en los patios empedrados de los tem­plos, se unían sexualmente para crear, bajo la dirección de los Kumarats.

            La humanidad gozaba de las facultades es­pirituales: podía percibir, perfectamente, todas las maravillas de la naturaleza y del cosmos. Su capacidad de visión le permitía ver la mi­tad de un Holtapannas, es decir, la mi­tad de la totalidad de las tonalidades del color universal (bien sabemos nosotros que un Hol­tapannas consta de cinco millones y me­dio de tonalidades del color). El oído era penetrante, cómo para poder cap­tar las sinfonías del universo; el olfato era tan agudo, que podía perfectamente sobrepasar al de los perros hoy en día. Era una humani­dad que podía usar, en su alfabeto, cincuenta y un vocales y trescientas consonantes articulables. No había degenerado, pues, el po­der del verbo, de la palabra; se hablaba en el lenguaje universal, que tenía poderes sobre el fuego, sobre el aire, sobre las aguas y sobre la tierra. Era una humanidad superior, millones de veces superior a la nuestra: construyó poderosas civilizaciones y también supo utilizar la energía del átomo y de los rayos cósmicos; tuvo naves, con las que viajó a través del espacio infini­to, naves maravillosas.

            Cualquier ser humano, en la Lemuria, po­día vivir de doce a quince siglos, es decir, algo más de mil años. Era una raza fuerte, vi­gorosa; podía perfectamente, agarrar una piedra y lanzarla con gran fuerza, allá lejos; una piedra que hoy necesitaríamos nosotros, para moverla, una poderosa grúa, y quizás ni con grúa lo haríamos.

            Así que, los lemures fueron una raza vigo­rosa, muy fuerte. Sin embargo, el origen de la raza de los lemures tampoco estuvo en el Pacífico, como se cree. Los antepasados de la Lemuria estuvieron en el Continente Hiperbóreo, que como especie de herradura, cierra alrededor del Polo Norte y del Polo Sur. En el Continente Hiperbóreo existió una raza poderosa de andróginos (no ya de hermafroditas, sino de andró­ginos). No era una raza que, simplemente, pudiera posarse sobre la corteza terrestre, como los lemures; no, los hiperbóreos fueron diferen­tes: flotaban en la atmósfera, en al atmósfera de aquellos días. Sin embargo, crearon su civilización (muchos han pensado que los hiperbóreos jamás conocieron la guerra, pero en realidad de verdad sí hubo una raza de hiperbóreos que supo hacer guerras). Entonces, los reinos mineral, vegetal, animal y humano, se mezcla­ban mucho. Existían minerales-vegetales y vegetales-minerales, animales-vegetaloides y vegetaloides-­animales. En cuanto a los seres humanos, eran completamente andróginos; podían alar­gar sus cuerpos a voluntad, hasta tomar enor­mes estaturas, o disminuirlos hasta el es­tado de punto matemático.

            Los hiperbóreos se reproducían como se reproducen los corales (así se reproducían), es decir, por brotación. Bien sabemos que hay plantas que pueden reproducirse por simple brotación: que siembra como un retoño, y éste crece y se desarrolla. Así también, en aquellos cuerpos podía nacer algún brote que luego se desprendía y daba origen a una nueva criatura que se alimentaba del Padre Madre.

            Fue una raza muy guerrera, de hombres altos y delgados. Protegidos con grandes escudos y esgrimiendo lanzas, usaban armas desconocidas y peleaban con otras tribus.

            Los hiperbóreos vivieron en una época muy distinta de la historia del mundo. Poseían la visión espiritual, totalmente desarrollada, es decir, tenían la glándula pineal so­bresaliente, lo que les permitía ver el ultra de todas las cosas. Si pensamos en que una planta es el cuerpo físico de un Elemen­tal, pues entonces cada planta tiene Alma y el Alma de cada planta es un Elemental ve­getal. Los hiperbóreos, cuando miraban un bos­que, no lo veían como lo vemos nosotros hoy día (co­mo un conjunto de árboles, o algo por el estilo), porque para ellos ese bosque era un bosque de gigantes, con enormes brazos que como los de "Briareo" (el de los cien brazos), se movían a derecha e izquierda. Aquel bosque no era algo silencioso, sino que se escuchaba por aquí, por allá y acullá, las voces de los colosos o gigantes, es decir, de los Elementales de los árboles gigantescos. Era otro modo de ver las cosas, no como ahora las vemos ahora, con esta vista miserable que poseemos, que solamente ve las cosas físicas, sino que era otra vista: era la vis­ta que nos permitía ver las dimensiones su­periores de la naturaleza y del cosmos; era una vista diferente (penetrante, omnis­ciente); veíamos la Tierra como era y no como aparentemente es, no como la estamos viendo ahora.

            Había sabiduría y conocimientos, superiores a los que ahora poseemos. Todo lo que sa­bemos nosotros ahora, no sirve más que para estructurar un poco el intelecto, y eso es todo. Los hiperbóreos eran más sabios, y estaban go­bernados por el Superhombre, por los Superhombres de todos los tiempos y de todas las edades.

            Tuvieron reinos y civili­zaciones, pero tampoco su origen racial estaba en el Continente Hiperbóreo. Ellos sabían que sus antepasados habían quedado atrás, en el tiempo. Los antepasados de los hiperbóreos fue­ron los Hombres Protoplasmáticos, los Hombres Polares, los Hombres Glaciares de la primera raza (ésta vivió en el Casquete Polar del Norte).

            Uno no puede menos que reírse del "proto­plasma" aquel (el de "la pizca de sal") de Haeckel y sus secuaces, que creen que de allí vino la vida, de acuerdo con el dogma inquebrantable de la evolución, aceptado también por Darwin y sus secuaces (no, el protoplasma tiene más antigüedad). Tampoco es el "proto­plasma" aquel de otros autores, "flotando en el océano". No, pensemos en el Hombre Protoplasmático, pensemos en la ra­za protoplasmática, que existió en la "Isla Sagrada", esa isla que fue la primera en existir y que será la última en dejar de existir. Quiero referirme a la Tierra Nórdica, a la "tierra de cristal" (cómo dijeran nuestros antepasados de Anáhuac), a la lejana "Tule", al continente ese que está cubierto ahora por los hielos del Polo Norte. Dicho continente ocupaba, en aquella época, la zona ecuatorial del mundo, puesto que la posi­ción era diferente: el Ecuador actual era Polo y los Polos eran Ecuador.

            Era de enormes y profundos bosques, y se creó una gigantesca civilización polar. La Tie­rra era de un azul magnífico, bellísimo; las montañas eran transparentes como el cris­tal. La raza humana se reproducía por el siste­ma ese que conocemos todavía, en nuestro organismo, en la sangre: el de la división celular. Bien sabemos que la célula germinal se divide en dos y comienza el proceso de gestación de los nueve meses. La célula ger­minal se divide en dos, las dos se dividen en cuatro, las cuatro en ocho, y así comienza el proceso de gestación, mediante la división celular. Todavía existe ese proceso en nuestra san­gre. ¿Por qué existe? Porque existió, y los hombres polares se reproducían con ese proceso: en determinado tiempo, el organismo del Padre Madre se dividía en dos (como se divide la célula viva) y así se reproducían, por el proceso, pues, de división celular. Cuando nacía una criatura, se festejaba aquello como un gran acontecimiento. En los templos, se reunían los hierofantes, para trabajar sobre los elementos de la naturaleza, y los símbolos esotéricos se usaban (en aquella época) en for­ma diferente, para indicarnos que la vida iba hacia la materialización, hacia lo físico.

            Los hombres de la época polar podían alargar sus cuerpos a voluntad o achicarlo, hasta conver­tirlo como en un punto matemático. Eran andróginos, y tan pronto podían poner a flote el aspecto femenino (para entonces aparecer como hermosas damas), o sumergir, en sí mismos, el aspecto femenino, para hacer aflorar, poner a flote el aspecto masculino. Es decir, eran verdaderos andróginos divinos: en su imaginación se reflejaba en el firma­mento estrellado, parlaban el verbo de oro, que como un río corre bajo la selva espesa del Sol. Entonces Uriel, gran Maestro venido de Ve­nus, les enseñó las Artes y la Ciencia. Uriel dejó un libro escrito con runas, libro que estudiaron, entonces, los hombres de la época polar (o de la Epoca Primaria, si se le quiere llamar así), de la Raza Protoplasmática.

            Todo eso está escrito en los Registros Akáshicos de la Naturaleza. Si us­tedes desarrollan la epífisis y la hipófisis, con ese par de glandulitas, debidamente concentrados, podrán revisar todos estos escri­tos, podrán verificar, por sí mismos, lo que actualmente estoy diciendo.

            ¿De dónde salió la Raza Polar, cuál fue su origen? Ellos sabían, muy bien, que se habían desenvuelto en una época anterior, o que habían vivido, pues, en una dimensión superior (en la cuarta coordenada); ellos sabían que allí habían actuado y habían conocido los miste­rios del universo. Y los hombres de la cuarta coordenada no ignoraban que habían venido de la quinta, y los hombres de la quinta coordenada no ignoraban que habían venido de la sexta coordena­da, y los hombres de la sexta dimensión no dudaron jamás que ellos se habían desarrollado desde el germen original primitivo. De manera que el germen elemental (atómico, primitivo) de la raza humana, existía an­tes de que existiera el universo, estaba entre el caos.

            Los gérmenes de la raza humana, de los elementos vegetales y de las especies animales, estaban entre el caos; antes de que existiera el universo, esos gérmenes dormían entre el caos. Cuando el universo se estremeció con el Verbo, cuando el Verbo creador del primer instante puso en movimiento todos los átomos, esos gérmenes surgieron de entre el caos: hi­cieron su primera manifestación en la séptima dimensión, se cristalizaron y desenvolvieron un poco más en la sexta, luego en la quinta, posteriormente en la cuarta, y llegó el día en que aparecieron tales gérme­nes (ya con cierto desarrollo), en nuestro pla­neta Tierra, posados sobre una Tierra protoplasmática, como simple protoplasmas vivientes.

            De manera que la raza humana viene del caos, se desenvolvió en el caos, se desarro­lló en el caos y existe actualmente. Un día, los organismos humanos regresarán al estado germinal primitivo y volverán al caos (del caos salieron y al caos volverán).

            Un día nuestra Tierra fue un protoplasma; más tarde, nuestra Tierra será un cadáver, una nueva Luna (después de la séptima raza). Entonces la vida se desenvolve­rá en las esferas superiores y volverá al caos, porque del caos salió y al caos habrá de volver.

            Hasta aquí mi plática de esta noche. Los que quieran preguntar algo, pueden hacerlo con la más entera libertad.

 

            P.- Maestro: ¿podría hablarnos algo sobre la Ciencia de los Jinas?

            R.- Ya hablamos ampliamente, anoche, sobre la Ciencia Jina. Hoy no me propongo hablar tanto sobre la Ciencia Jina, puesto que hoy estamos hablando, exclusivamente, sobre Antropología Gnóstica. ¿Algún otro tiene algo que preguntar?

 

            P.- En ese "caos" que usted menciona, ¿desde allí se empezaron a gestar los Yoes?

            R.- Los Yoes nada tienen que ver con el caos; son una creación diabólica de nosotros, de nuestros errores, aquí y ahora. El caos es el caos y la razón de ser del caos, es el mismo caos. El caos es sagrado; allí están latentes los gérmenes de la vida, allí se desarrollan y desde allí se desenvuelven y descienden, luego, de dimensión en dimensión, hasta aparecer aquí, en forma concreta. ¡Eso es todo! ¿Alguna otra pregunta?

 

            P.- Maestro: quisiera preguntarle si hay alguna documentación escrita sobre la conferencia que acabamos de escuchar de sus labios.

            R.- Yo escribí, alguna vez, un "Mensaje de Navidad" (1.968-1.969), donde hablo de todo eso. A ver si de pronto, les hago llegar a ustedes ese "Mensaje de Navidad", donde yo escribí sobre todo eso.

            Sin embargo, hay otros autores que han dilucidado mucho sobre cuestiones de Antropogénesis. Muy especialmente, puedo recomendarles el segundo volumen de "La Doctrina Secreta", titulado "Antropogénesis", cuya autora es la Maestra Helena Petronila Blavatsky. También Rudolf Steiner, por ejemplo, en su "Tratado de Ciencia Oculta", da muchas luces sobre el particular. Yo puedo hablarles a ustedes (sobre esto) ampliamente, debido al hecho concreto de que esto que estoy explicando, lo he vivido. De manera que no necesito estudiarlo para decirlo: lo he vivido, y no les he ampliado hoy todo el tema, lo que quisiera, porque nos echaríamos toda la noche; ni en mil noches acabaría yo de explicarles a ustedes todo el desarrollo de este universo, desde que surgió del caos. En todo caso, lo he vivido y lo conozco por experimentación directa.

            ¿Alguno de ustedes tiene algo más que preguntar?

 

            P.- Algunos autores hablan del "caos" y del "cosmos". ¿Hay diferencias, entre uno y otro?

            R.- Del caos sale el cosmos. Indubitablemente, mediante la Ley del Tres, es decir, mediante el Santo Triamanzikanno, es posible realizar creaciones de unidades nuevas. Cuando las tres fuerzas (positiva, negativa y neutra) coinciden todas en un punto dado, se realiza una creación. No sería posible la creación de cualquier unidad cósmica nueva, sin la conjunción de esas tres fuerzas que forman, en sí mismas, el Santo Triamanzikanno. Estas tres fuerzas son: el Santo Afirmar, el Santo Negar, el Santo Conciliar. Pero crear es una cosa y organizar es otra cosa. Se puede crear, pero si no hay organización, ¿de qué serviría la creación? Para que un cosmos (que significa, entre paréntesis, "orden de mundos") surja a la existencia, se necesita de otra ley. Quiero referirme, en forma enfática a la Ley del Eterno Heptaparaparshinok, es decir, la Ley del Siete. Mediante la Ley del Triamanzikanno se hace la creación, pero mediante la Ley del Siete se hace la organización de lo que se ha creado (en la forma de un cosmos).

            Así pues, nuestro sistema solar existe gracias a dos leyes: primera, la del Santo Triamanzikanno; segunda, la del eterno Heptaparaparshinok. Gracias a esas dos leyes, existe actualmente nuestro sistema solar y nuestro planeta Tierra. Del caos surgió, pues, un cosmos y del caos surgen todos los cosmos. Luego, de las tinieblas, sale la luz…

            ¿Alguna otra pregunta? Bueno, como no hay más preguntas, daremos por terminada esta plática.


El conocimiento de sí mismo

 

                                             

            Vamos a platicar un poco sobre las inquietudes del Espíritu; ante todo se necesita comprensión creadora…

            Lo fundamental en la vida es llegar realmente a conocerse a sí mismo: ¿de dónde venimos, hacia dónde vamos, cuál es el objeto de la existencia, para qué vivimos?, etc., etc., etc. Ciertamente, aquella frase que se puso en el frontispicio del Templo de Delfos es axiomática: "Homo, Nosce Te Ipsum" (Hombre, conócete a ti mismo… y conocerás el Univer­so y a los Dioses.).

            Conocerse a sí mismo es lo fundamental; todos creen conocerse a sí mismos, cuando real­mente no se conocen. Así que, es necesario llegar al pleno conocimiento de sí mismos; esto requiere incesante autoobservación, necesita­mos vernos tal cual somos.

            Desafortunadamente, las gentes admiten fácilmente que tienen un cuerpo físico, mas cuesta trabajo que comprendan su propia psicología, que la acepten en forma cruda, real. El cuerpo físico, aceptan que lo tienen porque pueden verlo, palparlo, mas su psicología es un poco distinta, un poco diferente. Ciertamente, como no pueden ver su propia psiquis, como no pueden tocarla, palparla, para ellos es algo vago que no entienden.

            Cuando alguna persona comienza a obser­varse a sí misma, es señal inequívoca de que tiene intenciones de cambiar; cuando alguien se observa a sí mismo, cuando se mira a sí mismo, nos está indicando que se está volviendo diferente a los demás.

            Es de los distintos eventos de la existencia de donde podemos nosotros sacar el material psíquico, necesario para el despertar de la Conciencia. En relación con las personas, ya sea en la casa, ya sea en la calle, en el campo, en la escuela, en la fábrica, etc., los defectos que llevamos escondidos afloran espontáneamente, y si estamos alertas y vigilantes, como el vigía en época de guerra, entonces los vemos; defecto descubierto, debe ser comprendido íntegramente, en todos los niveles de la mente. Si pasamos, por ejemplo, por una escena de ira, tendremos que comprender todo lo que sucedió. Supongamos que tuvimos una pequeña riña; tal vez llegamos a algún almacén, pedimos algo y el empleado nos trajo otra cosa que nosotros no habíamos pedido; entonces nos irritamos ligeramente… "Señor, le decimos, pero si yo he pedido esta cosa y usted me trae tal otra. ¿No se da cuenta usted que estoy de afán, que no puedo perder el tiempo?" He allí una pequeña riña, un pequeño disgusto; es obvio que necesitamos comprender qué fue lo que pasó… Si llegamos a la casa, debemos de inmediato concentrarnos, profundamente, en el hecho sucedido, y si ahondamos en los motivos profundos que nos hicieron actuar de esa manera, y en esa forma de regañar al empleado o al mo­zo, porque no nos trajo lo que habíamos pedido, venimos a descubrir nuestra propia autoimportancia, es decir, nos hemos venido a creer muy importantes. Obviamente ha habido, en nosotros eso, que se llama "engreimiento", "orgullo", "irritabilidad".­ He allí la impaciencia, he allí varios defec­tos: la impaciencia es un defecto, el engreimiento es otro defecto; la autoimportancia, sentirnos muy importantes, es otro defecto; el orgullo, sentirnos muy grandes y ver con des­precio al mozo que nos está sirviendo, he allí otro defecto; todos esos defectos nos hicieron comportar en forma inarmónica. De paso hemos descubierto varios Yoes que deben ser trabajados, comprendidos; habrá que estudiarse a fondo lo que es el Yo del en­greimiento, habrá que comprenderlo totalmen­te, habrá de analizársele; habrá de estudiarse a fondo lo que es el Yo del orgullo; habrá de estudiarse a fondo lo que es el Yo de la autoimportancia; habrá de estudiarse a fondo lo que es el Yo de la falta de paciencia, lo que es el Yo de la ira. En un grupo de Yoes, cada uno debe ser comprendido, analizado, es­tudiado por separado. Tenemos que aceptar que detrás de ese pe­queño e insignificante suceso, se esconde un grupo de Yoes, y que éstos, naturalmente, están activos. Hay que estudiarlos por separado; dentro de cada uno de ellos está embotellada la Esencia, es decir, la Conciencia; entonces hay que desintegrarlos, aniquilarlos, reducirlos a polvareda cósmica. Para desintegrarlos, ten­dremos que concentrarnos en la Divina Madre Kundalini, suplicándole, rogándole que los reduzca a polvo; pero primero hay que comprender el defecto (supongamos la ira) y luego, después de haberlo comprendido, rogarle a la Divina Madre que lo elimine; lo mismo des­pués de comprender la impaciencia, después de comprender la autoimportancia, etc., su­plicarle a ella que elimine tal error.

            ¿Por qué nos creemos importantes, si noso­tros no somos más que míseros gusanos del lodo de la tierra? ¿En qué basamos nuestra autoimportancia, en qué la fundamentamos? Pues realmente no hay basamento para nuestra autoimportancia, porque nada somos; cada uno de nosotros no es más que un vil gusano del lodo de la tierra. ¿Qué somos ante el Infinito, ante la Galaxia en que vivimos, ante esos millones de mundos que pueblan el espacio sin fin? ¿Para qué sentirnos autoimportantes? Así, analizando cada uno de nuestros defectos, los vamos compren­diendo, y defecto que vayamos comprendiendo, debe ser eliminado con la ayuda de la Divina Madre Kundalini. Es obvio que habrá que su­plicarle a ella, habrá que rogarle elimine el defecto que uno vaya comprendiendo.

            En una escena toman parte varios Yoes; pongamos otra escena, una de celos por ejem­plo; incuestionablemente, es grave que en una escena de celos entren también varios Yoes. Si un hombre encuentra de pronto a su mujer hablando con otro hombre, en forma muy quedita, ¿qué le hará sentir eso? Sentirá celos, posiblemente que sí, y le formará pelea a la mujer. Es claro que si observamos esa escena, veremos que allí hubo celos, ira, amor propio, varios Yoes: el Yo del amor propio se sintió herido, los celos entraron en actividad, la ira también.

            Cualquier escena, cualquier acontecimiento, cualquier evento, debe servirnos de base para el autodescubrimiento; en cualquier evento, ve­nimos a descubrir que tenemos dentro de nosotros mismos varios Yoes; eso es obvio. Por todos estos motivos, se necesita que nosotros estemos alertas y vigilantes, como el vigía en época de guerra; es indispensable el estado de alerta percepción, de alerta novedad. Si no procedemos en esa forma, la Conciencia continuará metida dentro de los agregados psíquicos que en nuestro interior cargamos y no despertaríamos jamás.

            Tenemos que comprender que estamos dor­midos; si la gente estuviera despierta, podría ver, tocar, palpar las grandes realidades de los mundos superiores; si las gentes estuvieran despiertas, recordarían sus existencias pasadas; si las gentes estuvieran despiertas, verían la Tierra tal como realmente es. Ustedes no están viendo la Tierra, tal como es; las gentes de la Lemuria sí veían el mundo como es; sabían que el mundo tiene nueve dimensiones (por todo, diríamos) y siete fundamentales. Veían el mundo en forma multidimensional; en el fuego percibían a las Salamandras o criaturas del fuego; en las aguas percibían a las criaturas acuáticas, a las Ondinas; en el aire, eran claros para ellos los Silfos y dentro del elemento tierra veían a los Gnomos. Cuando levantaban los ojos hacia el infinito, podían percibir a otras humanidades planetarias; los planetas del espacio eran visibles para los anti­guos, en forma distinta, pues veían el aura de los planetas y también podían percibir a los Genios Planetarios. Pero cuando la Conciencia humana quedó enfrascada dentro de todos esos Yoes o agregados psíquicos que constituyen el mí mismo, el yo mis­mo, el Ego, entonces se durmió; ahora se procesa en virtud de su propio condicionamiento.

            En tiempos de la Lemuria, cualquier perso­na podía ver, por lo menos, la mitad de un "Holtapannas"; un Holtapan­nas equivale a cinco millones y medio de tonalidades del color. Cuando la Conciencia quedó metida entre el Ego, los sentidos dege­neraron; en la Atlántida ya tan sólo se podía percibir un tercio de las tonalidades del color, y ahora apenas sí se perciben los siete colores del espectro solar y unas pocas tonalidades. Las gentes de la Lemuria eran diferentes; para ellos las montañas tenían alta vida espiritual; los ríos, para ellos, eran el cuerpo de los Dioses; la Tierra entera era perceptible para ellos, en forma diferente; eran otro tipo de gentes, diferentes, distintas. Ahora la humani­dad, desgraciadamente, ha involucionado es­pantosamente; por estos tiempos, la humanidad está en un estado de caducidad, y si no nos preocupamos nosotros por autodescubrirnos, por conocernos mejor, continuaremos con la Conciencia dormida, metida entre todos los Yoes que llevamos en nuestro interior.

            Los psicólogos, normalmente, creen que tenemos un solo Yo, y nada más. En la Gnosis se piensa diferente; en la Gnosis sabemos que la ira es un Yo, que la codicia es otro Yo, que la lujuria es otro Yo, que la en­vidia es otro Yo, que el orgullo es otro Yo, que la gula es otro Yo, etc., etc., etc. Virgi­lio, el Poeta de Mantua, el autor de "La Eneida", decía que "aunque tuviéramos mil lenguas para hablar y paladar de acero, no alcan­zaríamos nosotros a enumerarlos cabalmente", (¡son tantos!). ¿Y dónde vamos a descubrirlos? Solamen­te en el terreno de la vida práctica se hace po­sible el autodescubrimiento. Cualquier escena callejera es suficiente para saber cuántos Yoes entraron en actividad. Cualquiera que entre en acción, hay necesidad de trabajarlo para comprenderlo y desintegrarlo; sólo por ese camino se hace posible liberar la Conciencia; sólo por ese camino es posible el despertar.

            A nosotros nos debe interesar, primero que todo, el despertar, porque mientras continue­mos así como estamos, dormidos, ¿qué podemos saber de los Misterios de la Vida y de la Muerte?, ¿qué podemos saber de lo real, de la verdad? Para poder uno llegar a conocer a fondo los Misterios de la Vida y de la Muerte, se necesita indispensablemente des­pertar. Es posible despertar si uno se lo propone; mas no es posible despertar si la Concien­cia continúa embotellada entre todos esos Yoes.

            Vivimos dentro de un mecanismo bastante complicado; la vida se ha vuelto profunda­mente mecanicista, en un ciento por ciento; la Ley de Recurrencia existe, todo se repite… La vida podríamos compararla con una rueda que está girando incesantemente sobre sí misma: pasan los acontecimientos una y otra vez, siempre repitiéndose; en realidad de verdad, nunca hay una solución final para los problemas; cada cual carga sus problemas, pero la solución final en realidad de verdad no existe, y si hubiera una solución final para los problemas que uno tiene en la vida, esto significaría que la vida no sería vida, sino muerte. Así pues, la solución final no se conoce.

            Gira la rueda de la vida, siempre pasan los mismos acontecimientos, repitiéndose en forma más o menos modificada, más o menos alta o baja, pero repitiéndose. Llegar a la solución final, impedir que la repetición de eventos o circunstancias prosiga, es algo más que impo­sible. Entonces, lo único que tenemos nosotros que aprender es saber cómo vamos a reaccionar frente a las diversas circunstancias de la vida. Si reaccionamos siempre en la misma forma, si siempre reaccionamos con violencia, si siempre reaccionamos con lujuria, si siempre reaccionamos con codicia frente a los diversos he­chos que se repiten una y otra vez en cada exis­tencia, pues no cambiaremos nunca, porque los acontecimientos que ustedes están viviendo actualmente, ya los vivieron en la pasada exis­tencia. Esto significa que por ejemplo, si ahora es­tán ustedes sentados, escuchándome (no sería aquí mismo, en esta casa, pero sí en cualquier otro lugar de la ciudad), también estuvieron sentados, escuchándome, en la pasada existen­cia, y yo estuve hablándoles; es decir, siempre esta rueda de la vida está girando, y los acontecimientos que van pasando son siempre los mismos. Así pues, es imposible impedir que los acontecimientos dejen de repetirse; lo único que podemos hacer es cambiar nuestra actitud hacia los acontecimientos de la vida. Si nosotros aprendemos a no reaccio­nar ante ningún impacto proveniente del mundo exterior; si aprendemos a ser serenos, apacibles, entonces sucederá que podremos evi­tar que los acontecimientos produzcan en noso­tros los mismos resultados.

            A fin de que comprendan mejor mis pala­bras, vamos a relatar un acontecimiento que cité en mi libro titulado "El Misterio del Aureo Florecer", sobre aquella existencia en la cual, me llamé Juan Conrado, Tercer Gran Señor de la Provincia de Granada, en la anti­gua España de la época de la Inquisición, cuan­do el Inquisidor Torquemada hacia desastres en toda Europa, y quemaba viva a la gente en la hoguera. Ciertamente, yo había llegado a él con el propósito de pedir una amonestación cristiana para alguien; tratábase de un Conde que me zahería constantemente con sus palabras, que hacía mofa de mí, etc. En aquella época andaba yo de Bodhi­sattva caído, y por cierto que no era una man­sa oveja; el Ego estaba bien vivo, pero yo que­ría evitar un nuevo duelo, no por temor, sino porque ya estaba cansado de tantos duelos, pues tenía fama de ser un gran espadachín. Me llegué muy temprano a las puertas del Palacio de la Inquisición; un fraile, un "monje azul" que estaba a la puerta, me dice: "¡Qué milagro de verle a usted por aquí, señor Mar­qués". "Muchas gracias, su Reverencia", le dije; "vengo a solicitar una audiencia con el Señor Inquisidor, Monseñor Tomás de Torque­mada". "¡Imposible!, dijo; hoy hay mu­chas audiencias; sin embargo, voy a tratar de conseguir para usted la audiencia". "Muchas gracias, su Reverencia", le dije, por adaptarme, naturalmente, a todos los convenios de aquella época (en realidad de verdad tenía uno que adaptarse, porque de lo contrario se le ponía la cosa grave). En todo caso, el "monje azul" desapareció como por encanto; yo aguardé pacientemente a que regresara. Al fin regresó; ya de regreso, me dice: "Está concedida para usted la au­diencia, señor Marqués; puede pasar". Pasé, atravesé un patio y un gran salón que estaba en tinieblas; pasé a otro salón que esta­ba también en profundas tinieblas, y por último a un tercer salón que estaba iluminado por una lámpara; la lámpara se hallaba sobre una mesa, y ante la mesa estaba sentado el Inquisidor, Don Tomás de Torquemada… ¡Nada menos que el Gran Inquisidor!; un ser, pues, cruel. Sobre su pecho llevaba una gran cruz; se encontraba en un estado aparentemente beatifico, con las manos puestas sobre el pecho. Al verlo, yo no hice otra cosa que saludarlo con todas las reverencias de la época. Me dijo: "Siéntese usted, señor Marqués, ¿qué le trae por aquí?" Entonces le dije: "Vengo a solici­tar una amonestación cristiana para el Conde Don Fulano de tal y tal y tal (con cincuenta mil nombres y apellidos), que lanza sus sátiras contra mí, se mofa, se burla, y yo no tengo ganas de otro duelo más; quiero evitar un nuevo duelo"… "¡Oh, no se preocupe usted, señor Marqués", me respondió; "ya tenemos muchas quejas contra ese condecito, aquí en la Casa Inquisitorial; vamos a hacerlo aprehender, lo llevaremos a la torre del martirio, le meteremos los pies entre carbones encendidos, para quemarle bien los pies, para que sufra; le levantaremos las uñas de las manos, le echaremos plomo derretido en las uñas, lo torturaremos, y después lo llevaremos a la plaza pública y lo quemaremos vivo"…

            Bueno, yo no había pensado ir tan lejos; únicamente iba a pedir una amonestación cristiana. Claro, quedé perplejo al escuchar a Torquemada hablando en esa forma, con las manos puestas sobre el pecho, en una actitud beatifica.

            Aquello me causó horror; no pude menos que manifestar mi descontento, y le dije: "¡Usted es un perverso; yo no he venido a pedirle que queme vivo a nadie, ni que venga usted a torturar a nadie; únicamente he venido a pedirle una amonestación cristiana, y eso es todo; ahora se dará cuenta usted, por qué no estoy de acuerdo con su secta!". En fin, pronuncié otras tantas palabras, lan­cé algunos tantos gritos que por ahora me re­servo, en un lenguaje un poquito altisonante, motivo más que suficiente como para que aquel alto dignatario de la Inquisición me dijera: "¿Con qué esas tenemos, señor Marqués?" Hizo sonar una campana y aparecieron unos cuantos Caballeros, armados hasta los dientes. Se levantó airoso y ordenó a los Caballeros aquellos diciendo: "¡Prended a ese hombre!"… "¡Un momento, Caballeros (les dije); recordad las reglas de la Caballería!". (En aquella época las reglas de la Caballería eran respetabilísimas para todo el mundo). "¡Dadme una espada y me batiré con cada uno de vosotros!" Un Caballero me entrega la es­pada (yo la recibo); luego da un paso hacia atrás y me dice: "¡En guardia!" Le respondí: "¡Siempre estoy!" Y nos trabamos en dura lid. No se oían sino los golpes de las espadas; pare­cía que esas espadas, al golpearse una contra otra, lanzaran chispas. Aquel Caballero era muy hábil en la esgrima, pues manejaba las armas a la maravilla, pero yo tampoco era una mansa oveja; ¡claro está que no! Total, que el duelo fue muy bravo; sólo me faltaba hacer uso de mi mejor estocada para salir victorioso, pero los otros Caballeros que estaban viendo el asunto, se dieron cuenta que su compañero "se iba derecho al Panteón", y claro, me cayeron en pandilla, me atacaron con una furia terrible, y eran muchos. Me defendí como pude, saltaba sobre las me­sas, utilizaba los muebles como escudo; en fin, hice maravillas para tratar de sobrevivir, para defenderme, mas llegó un momento en que el brazo derecho se cansó, ya no podía con el peso de la espada, y dije: "Han ganado ustedes por sorpresa, porque me han caído en pandilla, eso no es de Caballeros; si queréis la espada, aquí está"… Entonces el señor Inquisidor ordenó: "¡A la hoguera!", y en fin, no fue difícil quemarme vivo. Allí tenían un poco de leña, al pie de un poste de acero; me encadenaron a aquel poste, prendieron fuego a la leña, y a los pocos segun­dos estaba yo allí, ardiendo, como tea encendi­da. Sentí un gran dolor, veía cómo mi cuerpo físico se quemaba, hasta quedar reducido todo a cenizas; sentí que aquel dolor supremo se convertía en felicidad; entendí que más allá del dolor, mucho más allá del dolor, existe la felicidad. El dolor humano, por muy grave que sea, tiene un límite; una lluvia bienhechora comen­zó a caer sobre mi cabeza; sentí que me alivia­ba, di un paso y vi que podía dar otro; total, salí de aquel Palacio caminando despacito, des­pacito, y era que ya había desencarnado; mi cuerpo físico pereció en la hoguera de la Inquisición.

            Hoy, por ejemplo, al repetirse un evento de esos en mi vida, estoy seguro que ya no iría a una hoguera, ni a un paredón, ni a algo pare­cido, o por el estilo. ¿Por qué? Porque al no tener ya esos Yoes de la ira, de la impaciencia, escucharía al Inquisidor serenamente, im­pasiblemente; comprendería el estado en que él se encuentra, guardaría un silencio total, ninguna reacción saldría de mí. Como resultado, no pasaría nada, eso es cla­ro; podría salir tranquilo, sin problemas. De manera que los problemas, en realidad de verdad, los forma el Ego. Si en aquella ocasión yo no hubiera reaccionado en esa forma contra el "Santo Oficio" (como así se le llamaba), contra la Inquisición, contra el "monje azul", etc., etc., etc., pues es obvio que no habría desencar­nado en esa forma. Esto no significa cobardía, sino que sencillamente, habría permanecido sereno, impasible; luego habría dado la espal­da y me habría retirado sin problemas. Desgraciadamente tenía un Ego muy desa­rrollado, y esos son los problemas que forma el Ego. Cuando uno no tiene Ego, esos problemas no suceden; puede que la circunstancia se repita, pero ya no sucede igual, y no vienen esos problemas.

            La cruda realidad de los hechos es que los eventos pueden estarse repitiendo, pero lo que nosotros tenemos que hacer es modificar nues­tra actitud hacia los eventos; si nuestra actitud es negativa, nos crearemos gravísimos proble­mas; eso es obvio. Necesitamos cambiar nuestra actitud hacia la existencia, pero uno no puede cambiar su actitud hacia la vida, si no elimina aquellos elementos perjudiciales que lleva en la psiquis. La ira, por ejemplo, ¿cuántos problemas le trae a uno? La lujuria, ¿cuántos problemas le trae a uno la lujuria? Los celos, ¿cuan nefastos son? La envidia, ¿cuántos inconvenientes le proporcionan a uno? Uno tiene que cambiar su actitud frente a las distintas circunstancias de la vida: éstas se repiten con uno o sin uno, pero se repiten; lo importante es que uno cam­bie su actitud hacia las distintas circunstancias de la vida; es decir, necesitamos autoconocernos profundamente: sí nos autoconocemos, des­cubrimos nuestros errores, y si los descubrimos, los eliminamos, y si los eliminamos, desperta­mos, y si despertamos, venimos a conocer los Misterios de la Vida y de la Muerte, venimos a experimentar eso que no es del tiempo, eso que es la verdad. Pero mientras nosotros continuemos con la Conciencia embotellada entre el Ego, entre el Yo o entre los Yoes, obviamente no sabre­mos nada de los Misterios de la Vida y de la Muerte, no podremos así experimentar lo real, viviremos en la ignorancia. Se hace, pues, urgente e inaplazable cumplir con la máxima de Tales de Mileto: "Nosce Te Ipsum" (conócete a ti mismo). Todas las leyes de la Naturaleza están dentro de uno mismo; si uno no las descubre dentro de sí mismo, tampoco las puede descubrir fuera de sí mismo. Así pues, dentro de uno está el Universo ("el hombre está contenido en el Universo y el Universo está contenido en el hombre"); si no descubrimos al Universo dentro de sí mismos, no lo podremos descubrir fuera de nosotros mismos; eso es obvio. Existen en nosotros po­sibilidades extraordinarias, pero ante todo debemos partir del principio "Nosce Te Ip­sum"…

            La falsa personalidad, por ejem­plo, es óbice para la verdadera felicidad; todo ser humano tiene una falsa personalidad que está formada por el engreimiento, por la vanidad, por el orgullo, por el temor, por el egoísmo, por la ira, por la autoimportancia, por el autosentimentalismo, etc. La falsa persona­lidad es verdaderamente problemática, porque está dominada por ese tipo de Yoes que he enumerado; mientras uno posea la falsa per­sonalidad, en modo alguno podrá conocer la real felicidad, ¿cómo la conocería? Si uno quiere ser feliz, y todos tenemos dere­cho a la felicidad, tiene que empezar por elimi­nar la falsa personalidad; pero para eliminar la falsa personalidad, tiene uno que eliminar los Yoes que la caracterizan, los que he enu­merado. Eliminados esos Yoes, entonces todo cambia: se crea en nuestra Conciencia un centro de gravedad continuo, y deviene un estado de felicidad extraordinaria. Debemos tener en cuenta todo esto, si es que realmente anhelamos ser felices algún día.

            Incuestionablemente, lo más importante en la vida práctica, viene a ser precisamente cris­talizar, en la humana personalidad, eso que se llama "Alma". ¿Qué es lo que se entiende por Alma? Todo ese conjunto de poderes, fuerzas, virtudes, facultades, etc., del Ser. Si uno elimina por ejemplo el defecto o el Yo de la ira, en su reemplazo cristalizará, en nuestra humana persona, la virtud de la sere­nidad; si uno elimina el defecto del egoísmo, en su reemplazo, en nuestra humana persona cristaliza la virtud maravillosa del altruismo; si uno elimina el defecto de la lujuria, en su reemplazo cristaliza en nuestra persona la vir­tud extraordinaria de la castidad; si uno eli­mina de su naturaleza íntima el odio, en su reemplazo cristalizará en nuestra personalidad el amor; si uno elimina el defecto de la envidia, en su reemplazo cristalizará, en la humana personalidad, la alegría por el bien ajeno, la filantropía, etc. Así que, es necesario comprender que hay que eliminar los elementos indeseables de nuestra psiquis, para cristalizar en nuestra hu­mana persona eso que se llama Alma: un conjunto de fuerzas, de atributos, de virtudes, de poderes anímicos, etc. Sin embargo, he de decir que no todo es intelecto; el intelecto es útil cuando está al servicio del Espíritu, pero no todo es intelecto. Incuestionablemente, debemos pasar por grandes crisis emocionales, si es que queremos nosotros cristalizar Alma en sí mismos. Si "el agua no hierve a cien grados", no cristaliza lo que hay que cristalizar y no se elimina lo que se debe eliminar; así también, si no pasamos previamente por graves crisis emocionales, no cristalizará en nosotros eso que se llama Alma, no se eliminará eso que se debe eliminar. Así ha sido siempre; cuando el Alma cristaliza completamente en uno mismo, hasta el cuerpo físico se convierte en Alma.

            Jesús de Nazaret, el Gran Kabir, habló claro sobre esto y dijo: "En paciencia poseeréis vuestras Almas". Las gentes no poseen su Alma, el Alma los posee; el Alma de cada per­sona sufre, cargando con un fardo abrumador: la personalidad. Poseer Alma es algo muy distinto, pero escrito está que "en paciencia poseeréis vuestras Almas".

            Hay Yoes muy difíciles de eliminar, defectos terribles, Yoes que están en relación con la Ley del Karma; cuando se llega a eso, parece como si nos detuviéramos en el avance, y obviamente que sí nos detenemos. Mas con infinita paciencia, al fin se consigue la elimi­nación de esos Yoes. La paciencia y la sere­nidad son facultades extraordinarias o virtu­des magníficas, necesarias para avanzar por este camino de la transformación radical. En mi libro "Las Tres Montañas" hablo precisamente de la paciencia y de la serenidad.

            Un día, estando en un Monasterio, un grupo de hermanos aguardábamos impacientemente al Abad, al Hierofante; mas éste tardaba, pasa­ban las horas y éste tardaba, todos estaban preocupados. Habían allí algunos Maestros, muy respetabilísimos, pero llenos de impacien­cia. Paseaban por el salón, iban y venían, se jalaban el cabello, se jalaban las barbas, impa­cientes; yo permanecía sereno, tranquilo, pa­cientemente aguardaba: únicamente me causaba curiosidad estos hermanitos impacientes. Al fin, después de varias horas se presentó el Maestro, y dirigiéndose a todos les dijo: "A ustedes les faltan dos virtudes que este her­mano tiene" y me señaló a mí. Luego, diri­giéndose a mí, me dijo: "Dígale usted, her­mano, cuáles son esas dos virtudes". Entonces yo me puse de pie y dije: "Hay que saber ser pacientes, hay que saber ser serenos"… Todos quedaron perplejos; enseguida el Maestro trajo una naranja, que es símbolo de esperanza, y me la entregó aprobándome, quedé aprobado para entrar a la Segunda Mon­taña, que es la de la Resurrección; los otros, los impacientes, quedaron aplazados. Se me citó después en otro Monasterio, para firmar algunos papeles que tenía que firmar, y así lo hice; más tarde concurrí a ese Monasterio, fir­mé los papeles y se me entregaron ciertas instrucciones esotéricas; se me admitió en los es­tudios de la Segunda Montaña, y aquellos compañeros a estas horas, todavía están lu­chando por lograr la paciencia y la serenidad, pues no la tienen.

            Vean ustedes lo importante que es ser pa­ciente y ser sereno. Así, cuando uno está trabajando en la disolución del Yo, y por nada de la vida consigue disolverlo porque se ha vuelto muy difícil (pues hay Yoes así, que se relacionan con el Karma), no le queda a uno más remedio que multiplicar la paciencia y la serenidad, hasta triunfar. Pero muchos son impacientes, quieren eliminar tal o cual Yo de inmediato, sin pagar el precio correspon­diente, y eso es absurdo. En el trabajo sobre uno mismo, es necesario multiplicar la pacien­cia hasta el infinito, y la serenidad hasta el colmo de los colmos; quien no sabe tener pacien­cia, quien no sabe ser sereno, fracasa en el camino esotérico.

            Obsérvense ustedes en la vida práctica: ¿son pacientes, saben permanecer serenos en el mo­mento preciso? Si no tienen esas dos virtudes, pues hay que trabajar para conseguirlas. ¿Cómo? Eliminando los Yoes de la impa­ciencia y eliminando los Yoes de la falta de serenidad (el enojo, los Yoes del enojo, son los que no permiten la serenidad).

            ¿Qué es lo que buscamos nosotros a la larga con todo esto? Cambiar, pero cambiar total­mente, porque así como estamos, incuestionablemente lo único que hacemos es sufrir, amargarnos la vida. También cualquiera puede hacernos sufrir a nosotros, basta que nos to­quen una fibra del corazón para que ya estemos sufriendo. Si nos dicen una palabra dura, su­frimos; si nos dan unas palmaditas en el hom­bro y nos dicen unas palabras dulces, nos alegramos; así somos de débiles: no tenemos po­der sobre nuestros procesos psicológicos, cual­quiera puede manejar nuestra psiquis. ¿Quieren ver ustedes a una persona enojada? Díganle una palabra dura y la verán enojada, y si quieren verla contenta, denle una palmadita en el hombro, díganle unas palabras dulces y ya cambiará, ya estará contenta. ¡Qué fácil es, cualquiera juega con la psiquis de los demás; qué débiles son estas criaturas!

            Se trata, pues, de cambiar, de que todo esto que tenemos nosotros de débiles sea eliminado; hasta nuestra misma identidad personal debe perderse para nosotros mismos. Esto quiere decir que el cambio debe ser tan radical, que hasta nuestra misma identidad personal (yo soy fulano de tal, etc.) debe perderse para sí mismos; llegará el día en que no encontraremos nuestra misma identidad personal. Si se trata de convertirnos en algo distinto, en algo diferente, obviamente hasta la misma identidad personal debe perderse.

            Necesitamos convertirnos en criaturas distintas, en criaturas felices, en seres dichosos, pues tenemos derecho a la felicidad; pero si no nos esforzamos, ¿cómo vamos a cambiar, de qué manera? ¡He allí lo grave!

            Lo más importante es no identificarse con las circunstancias de la existencia. La vida es como una película, y es de hecho una película que tiene un principio y tiene un fin; distintas escenas van pasando por la pantalla de la mente, y el error más grave de nosotros consiste en identificamos con esas escenas. ¿Por qué? Porque pasan, sencillamente por­que pasan; son escenas de una gran película, y al fin pasan… Afortunadamente, en el camino de mi vida acepté siempre eso como lema: No identificarse uno con las diferentes circunstancias de la vida. Me vienen a la memoria, dijéramos, casos de la niñez. Como quiera que mis padres te­rrenales se habían divorciado, nos tocaba a nosotros, los hermanos de una gran familia, sufrir. Habíamos quedado con el jefe de la familia y se nos prohibía visitar a nuestra ma­dre terrenal; sin embargo, nosotros no éramos tan ingratos como para poder olvidarla. Me escapaba siempre de mi casa con un her­manito menor que me seguía; íbamos a visi­tarla y luego regresábamos a casa, mas mi hermanito sufría mucho, pues al regreso se cansaba porque era muy pequeño, y yo tenía que llevarlo entonces sobre mis espaldas, (¡qué tan pequeño estaría!), y lloraba él amargamente y decía: "Ahora, al regresar a casa, papá nos va a azotar, nos va a dar de azotes y de palos". Yo le respondía diciéndole: "Todo pasa, acuér­date que todo pasa"… Cuando llegábamos a la casa, ciertamente nos aguardaba nuestro padre terrenal, lleno de grande ira, y nos daba de latigazos. Posteriormente nos internábamos en nuestra recámara a dormir; pero ya al acostarnos, le decía yo a mi hermano: "¿Te fijas?, ya pasó; ¿te convenciste de que todo eso ya pasó?" Un día de esos tantos, nuestro padre alcanzó a oír cuando yo le decía a mi hermano: "Todo pasa, eso ya pasó" y claro, mi padre que era bastante iracundo, empuñó de nuevo el látigo terrible que traía, y penetró en la recámara de nosotros diciendo: "¿Con que todo pasa, sinvergüenzas?", y luego otra azotaina mas terrible nos dio, retirándose después, al parecer muy tranquilo por habernos azotado. Ya que él se retiró, un poco más quedito le dije a mi hermano: "¿Te fi­jas?, eso también ya pasó"… Es decir, nunca me identificaba con esas escenas; tomé como lema en la vida jamás identificarme con las circunstancias, con los eventos, con los acontecimientos, pues sé que esos acontecimientos, que esas escenas van pa­sando. ¡Tanto que uno se preocupa porque tiene un problemazo, que no sabe cómo resolver!, y después ya pasa y viene otra escena com­pletamente distinta; entonces, ¿para qué se preocupó? Si tenía que pasar, ¿con qué objeto se preocupó?

            Cuando uno se identifica con los distintos eventos de la vida, comete muchos errores. Si uno se identifica con una copa de licor que le están ofreciendo un grupo de amigos embriagados, pues termina borracho; si uno se identifica con una persona del sexo opuesto en un momento dado, resulta fornicando, y si uno se identifica con un insultador que lo está hirien­do a uno con sus palabras, resulta también in­sultando… ¿A ustedes les parece muy cuerdo que nosotros, que somos gentes aparentemente serias, resultáramos insultando? ¿Ustedes creen que eso estaría bien? Si uno se identifica con una escena, por ejemplo de sentimentalismo llorón, donde todos están llorando amargamente, pues uno resulta también con sus "buenas lagrimitas". ¿Ustedes creen que eso estaría correcto, que otros nos pongan a llorar así, porque "les dio la gana"? Esto que les estoy diciendo es indispensable, si es que ustedes quieren autodescubrirse; es indispensable porque si uno se identifica comple­tamente con una escena, quiere decir que se ha olvidado de sí mismo, se ha olvidado del trabajo que está haciendo, y entonces está perdiendo el tiempo miserablemente. Las gentes se olvidan completamente de sí mismas, se olvidan de su propio Ser Inte­rior profundo: por eso se identifican con las circunstancias. Normalmente las gentes andan dormidas por eso: porque están identi­ficadas con las circunstancias que las rodean, y cada cual tiene su cancioncita psicológica, como dije por allí, en mi libro "Psicología Re­volucionaria". De pronto se encuentra uno a alguien que le dice: "Yo, en la vida, tuve que hacer esto y esto y esto; me robaron, fui un hombre rico, tuve dinero y me estafaron; un fulano de tal fue el malvado que me estafó" (total, canta su canción psicológica). Diez años más tarde se encuentra uno a ese mismo sujeto, y vuelve a cantarle su misma canción; veinte años después se lo encuentra uno y vuelve a cantarle su misma canción; esa es su canción psicológica: quedó identi­ficado con ese evento para el resto de su vida, y en esas circunstancias, ¿cómo va uno a disolver el Ego, de qué manera, si lo está fortificando? Al identificarse así, lo fortifica, fortifica a los Yoes. Si uno se identifica con una trifulca, resulta también dando puñetazos. Me viene a la memoria el caso de un boxeador, de un cam­peón peleando contra otro en los Estados Uni­dos; al final todos los espectadores terminaron dándose golpes unos contra otros, perfectamen­te locos; todos dándose puñetazos, unos contra todos, todos resultaron boxeadores. Observen ustedes lo que es la identificación. He visto de pronto a una dama, mirando una película donde los actores lloran. Bueno, llo­ran fingiendo, claro está, pero aquella dama que está contemplando la película, resulta llo­rando también, con una angustia espantosa. Vean ustedes lo que es la identificación: ¿Qué ha hecho esa pobre mujer? Que se ha identifi­cado con esa película; se ha creado, al identifi­carse con el héroe de la película, o con la heroína, un nuevo Yo; ha creado dentro de sí misma a ese nuevo Yo que le ha robado parte de su Conciencia; de manera que esa persona, si estaba dormida, ahora sigue más dor­mida. ¿Por qué? Por la identificación; eso es obvio.

            Me viene a la memoria, en estos momentos, un caso insólito. En cierta ocasión se me ocu­rrió ir a un cine, hace muchísimos años. La película era muy romántica; allí aparecía una pareja de enamorados que se querían y se ado­raban. Bueno, y yo muy interesado en ver al par de enamorados: esas poses, esas palabras; qué miradas, qué cosas, y yo encantado mirándolos… Al fin terminó la tal película esa, y muy tranquilo me fui para la casa. Ya estando en casa, sentí sueño; me acosté y entonces esa noche fui a dar al Mundo de la Mente; allí me encontré una mujer como aquella que yo había admirado en la película; estaba "hasta guapita", estaba frente a mí tal mujer. Me senté con ella en una mesa para tomar al­gunos refrescos, y entonces vinieron las dulces palabras, muy semejantes a las de la película por cierto. Conclusión: no llegué hasta la có­pula química ni nada por el estilo, pero no fal­taron los besos, los abrazos, las caricias, las ter­nuras y cincuenta mil cosas por el estilo. Les estoy narrando una historia sucedida hace veinte años; no es de ahora, porque ahora no voy a los cines, pero en aquella época sí iba a algún cine; me parecía que era una diversión muy sana (así creía yo). Ya al llegar al Mun­do Astral, me encontré dentro de un gran Templo, y pude verificar que un Maestro me había estado analizando; claro, en mi interior me dije: "¡metí la pata!" Me retiré unos cuantos pasos, para aguardar o ver qué sucedía, y de pronto el Maestro aquel me envía un papel con el Guardián del Templo. El Guardián me lo entregó; leí el papel que decía: "Retírese usted inmediatamente de este Templo, pero con ‘INRI’" (con "INRI" es conservando el fuego, puesto que no había propiamente fornicado, no pasaba de las ternuras). Total que entonces dije yo: "Ni mo­do, esto está muy grave"… Muy despacio salí, avancé por el corredor de la nave central, y antes de salir fuera del Templo, en el recli­natorio me arrodillé humildemente, pidiendo compasión, pidiendo que tuvieran un poquito de piedad con mi insignificante persona, que sí había estado "metiendo la pata". Así estaba yo, en mis plegarias y oraciones, cuando de pronto viene el Guardián nuevamente hacia mí, y me dice, ya en forma más terri­ble: "¡Se le ha ordenado a usted que se reti­re!" Cuando le dije que quería yo hablar con el Maestro para exponerle mis razones, entonces me respondió: "El Maestro ahora está, ocu­pado; está examinando otras Efigies del Mundo Mental"… Allí fue cuando vine a darme cuenta con lo que yo había estado, era una Efigie mental creada por mí mismo, la había creado en pleno cine: esa Efigie había tomado vida propia en el Mundo Mental, era una mujer exactamente igual a la actriz que había visto en la película. Total, en mi pobre mente la había reprodu­cido, y ahora en el Mundo de la Mente, me había encontrado cara a cara con la tal Efigie creada por mí mismo… El Maestro con­tinuaba examinando otras Efigies de otros Iniciados; no me quedó más remedio que salir del Templo. Volví a mi cuerpo físico; durante todo el día siguiente estuve muy triste, lamen­tando haber ido al cine. "¡Qué metida de pata, dije; no he debido haber ido!; vean a lo que fui yo: a crear una Efigie mental!" Pedí perdón cincuenta millones de veces al Cristo, al Cristo Intimo; porque dije: "El es el único que podrá perdonarme este metidón de pata". A la noche siguiente pedí de todo corazón que "me repitieran la prueba, que me sentía capaz de salir victorioso; no más ternuras ni más caricias para esa Efigie mental, etc." Y ciertamente, me concedieron la repetición de la prueba; me llevaron en Cuerpo Mental al mismo lugar, a la misma mesa; volví a encon­trarme otra vez con la dama de los ensueños, la actriz que había visto en la pantalla. Ya iban a empezar las ternuras nuevamente, y me acordé de la cuestión. Inmediatamente desenvainé la espada flamígera y dije: "¡Conmigo tú no puedes; tú no eres más que una forma mental creada por mi propia men­te!" Y allí mismo hice uso de la espada flamígera  y volví pedazos esa Efigie mental, la volví polvo… Pasado eso, en­tonces fui nuevamente llamado al Templo Astral, y entré al Templo Astral, esta vez victorio­so, triunfante; me recibieron con mucha mú­sica, mucha fiesta; nuevamente, después, vinieron las instrucciones, diciéndoseme "que no volviera a los cines, porque podía perder la espada"… Me llevaron, en Astral, a mostrarme lo que son los cines, que están llenos de Efigies mentales, las Efigies que dejan los espectadores. Todo lo que uno está viendo allí, en pantalla, sobre todo cuando es morboso, se reproduce en la mente de las gentes: las mis­mas figuras, las mismas formas; los que salen, dejan multitud de formas mentales en esos antros de la magia negra. Conclusión: se me dijo que "en vez de estar yendo a los cines, repasara mis existencias anteriores, que es más útil que estar yendo a esos cines"… Yo cumplí la orden, y es claro que dejé de ir a los cines. Pero, ¿qué fue lo que me perjudicó? Pues haberme identificado con aquella película que estaban dando; me pareció tan hermosa la dama aquella, en aquella época, que yo mismo llegué a sentirme un ga­lán, no el de la pantalla, sino yo. Resultado: Fracaso… Esto sucedió hace veinte años, o pongan veintidós, pero no se me ha olvidado.

            Uno nunca debe identificarse con nada de lo que vea en la vida; las circunstancias, los eventos desagradables, pasan, todo pasa. Deben aprovecharse las circunstancias para estu­diarse, para observarse uno a sí mismo; en vez de estar identificados con las circunstancias desagradables, debe estar uno estudiándose a sí mismo: ¿tengo ira, tengo celos, tengo odio?, ¿qué estoy sintiendo en este momento frente a esto que me está sucediendo? Así es como se aprovecha el Yo, sabiendo uno no identificarse, sabiendo sacar partido de todo; no olviden ustedes que las peores adversidades le ofrecen a uno las mejores oportunidades para el autodescubrimiento.

            Cuando uno se identifica con las circunstan­cias desagradables, comete errores, se complica la vida y se forman problemas. Todas las gentes están llenas de problemas porque se identifican con lo que les sucede, con lo que les está pasando, con lo que están viviendo; por eso es que están, todos, llenos de problemas. Pero si uno no se identifica con nada de lo que le esté sucediendo, si dice "todo pasa, todo pasa, esta es una escena que pasa" y no se identifica con ella, pues tampoco se complica la vida. Pero a la gente le encanta complicarse la vida; si alguien les hiere con una palabra dura, reaccionan con violencia. A todos les gusta complicarse la existencia, y mientras se reacciona con violencia, pues peor, porque más dura se pone la cuestión, mas tra­bajoso se vuelve todo. Aprovechemos las circunstancias desagradables de la vida para el autodescubrimiento; así sabremos qué clase de defectos psicológicos poseemos. Tomemos la vida como un gimnasio psicológico; si así procedemos, entonces podremos autodescubrirnos. Hasta aquí mis palabras de esta noche.


El origen del Ego

 

                                                      

             Ha llegado la hora de comprender ciertamente lo que es el camino que ha de conducir a la liberación final.

            Ante todo es conveniente que nos conozcamos profundamente a sí mismos. Incuestionablemente, se hace cada vez mas indispensable la autoexploración íntima del sí mismo, del mi mismo. Si nosotros muy sinceramente ahondamos en nosotros mismos, si nos autoexploramos, podemos llegar a la conclusión lógica de que somos hasta ahora simples animales intelectuales, condenados a la pena de vivir.

            Es mucho lo que nos pavoneamos con el título de hombres. Se ha dicho de que el hombre es el rey de la creación, y eso es obvio. Pero vamos a ver lo que somos: ¿Quién de ustedes podría decir que es rey de todo lo creado? ¿A cual de ustedes le obedece la naturaleza? ¿Están ustedes seguros de poder mandar a los cuatro elementos: fuego, agua, aire y tierra? ¿Son acaso ustedes administradores del orden universal?

            Entonces Nietzsche, en su obra titulada "Así Habla Zaratustra", enfatiza la idea del Superhombre. Todavía recuerdo frases de Nietzsche: "El hombre es para el Superhombre, lo que el animal para el hombre, una dolorosa vergüenza, una carcajada, un sarcasmo y nada mas". Pero, ¿acaso Nietzsche era Superhombre? Por cierto que el Superhombre de Nietzsche sirvió de basamento místico a la Alemania nazi, para la segunda guerra mundial (vean ustedes cuan equivocado andaba Nietzsche). Si no existe el hombre todavía, menos el Superhombre.

            Realmente lo único que existe actualmente no es el hombre, sino el mamífero intelectual equivocadamente llamado hombre. Creo que este titulo de hombre, es un sombrero que nos queda demasiado grande. Si nosotros no podemos gobernarnos a nosotros mismos, mucho menos podemos gobernar a la naturaleza.

            Si el hombre no es rey de sí mismo, entonces, ¿rey de qué será? ¿Podría acaso ser rey de la naturaleza? Desde que se dice hombre, se entiende rey; si no es rey, no es hombre. Entonces, concluyamos diciendo que lo que existe actualmente es el mamífero intelectual equivocadamente llamado hombre, y eso es diferente.

            Si ahondamos dentro de sí mismos, ¿qué descubriremos? Organos, sí, ellos forman parte del organismo humano, y tras de todo ese organismo, ¿qué hay? El Lingam Sarira, contestan los indostanes. Eso es cierto, mas, ¿qué es el Lingam Sarira? El Cuerpo Vital, el asiento de todos nuestros fenómenos fisiológicos, biológicos, químicos, etc., etc., etc.

            Mas allá de ese cuerpo Vital lo que existe es el Ego, el Yo, el sí mismo. Mas, ¿qué cosa es el Ego? Una suma de agregados psicológicos: ira, codicia, lujuria, pereza, envidia, orgullo, gula y muchísimos otros defectos mas. Ciertamente, aunque tuviéramos paladar de acero y mil lenguas para hablar, no alcanzaríamos a enumerar todos los defectos que llevamos dentro.

            Estos tienen personificaciones, los agregados psicológicos poseen figuras animalescas. ¿Cual clarividente se atrevería a negar éste punto fundamental?

            Así pues, mis caros hermanos, ha llegado la hora de la reflexión. Mas allá de la muerte, ¿qué es lo que existe? ¿Qué es lo que continúa? El Ego. ¿Y es acaso el EGO, belleza? No, ya lo dije, es una suma de agregados psíquicos, y dentro de esos agregados psíquicos está enfrascada la Conciencia, la Esencia. En lenguaje rigurosamente alquimista diríamos: la sal incorpórea, no inflamable y perfecta. Ella es precisamente el factor directriz de toda nuestra psiquis, el factor básico, para hablar más claro. Desgraciadamente, está embotellada, está embutida entro esas figuras animalescas del Ego, entre todos esos agregados inhumanos que poseemos en nuestro interior. Así enfrascada, es obvio que se procesa en virtud de su propio condicionamiento, y eso es lamentable: duerme profundamente.

            Quiero que vosotros comprendáis, mis caros hermanos, quiero que vosotros entendáis profundamente, lo que es el Ego. Quiero que sepáis cual es su origen. Quiero que lo disolváis radicalmente.          Oídme bien: En el amanecer de la vida, allá por la época del antiguo Continente Mú, situado en el Océano Pacifico, los animales intelectuales recibieron, desafortunadamente, el abominable Organo Kundartiguador. Se ha hablado mucho del Kundalini, mas, cuan poco se ha hablado de su antítesis, el abominable Organo Kundartiguador.

            Es claro que por aquella antigua edad, la corteza geológica del mundo no tenía estabilidad permanente. Incesantes terremotos y terribles maremotos convulsionaban a nuestro planeta, fue entonces cuando cierto individuo sagrado, acompañado por una altísima comisión, vino a la Tierra en una nave cósmica. Después de haber estudiado aquella comitiva sacra el problema de los cataclismos, resolvió darle a la humanidad el susodicho órgano, con el propósito de arreglar el problema geológico.

            Se me dirá, ¿y qué tiene que ver esta cuestión con los temblores de la Tierra y los maremotos, con el Organo Kundartiguador y el organismo humano? Mucho mis queridos hermanos, mucho. Téngase en cuenta que cada cuerpo humano es una máquina extraordinaria, que capta las energías que descienden del Melagocosmo y que las transforma maravillosamente, para retransmitirla automáticamente al interior del organismo terrestre, a las capas inferiores de la naturaleza de la Tierra.

            La humanidad es un Organo del Planeta Tierra, es un Organo de la naturaleza mediante el cual se transforman energías que vienen a ser básicas para la economía del mundo Tierra. Incuestionablemente, al hacerse cualquier alteración a la máquina humana, se producen, indudablemente, modificaciones substanciales de energías, y al ser estas retransmitidas a las capas anteriores de nuestro mundo, ya así modificadas, pueden influir sobre la estabilidad de la corteza geológica. El darle pues, a la humanidad, el abominable Organo Kundartiguador, es claro, es obvio, es ostensible que las energías fueron modificadas en forma tal que al ser retransmitidas al interior de la Tierra, ejercían sobre la corteza geológica un proceso que tendría como fin, la estabilidad de la misma.

            Ya ven pues lo importante que es la máquina humana, ¿verdad? El abominable Organo Kundartiguador es la famosa cola del Satán bíblico, que llegó a cristalizar. Sí, es obvio, el fuego sagrado proyectado desde el coxis hacia los infiernos del hombre, se convirtió en la cola de Satán (tomando forma física, apareció como la cola de los simios).

            ¿Que hubo una época en que la humanidad poseyó cola? Es verdad, es cierto, pero esto no quiere decir que nosotros vengamos de los simios, de los monos, ¡no! Al contrario, ellos vienen de nosotros, son degeneraciones de la especie humana, resultaron de la mezcla del animal intelectual, con algunas especies bestiales de la naturaleza. Mucho mas tarde en el tiempo (y he ahí lo interesante), otra altísima comisión, resolvió quitarle a la humanidad el abominable Organo Kundartiguador; ya no era necesario, la corteza fisiológica de nuestro mundo se había estabilizado. Desafortunadamente, al perder la humanidad tal órgano, quedaron en nosotros las malas consecuencias del mismo, esas malas consecuencias se acomodaron en los cinco cilindros de la máquina orgánica.

            Tales cilindros son: primero, el Centro Intelectual; segundo, el Centro Emocional; tercero, el Centro Motor o del movimiento; cuarto, el Centro Instintivo; y quinto, el Centro Sexual.

            Acumuladas las malas consecuencias del abominable Organo Kundartiguador, dentro de los cinco cilindros de la máquina, se formó en nuestro interior una naturaleza inhumana y terriblemente bestial. Las citadas consecuencias del abominable Organo Kundartiguador constituyen el mí mismo, el sí mismo, el Ego, el Yo. Es claro, es indudable que la Conciencia, es decir, la Esencia primigenia, hablando en lenguaje alquimista: la sal purísima, incorpórea, incombustible, sublime, quedó, dijéramos, enfrascada, encarcelada, embutida dentro de esa segunda naturaleza inhumana.

            Desde entonces quedamos con dos naturalezas: una, esta externa que tenemos y otra interna de abominación. ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? Desafortunadamente, mis queridos hermanos, conforme los tiempos fueron pasando, la Conciencia embutida ahí, se fue durmiendo poco a poco y perdió los poderes que antes poseyera, esos poderes con los cuales podíamos manejar el fuego que flamea, el huracán que ruge, a las aguas purísimas de la vida universal y a la perfumada tierra.

            En otros tiempos, cuando el abominable Organo Kundartiguador no había aparecido en nosotros, podíamos percibir un tercio de todas las tonalidades del color existente en el Cosmos infinito.          Quiero decirles a ustedes, en nombre de la verdad, y pónganme mucho cuidado, que existen cerca de dos millones de tonalidades del color; eso es verdad. Hoy el ser humano, difícilmente puede percibir los siete colores básicos del prisma solar. En aquella antigua edad, en esos tiempos en que los ríos puros de agua de vida manaban leche y miel, todo era diferente, entonces los seres humanos levantaban la vista hacia el espacio y percibían el aura de los mundos y a los genios planetarios y a las humanidades que los pueblan y a los grandes hierofantes de la antigua Arcadia, los hijos de la mañana. Podían claramente ver en el Akasha puro, los mundos que habían existido en pasados Mahamanvantaras y aquellos que habían de existir en un futuro; así era la humanidad en otros tiempos.

            Los oídos de cada ser humano percibían las místicas vibraciones soorisianas del universo, parlaban con los dioses inefables y sabían escuchar las sinfonías que sostienen al universo firme en su marcha.

            Desafortunadamente, la involución fue precipitando a los seres humanos por el camino de la degeneración; las facultades se fueron atrofiando y con el tiempo se perdieron lamentablemente. Después de la segunda catástrofe transapalniana que cambió completamente la corteza geológica de nuestro mundo (con la sumersión del viejo Continente Atlante), se precipitó la involución degenerativa humana. Las facultades se fueron atrofiando lamentablemente y por último el Kali Yuga iniciado por la cultura grecorromana, nos trajo al estado en que nos encontramos actualmente.

            En otros tiempos, antes del Kali Yuga, antes de que hubiera nacido la civilización grecorromana, iniciadora de esta edad negra, existía el pensamiento objetivo, la mente objetiva.

            Hagamos una plena distinción entre lo que es mente objetiva y lo que es la mente subjetiva; entiéndase por mente objetiva aquella que funciona solamente con los datos surgidos de la Conciencia. Entiéndase por mente subjetiva aquella que solamente se fundamenta en las percepciones sensoriales externas.

            Muchos pescadores venidos de otras tierras a la antigua Grecia, les dio por jugar con la palabra, por hacer silogismos, prosilogismos, isilogismos, etc., etc., etc. El juego de las palabras se volvió muy simpático, sirvió para matar el ocio. Con el tiempo surgió ahí la asociación meramente intelectiva, fundamentada en las percepciones sensoriales externas (sistema razonativo deficiente que excluye los intuitos, sistema rozonativo meramente asociativo desligado de todo proceso de la Conciencia); así, muchas áreas del cerebro se atrofiaron lamentablemente. Desafortunadamente, los griegos cometieron el error de expandir su sistema razonativo por toda la faz de la Tierra y esto condujo al razonamiento subjetivo mundial.

            Hoy el cerebro humano ya no trabaja completamente. Bien saben los científicos que no todas las áreas del cerebro funcionan actualmente (producto, he ahí, de la asociación meramente subjetiva). Fue así mis caros hermanos, como la mente humana se degeneró, como el cerebro humano, se atrofió, se convirtió en lo que actualmente es.

            Pensemos ahora en los romanos, pues ellos junto con los griegos iniciaron la edad negra que estamos viviendo, el Kali Yuga. A diferencia de los griegos, a estos en vez de jugar con la palabra los dio por jugar con el sexo. Vagabundos de la antigua Roma, se entregaron a la orgía, a los bacanales y hasta los exportaron mundialmente; fue así como vino a perderse definitivamente la vergüenza orgánica, surgieron los prostíbulos por doquiera y la humanidad se precipitó por el camino del infrasexo.

            Hoy veamos el estado en que nos encontramos, degeneración sexual en gran escala y chispeante intelecto. Los bribones del intelecto son terriblemente lujuriosos; la lujuria y el intelectualismo vano (basado éste último, en las meras asociaciones razonativas de tipo subjetivo) brillan por donde quiera, se manifiestan aquí, allá y acullá, por todas partes.

            El Ego ha tomado proporciones gigantescas, cada uno de nosotros realmente lleva por dentro todos los factores que producen guerras, amarguras, sufrimientos. Necesitamos libertarnos del estado en que nos encontramos; todas las facultades humanas se han degenerado, repito, lamentablemente todo se ha perdido. Sólo nos queda un factor que puede servir para nuestra salvación; quiero referirme en forma enfática a la Esencia, la cual como ya he dicho está embotellada entro el Ego. Es obvio que dentro de ella están los datos que necesitamos para guiarnos por el camino que ha de conducirnos a la liberación final. En la Esencia, en la Conciencia, están también las partículas de dolor del omni cósmico, es decir, de nuestro Padre que está en secreto.

            Cada vez que nosotros erramos, él sufre, y sus partículas de dolor quedan depositadas en la Esencia, en la Conciencia; si las sabemos aprovechar, podemos mediante ellas despertar.

            En la Esencia están esos datos que urgentemente estamos necesitando para guiarnos por la senda del filo de la navaja. La Esencia es el guía espléndido que adentro tenemos para guiarnos, pero desafortunadamente está presa, encarcelada, embutida, embotellada entre el Ego, entre el Yo, entre el mí mismo, entre el sí mismo.

            Necesitamos desenfrascar la Esencia, desembotellarla para que pueda guiarnos por el camino que ha de conducirnos hasta la liberación final, y esto solamente es posible, queridos hermanos, destruyendo el Yo, eliminándolo, reduciéndolo a polvareda cósmica. El es la cárcel dentro de la cual está enfrascada la purísima Esencia. Destruyamos los barrotes de esta cárcel, volvamos polvo a esos muros de ignominia, reduzcamos a cenizas esa botella para que seamos libres.

            Libertada la Esencia, podrá guiarnos por el camino de perfección, hasta la liberación final. Si queremos nosotros destruir el Ego, debemos disolverlo y eliminarlo.

            En la vida práctica está el gimnasio psicológico donde nosotros podemos autodescubrirnos, porque en relación con las gentes, con nuestros amigos, con los compañeros de trabajo, con nuestros familiares, etc., los defectos que llevamos escondidos afloran, y si estamos alertas y vigilantes como el vigía en época de guerra, entonces podremos verlos tal cual son, en sí mismos. Defecto descubierto, debe ser sometido a la técnica de la meditación y una vez comprendido íntegramente, podemos eliminarlos con la ayuda de la Divina Madre Kundalini, la serpiente ígnea de nuestros mágicos poderes.

            Si en trance sexual durante el Sahaja Maithuna, la invocamos de puro corazón, ella podrá auxiliarnos. Escrito está: "Pedid y se os dará; golpead y se os abrirá".

            Si le pedimos, ella nos da, si golpearnos ella nos abre, pidámosle a nuestra Divina Madre Kundalini particular, propia, de cada uno de nosotros, que elimine de nuestra psiquis el defecto psicológico que ya hemos comprendido a fondo en todos los territorios de la mente. El resultado será extraordinario, ella eliminará el defecto, y si continuamos así trabajando incansablemente, llegará el día  en que el Ego habrá sido desintegrado radicalmente, entonces la Esencia quedará libre y vendrá el despertar.

            La Conciencia despierta podrá orientarnos por la senda del filo de la navaja, la Conciencia despierta nos entregará los datos que necesitamos para nuestra propia liberación final.

            Pero hay que ser pacientes en el trabajo, y muy severos y muy constantes, porque cada defecto es multifacetico y se procesa en cuarenta y nueve niveles del subconsciente.


La búsqueda de nuestra propia Realidad

 

            Vamos a platicar un poco, esta noche, sobre los asuntos que mas nos interesan y por los cuales nosotros nos hallamos aquí.

            Hermanos: ciertamente, lo fundamental en la vida es llegar a tener realidad. En nom­bre de la verdad he de decir que todavía el humanoide es algo no logrado. Si observa­mos las especies inferiores que habitan sobre la faz de la Tierra (los animales unicerebrados y bicerebrados), podemos evidenciar, por sí mismos, que nacen completos. Un caballo, es completo; una vaca, da la leche y nace com­pleta, pero nosotros nacemos incompletos.

            Nuestro cuerpo se forma dentro del vientre materno, allí se gesta, y luego nace, crece, se desarrolla; la energía creadora lo hace surgir a la existencia. En su proceso de desarrollo, dentro del vientre materno, vemos cómo se van formando los diversos órganos, pero al nacer todavía no está completo; ni siquiera la fonta­nela frontal del recién nacido se encuentra cerrada. Eso que las gentes llaman aquí "la mollera", o "mollerita" del recién nacido, está sin cerrar. Si añadimos, a eso, su condición en que se encuentra, veremos que no es com­pleto.

            Ciertamente, y en nombre de la verdad (así lo reconocen los profesores de la Universidad de Medicina), el animal intelectual, dicen, es un mamífero racional. Y es verdad: no está completo. El germen que se desarrolló entre el vientre materno, por el hecho de haber nacido, no quiere decir que ya se ha comple­tado la criatura. El desarrollo de la criatura prosigue (en su sentido ordinario, como humanoide) hasta los veintiún años. Ahora com­prenderán por qué es peligroso, realmente, que el adolescente tenga relación sexual: el adoles­cente no ha completado su desarrollo, y no lo completa sino hasta los veintiún años.

            La energía creadora que lo hizo surgir a la existencia, esa energía que provocó la concep­ción del feto dentro del claustro materno, que lo trajo a la vida, esa misma energía tiene que desarrollarlo; pero sólo a los veintiún años el adoles­cente ha llegado a su completo desarrollo como humanoide. Pero eso no quiere decir que realmente, por tal motivo, su desarrollo total esté ya completo. No, como humanoide se ha desarrollado, mas no como hombre; el hombre debe ser he­cho, debe ser creado. Nosotros somos humanoides, pero no hombres; el hombre debe for­marse dentro del humanoide, como la ma­riposa dentro de la crisálida (en los tiempos antiguos, todo esto se entendía, todo esto se sabía).

            Hay algo muy bello que tenemos en nuestro interior, me refiero a la Conciencia, me refiero a la Esencia, a eso que se llama Alma. Ori­ginalmente la Esencia, o el Alma, o como uste­des quieran denominarla, vino de la Vía Láctea, hace muchos años, millones de años. La Esencia de cada uno de los aquí presentes, vino de la Vía Láctea y en la Vía Láctea reso­nará con la armonía del Universo. Posteriormente, pasó el disco solar, y prosi­guiendo por entre los planetas del sistema, llegó aquí al mundo, se desarrolló en el mine­ral, continuó en el vegetal, prosiguió en el animal y al fin se reincorporó en un organis­mo humano, o de humanoide. Pero la Esencia, desafortunadamente, debido a nues­tros errores, quedó envuelta en una serie de elementos indeseables.

            La Esencia es la Conciencia, y está envuelta o embotellada entre un cúmulo de elementos indeseables. Es necesario quebrantar tales elementos, para que la Esencia quede des­pierta. Una Esencia despierta, una Concien­cia despierta, tiene acceso a los mundos supe­riores de eternidad, una Conciencia despierta puede tocar o palpar las grandes realidades del Mundo del Espíritu Puro; una Conciencia despierta puede dirigir todas las circunstan­cias adversas de la vida; una Conciencia des­pierta no es víctima jamás de las circunstan­cias: puede dirigirlas a voluntad, puede originar nuevas circunstancias. Pero, para que la Conciencia despierte, los elementos indeseables que llevamos en nues­tro interior deben ser destruidos. Esos elemen­tos son: la ira, la codicia, la lujuria, la envidia, el orgullo, la pereza, la gula, etc. Es necesario elimi­nar tales elementos, y en vez de eso, crear algo diferente.

            Esos elementos indeseables que llevamos en nuestro interior, son una creación falsa, una falsa creación, y debe ser destruidos.

            Cada uno de nosotros carga en su interior una falsa creación. Necesitamos hacer una creación nueva dentro de nosotros mismos, y esto solamente es posible destruyendo nuestros defectos psicológicos, acabando con todos esos errores que llevamos en lo más profundo de nosotros mismos (acabar esos errores, acabar esos elementos, crear algo nuevo en nosotros).

            ¡Es posible crear algo nuevo, es posible crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser! Si cada humanoide aprovechara esa energía creadora que lo trajo a la existencia (esa ener­gía mediante la cual pudo llegar a tener un cuerpo de carne y hueso), si llegara a la edad de los veintiún años, y en vez de despilfarrar esa energía la aprovechara para crear sus Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, la Esencia quedaría vestida con esos cuerpos, esa sería una creación nueva (más vale hacer una crea­ción nueva, que continuar con esa creación vieja que tenemos).

            La creación vieja que llevamos en nuestro interior, repito, está constituida por los agregados psíquicos, y esos agregados son nuestros defectos.

            Tenemos innumerables defectos. Realmen­te, aunque poseyéramos mil lenguas para hablar y paladar de acero, no acabaríamos de enumerarlos a todos cabalmente. Eliminar tales de­fectos, tales agregados, es lo indicado, y en vez de esos agregados, que parecen un ver­dadero enjambre de demonios en nuestra psiquis, en nuestro interior, crear, repito, los Cuer­pos Existenciales Superiores del Ser. Estos se crean con las mismas fuerzas con la que nuestro cuerpo físico fue creado, con la misma fuerza con la que se desarrolló entre el vientre materno, con la misma fuerza que lo hizo crecer desde niño, hasta la edad de los veintiún años. Tal fuerza se llama "sexual", es la energía del sexo.

            Así pues, en los tiempos antiguos las gentes eran mas sabias. En la Lemuria se vivía de doce a quince siglos. Había, en aquella época, tiempo suficiente para que la Esencia pudiera vestirse con los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser. Los lemures, después de la edad de los veintiún años, en vez de despilfarrar la energía crea­dora, la transmutaban; con esa energía creaban los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser. Y si demoraban en casarse muchos siglos, no importaba, porque vivían de doce a quince siglos. De manera que siempre, a la larga, podían darse el lujo de fabricar, mediante esa fuerza sexual, los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser.

            Hoy en día, la vida es muy breve. A los veintiún años comienza propiamente la juventud; antes de los veintiún años, está la adolescencia y la prime­ra y segunda infancia. Desgraciadamente, los adolescentes ya gastan esa energía, sin haber terminado, ni siquiera su desarrollo como hu­manoides. Si los adolescentes, en vez de despilfarrar esa energía, la ahorraran, y al llegar a los veintiún años la aprovecharan inteligentemente para crear los Cuerpos Existenciales Superio­res del Ser, tendríamos una cosecha de Maes­tros. Desgraciadamente, al llegar a la adoles­cencia, a la juventud, viene el despilfarro de la energía creadora, vienen los abusos sexua­les, etc.

            Hoy en día estamos de afán, ya no se vive de doce a quince siglos. Hoy en día, hay que crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser antes de que llegue la vejez, porque si lle­gamos a viejos y no hemos creado esos cuerpos, tendremos que desencarnar habiendo perdido el tiempo; nos encontraremos en el Mundo Astral, entonces, convertidos en algo que no tiene ningún valor, puesto que, ¿qué es la muerte? La muerte es una resta de quebrados. Cuando llega la hora de la muerte, ¿qué es lo que continúa en el más allá? Los valo­res. Ustedes saben que si hacemos una res­ta de quebrados, eso es lo que queda: los valores. Y la muerte es una resta de quebra­dos y lo que continúa son los valores.

            Pero, ¿qué valores son esos? Valores positivos y valores negativos: los Yoes del bien y los Yoes del mal (los Yoes de nuestros defectos; todos esos son Yoes).

            ¿Qué es el Ego, pues? Una suma de Yoes. Y esos Yoes, ¿qué son? Elementos inde­seables, subjetivos. No todos los Yoes son malos; los hay buenos, pero no saben ha­cer el bien, hacen el bien cuando no se debe hacer; los Yoes del bien, no saben hacer el bien. Ustedes saben, por ejemplo, que el agua dentro del lavamanos, es útil; ustedes saben muy bien que el fuego, en la cocina, es bueno. Pero si el agua, por ejemplo, se sale del lava­manos e inunda la casa, será mala. Si el fuego se sale de la cocina y quema las cortinas de la sala, será malo. Así, "bueno" es lo que está en su lugar; "malo", lo que está fuera de lugar.

            Los Yoes buenos que tenemos dentro, no saben hacer el bien, hacen el bien cuando no se debe hacer. No lo saben hacer, y si lo hacen, lo hacen mal. Por eso es que es necesario aca­bar con los Yoes del bien y acabar con los Yoes del mal; empuñar la espada de la Jus­ticia Cósmica, pasar más allá del bien y del mal. Eliminar, digo, la creación equivocada que todos llevamos dentro, hacer una creación nueva. Eso es importantísimo.

            ¿Cómo haremos esa creación nueva? Pues, sencillamente, transmutando la energía creadora. En vez de andar en lascivias, en fornicaciones, aprovechar esa energía que puso nuestro cuerpo en la existen­cia, esa energía maravillosa que nos hizo cre­cer; utilizarla sabiamente, para crear los Cuer­pos Existenciales Superiores del Ser.

            Si no hiciéramos el trabajo, si no acabára­mos con esa creación equivocada que tenemos dentro (la de los Yoes), pues eso es lo único que continuará allá, en la Eternidad: ese montón de diablos. Pero si nosotros creamos los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser y eliminamos nuestros defectos psicológicos, re­cibiremos los principios anímicos y espiritua­les, y nos convertiremos en hombres de verdad, en hombres reales.

            Con la energía sexual, se pueden hacer ma­ravillas. Si transmutamos la energía sexual, con ella podemos crear el Cuerpo Astral. Uno sabe que tiene un Cuerpo Astral cuando puede usarlo, cuando puede viajar con él. Uno sabe que tiene un Cuerpo Astral cuando puede usar­lo, como las manos o como los pies. Ese Cuer­po Astral está sometido a veinticuatro leyes, es un orga­nismo maravilloso. Raras son las personas que nacen con un Cuerpo Astral; no es un implemento necesario para la vida, pero uno puede crearlo, puede fabricarlo. Quien se dé ese lujo, después de muerto se encontrará con que tiene una verda­dera personalidad astral, se encon­trará con que continúa vivo en esa región de los muertos.

            También puede uno darse el lujo de crear el Cuerpo Mental. Las gentes comunes y co­rrientes no tienen Cuerpo Mental. Como quiera que, realmente, cada defecto psicológi­co está personificado por un Yo, tenemos muchos Yoes en nuestro interior, y no uno sólo, y cada uno de los Yoes que tenemos, tiene su propia mente para pensar; de manera que nosotros tenemos muchas mentes. Quienes hablen, quienes digan que tenemos una sola mente, están equivocados. Necesita­mos crear una mente individual, y eso es posi­ble transmutando la energía sexual y eliminan­do en nuestro entendimiento, la multitud de Yoes que tenemos. Uno sabe que posee el Cuerpo de la Razón Objetiva, o de la mente individual, cuando verdaderamente aprende a pensar de acuerdo con los datos de la Conciencia.

            El Cuerpo Mental es el Cuerpo de la Razón Objetiva. Hay dos tipos de razón, mis queri­dos hermanos. La primera es la Razón Subjetiva. Ella se fundamenta en las per­cepciones sensoriales externas; con los datos de los sentidos, elabora sus conceptos de conteni­do y así funciona: no puede saber nada de lo real de la verdad, del Ser, de Dios, porque sus procesos razonativos se basan en los datos de los cinco sentidos y nada más. Por eso Don Emmanuel Kant, el gran filósofo de Königsberg, en su "Crítica de la Razón Pura" demostró que la Razón Subjetiva (la razón ésta, común y corriente, que poseemos todos), nunca puede saber nada de la verdad, de lo real.

            Pero hay otra razón que bien vale la pena desarrollar en nosotros, me refiero, en forma clara, a la Razón Objetiva. La Razón Objetiva se tiene cuando se tiene un Cuerpo Mental, individual, y ese Cuerpo Mental hay que fabri­carlo y se fabrica con la energía sexual, me­diante la transmutación de la energía creadora.

            Quien posea ese Cuerpo Mental, tendrá Ra­zón Objetiva. La Razón Objetiva se funda­menta en los datos de la Conciencia, funciona con los datos que aporta la Conciencia. Hom­bres de Razón Objetiva son los sabios verda­deros, los iluminados. Uno sabe que posee un Cuerpo Mental, individual, cuando es capaz de recibir la sabiduría divina directamente, cuando es capaz de pensar sin necesidad de los informes de los cinco sentidos.

            Y hablando de la voluntad, ¿qué diremos? Las gentes comunes y corrientes no tienen una voluntad definida. Como quiera que tenemos dentro una creación equivocada, defectos per­sonificados por tales y cuales Yoes, obvia­mente cada uno de esos Yoes, cada uno de esos demonios pensantes que llevamos en nuestro interior, posee su "voluntad" propia. Así pues, tenemos muchas voluntades, no una sola voluntad. Necesitamos crear el Cuerpo de la Voluntad Conscien­te, para poder dirigir nuestros actos. Quien se dé el lujo de crear el Cuerpo de la Voluntad Consciente, podrá originar nuevas circunstan­cias, no será víctima de las circunstancias. Nosotros necesitamos crear ese cuerpo (el Cuerpo Causal, como se le llama tam­bién). Quien se dé el lujo de crearlo, obvia­mente se convierte en un Maestro.

            Un hombre con los Cuerpos Físico, Astral, Mental y Causal, es un hombre ya desarrolla­do. Los animales nacen completos, pero el humanoide nace incompleto: necesita desa­rrollarse, completarse, mediante trabajos cons­cientes y padecimientos voluntarios; necesita transmutar la energía creadora, para crear los Cuerpos Astral, Mental y Causal, y recibir los principios anímicos y espirituales (así se con­vierte en hombre); necesita eliminar la creación equivocada que lleva dentro, constituida por el Yo pluralizado (multitud de demo­nios, personificando errores, y que todo ser hu­mano lleva en su interior).

            Así pues, hay que desarrollar al hombre dentro de nosotros mismos; hay que crear al hombre, necesitamos de la disponi­bilidad al hombre; crearlo es indis­pensable.

            El Cuerpo Astral tiene sus leyes: está go­bernado por veinticuatro leyes. El Cuerpo Mental tam­bién es un organismo maravilloso, dirigido por doce leyes y el Causal está gobernado por seis leyes. EL Cuerpo Astral tiene su anatomía, su fisiología, su biología. Existe un procedimiento secreto que permite, al Adepto que desencarna, continuar viviendo aquí (en el mundo físico) con el Cuerpo Astral. Se puede materializar tal cuerpo, y vivir físicamente, convivir físicamente con las gen­tes, durante un año, después de muerto. Es un organismo completo; debe alimentarse también, y se alimenta cuando nosotros aprendemos a transformar las impresiones diversas de la vida, cuando aprendemos a transformarlas mediante una clave, muy sencilla, que consis­te en aprender a recibir con agra­do las manifestaciones desagra­dables de nuestros semejantes. Quien haga eso, con tales impresiones transformadas, podrá alimentar al Cuerpo Astral, para que se desarrolle plenamente.

            Yo quiero que ustedes tengan un Cuerpo Astral y que puedan funcionar en todos los ámbitos del universo; que puedan, con ese cuerpo, viajar a cualquier lugar de la Tierra: que puedan asistir, con ese cuerpo, a la Gran Logia Blanca. Yo quiero que ustedes tengan un Cuerpo Mental, para que ustedes aprendan a recibir el conocimiento de su propio Ser, en forma directa; para que no dependan más de los cinco sentidos, para que puedan experi­mentar la verdad. Yo quiero que ustedes ten­gan un Cuerpo de la Voluntad Consciente, para que no sean víctimas de las circunstancias, para que puedan originar nuevas circunstancias.

            Hay necesidad de hacer una creación nueva dentro de nosotros mismos, es indispensable crear al hombre dentro de sí mismos, pero tam­bién se hace indispensable eliminar la creación equivocada que llevamos en nuestro interior: la ira, la codicia, la lujuria, la envidia, el or­gullo, la pereza, la gula… Todos esos defec­tos están personificados por demonios vi­vientes. En el Egipto antiguo, a tales demonios se les denominaba "Demonios Rojos de Seth". Así pues, debemos acabar con esos Demonios Rojos para libertar el Alma, para libertar la Conciencia, y en vez de esa creación equivocada, fabricar los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser.

            Hay que hacer la Gran Obra, pero hacerla con amor. Y después de recibir este conoci­miento, hay que compartirlo con nuestros semejantes, llevar la enseñanza a todos los rin­cones del mundo, fundar por donde quiera, grupos de gentes que estén, en verdad, dispues­tas a estudiar todo el cuerpo de doctrina.

            Es necesario que ustedes comprendan que el Sol está haciendo un gran ensayo: el Sol quiere crear hombres. Durante la época de Abrahán, hubieron bastantes creaciones de hombres; en los primeros ocho siglos del cris­tianismo, también hubo bastantes hom­bres, que fueron creados; en la Edad Media, unos cuantos fueron creados, pero en esta época las creaciones han sido muy pobres.

            El Sol está haciendo un ensayo, pero como quiera que las creaciones han sido muy pocas, va a destruir esta raza y la va a destruir den­tro de poco, con un gran cataclismo. Es bueno que ustedes sepan que una raza no dura más que lo que dura un año sideral. Así como la Tierra tiene su año, que consiste en la vuelta de la Tierra alrededor del Sol, en 365 días y algunas fracciones, con minutos y segundos, así también existe un año sideral. Y es que nuestro Sistema Solar, junto con nuestra Tierra, viaja alrededor del Cinturón Zodiacal (ese viaje equivale a unos 25.968 años, ese es el tiempo que dura una raza). Nuestra raza empezó después del "Diluvio Universal"; entonces se inició un viaje que comenzó en el Signo del Aguador, pero el viaje está concluyendo porque ya el Sistema Solar regresó, otra vez, al Signo del Aguador. Durante el trayecto, los Polos de la Tierra se van desviando, y ya sabemos que, en estos mo­mentos, el Polo Geográfico no coincide con el Polo Magnético. En estos instantes, si un avión viaja hacia el Polo, dirigido por la aguja magnética, al descender sobre lo que se consi­dera exactamente el Polo, nos hallaremos con que ya no está el Polo en ese lugar, porque ya no coincide el Polo Magnético con el Polo Geográfico: los Polos se están desviando hacia el Ecuador. A ello se deben los cambios en los climas, las alteraciones en la primavera, las alteracio­nes en el verano, etc., y pronto los ejes de la Tierra se habrán revolucionado.

            Añádese, a ese acontecimiento insólito, la venida de "Hercólubus": un gigantesco monstruo que viene a devorarse la Tierra. Está ya a la vista de todo los telescopios del mundo, forma parte de un Sistema Solar muy lejano, que se llama Sistema Solar de Tylo. Hercólubus es seis veces más grande que Júpiter y pasará por un ángulo del Sistema Solar. Cuando esto sea, se precipitará la revo­lución de los ejes de la Tierra, y el fuego de los volcanes, atraído por la fuerza de gravedad de Hercólubus, incendiará al mundo, y el agua completará la tragedia: los mares cambiarán de lechos, y estas tierras sobre las cuales noso­tros estamos viviendo, quedarán en el fondo de los mares.

            El viaje está concluyendo; solamente faltan unos pocos grados, verdaderamente, para que el viaje llegue a su final. Y es bueno que uste­des entiendan eso: que el viaje está conclu­yendo y que una raza no dura más que lo que dura el año sideral.

            Ahora bien, así como la Tierra tiene sus cua­tro estaciones (Primavera, Verano, Otoño e Invierno), así también el año sideral tiene cuatro estaciones: Primavera, la Edad de Oro; Verano, la Edad de Plata; Otoño, la Edad de Cobre; Invierno, la Edad de Hierro. En estos instantes, estamos en la Edad de Hierro, en el Invierno; la humanidad ha lle­gado al colmo de la perversidad y las creacio­nes humanas son pocas, han sido pocos los éxitos en el tubo de ensayos de la Naturaleza; la gente ha perdido todo interés por la inte­ligencia solar, y cuando la gente pierde todo interés por la inteligencia solar, el Sol también pierde interés por la gente y se da el lujo de crear una nueva raza, para el experimento en el laboratorio de la Naturaleza.

            El Sol quiere crear hombres, pero no es po­sible hacer esa creación si nosotros no coopera­mos con el Sol. Dentro de nosotros están los gérmenes de los Cuerpos Astral, Mental y Causal, que si se desarrollan, nos convertimos en hombres. Pero es necesario que se desarrollen; no pueden desarrollarse si nosotros no coope­ramos con el Sol. Necesitamos cooperar con el Sol, mis estimables hermanos, si es que que­remos el desarrollo de los Cuerpos Existencia­les Superiores del Ser.

            Es necesario entender la necesidad de coo­perar; pero voy a concretar, en forma práctica, lo que estoy diciendo. ¿Qué son los Yoes? Entidades psicológicas que viven en el fondo de nosotros mismos. Los hay buenos, los hay malos; los hay útiles, los hay inútiles, pero son subjetivos e inhumanos, nuestra Con­ciencia está embotellada entre esos Yoes. Necesitamos pulverizarlos, reducirlos a cenizas y eso es posible si nosotros nos encontramos siempre en estado de alerta percep­ción, alerta novedad. Es en el terreno de la vida práctica donde debemos autodescubrirnos, porque en relación con aquellos que nos rodean, los defectos que llevamos escondidos afloran, y si estamos aler­tas, los vemos. Defecto descubierto, es un Yo descubierto, un Yo que tiene mente para pensar, que tiene "voluntad", que tiene deseos, es una entidad viviente, que vive en nosotros, diabólica. Si nosotros nos proponemos destruirla, la destruimos. Lo pri­mero que interesa es descubrir, para lue­go desintegrar.

            Observación, es indispensable: ob­servar nuestros propios defectos psicológi­cos, y después enjuiciarlos y por úl­timo desintegrarlos. A los espías, en la guerra, primero se les observa, segundo se les enjuicia y tercero se les fusila (así tenemos que hacer con los Yoes). Si un pensamiento de ira nos asalta, es un Yo que debemos primero observar, luego enjuiciar y tercero desintegrar. Y no es posible desinte­grar, ningún defecto psicológico, con la mente. La mente, por sí sola, puede rotular a cual­quier defecto con cualquier nombre que quiera, pasarlo de un nivel a otro, esconderlo de sí misma y de los demás, pero no acabarlo, no aniquilarlo. Se necesita de un poder que sea superior a la mente. Afortunadamente, ese poder existe. Quiero referirme en forma enfá­tica, al poder del Kundalini. Mediante la Di­vina Madre Kundalini, podemos nosotros pul­verizar cualquier defecto. Kundalini es Tonantzin, Kundalini es Isis, Kundalini es Ram Io; Kundalini es, también, Diana Cazadora, y es también Adonía, y es In­soberta, y es Rea, y es Cibeles, y es María: una parte de nuestro propio Ser, pero derivado. Si apelamos a ella, a esa parte de nuestro pro­pio Ser, y le suplicamos de corazón que desinte­gre el Yo que nosotros hallamos entendido, que hallamos comprendido, ella así lo hará: lo pulverizará, lo desintegrará. Y al fin, con ese procedimiento, podremos ir desintegrando, acabando con todos los Yoes que tenemos en nuestro interior, y un día, la Esencia estará libre.

            Así pues, eliminar esa creación equivoca­da, es necesario para hacer dentro de nosotros una creación nueva: crear los cuerpos de oro para el Cristo Intimo, levantar el Templo del Señor dentro de nosotros mismos (es un Templo de oro puro) y ese Templo estará formado por los Cuerpos Exis­tenciales Superiores del Ser, y esos cuerpos se formarán transmutando la energía creadora.

            Todo eso se lo enseñaremos en nuestras obras (todo el tantrismo). Les enseñaremos cómo transmutar esa poderosa energía, para poder crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser.

            En mis libros, he escrito lo que es esa Cien­cia. Existe "El Matrimonio Perfecto", existe "El Misterio del Aureo Florecer", existe "La Doctrina Secreta de Anáhuac". En esos libros se encuentra la clave para transmutar la ener­gía creadora y crear mediante ella, los Cuer­pos Existenciales Superiores del Ser y conver­tirnos en hombres.

            Así pues, eliminar lo inhumano, es necesa­rio y crear dentro de nosotros lo humano, es inaplazable, impostergable. Sacrificio por la humanidad es el tercer factor. Claro, si ama­mos de verdad a los seres humanos, levantare­mos la antorcha bien en alto, para mostrar el camino a otros.

            Hoy en día, así como estamos, no somos sino, sencillamente, humanoides (desgra­ciadamente). Ha llegado la hora de crear al hombre, de que surja el hombre, de que apa­rezca el hombre. Las gentes se siguen creyendo hombres, pero el hombre es el rey de la creación. ¿Cuál pue­de gobernarse a sí mismo? Y si no somos capa­ces de gobernarnos a sí mismos, ¿cómo podría­mos gobernar el universo? Y si el hombre es el rey del universo, ¿entonces no resultaría aca­so contradictorio decir que todos los que pobla­mos la Tierra somos hombres? Si eso fuera cierto, seríamos todos reyes de la creación, amos del universo y hasta ahora no somos ni siquiera amos de sí mismos: somos víctimas de las circunstancias, víctimas de nuestros propios errores.

            Hay necesidad de destruir esa creación equi­vocada que llevamos en nuestro interior y hacer una creación nueva. Bello es poseer un Cuerpo Astral, para explorar todos los rinco­nes del universo; bello es poseer una mente que pueda funcionar con los datos exclusivos de la Conciencia; bello es poseer un Cuerpo de la Voluntad, una voluntad individual que le per­mita, a uno, gobernar todas las circunstancias, hacerse amo (pero amo de verdad), amo del universo

            Hasta aquí mi plática de esta noche. Pero estoy dispuesto, naturalmente, a responder pre­guntas. Todos, cada cual puede preguntar, en relación con el tema, lo que bien quiera.

 

 Para seguir leyendo hacer clic acá          


La búsqueda de nuestra propia Realidad (parte 2)

 
P.- Quiero preguntarle, Maestro, lo siguiente: ¿un hombre de setenta u ochenta años puede crear sus Cuerpos Solares?

            R.- Bueno, ya a esas horas de la vida, la cosa está grave: pero sí puede darse el lujo de luchar mucho por la desintegración del Ego, del Yo, del mí mismo. Y si empieza a trabajar sobre sí mismo, desintegrando todos los errores que lleva en su interior, en una nue­va existencia continuará su trabajo, podrá darse el lujo de crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser. Pero ante todo es necesario que ande en este conocimiento. No basta estudiar la Gnosis, es necesario que la Gnosis llegue a la Conciencia, al Ser; porque si la Gnosis se queda en la per­sonalidad (nada más), si se queda únicamen­te en lo exterior, en el intelecto, y no pasa a la Conciencia, entonces, en la nueva existencia, no se logrará ningún acuerdo de sus anhelos, de sus deseos de autorrealización. Pero si uno ama la Gnosis, esa Gnosis entra en la Concien­cia, y en una nueva existencia pues trabajará de verdad por su autorrealización. ¿Algún otro hermano quiere preguntar?

 

            P.- En este camino de la Gnosis, ¿es nece­sario llegar a derramar hasta la propia sangre?

            R.- Pues claro: nosotros no debemos dudar en derramar nuestra sangre, en el nombre de Nuestro Señor El Cristo (porque hay necesidad de destruir los Yoes; se refiere a matar los Yoes, a quebrantarlos, a reducirlos a cenizas). No olvide usted que dentro de cada persona hay muchas personas, que cada Yo es una persona, que cada Yo tiene mente para pensar, voluntad para hacer; que son muchas las personas que entran y salen dentro de nuestro cuerpo, y que nos manejan a noso­tros, sencillamente como simples marionetas, nada más. Somos robots, controlados por esas tantas personas que viven en nuestro interior. ¡Hay que destruirlas! ¿Algún otro quiere pre­guntar? A ver, hermana.

 

            P.- Hay un hermano que entró a la Gnosis y ya se quiere salir. ¿Por qué este hermano, que tiene tan poco tiempo, ya se quiere salir de las enseñanzas?

            R.- Porque está degenerado. Empezando porque ya ni usa todo su cerebro para pensar. Observen ustedes que, si en medio de una gran pachanga, ponemos una Sinfonía de Beetho­ven, no quedaría nadie de los invitados, ¿ver­dad? Ya a nadie le gusta la música de los grandes Maestros. Para que la humanidad llegara a apreciar esa música, habría que em­pezar por regenerar el cerebro.

            La raza está degenerada. En tiempos de la Lemuria se podía vivir de doce a quince siglos, por­que el ser humano estaba gobernado por otra ley, por otro principio, que era el principio que gobierna la vida de los hombres: el Prin­cipio Fulasnitamiano. Pero cuando la humanidad se degeneró, porque se desarrolló el Ego, se desarrollaron las pasiones, se desa­rrollaron los vicios, entonces ya el animal in­telectual quedó gobernado por la ley que go­bierna a los animales, que es el Principio Itoclanos. Total que, hoy ya no estamos gobernados por el Principio Fulasnitamiano, que es el de los hombres; hoy estamos gobernados por el mismo principio que gobier­na a los caballos y a los burros, que es el Prin­cipio Itoclanos.

            Uno se muere muy pronto, ya la vida casi no dura. En la Atlántida, por ejemplo, se vivía, no tanto como doce o quince siglos, pero sí por lo menos la mitad. En Egipto, ya la humani­dad se había degenerado tanto, que no alcan­zaba a vivir sino ciento cuarenta años. En la Edad Media se podía pasar de los cien años (ciento diez, ciento veinte); ahora, por estos tiempos, la gente se está mu­riendo entre los cincuenta y sesenta y cinco años. De manera que la gente ya casi no vive, ya casi no hay tiempo para fabricar los Cuerpos Existenciales Supe­riores del Ser; se mueren sin haber fabricado esos cuerpos y se continúa en el Mundo Astral, convertido uno en un montón de diablos, sin individualidad, sin nada. No tenemos una ver­dadera realidad; necesitamos crear esos cuer­pos y acabar con nuestros defectos para hacer­nos hombres, pero hombres de verdad. Y esto que estoy diciendo, puede ser comprobado. Si ustedes aprenden a salir del cuerpo físico a voluntad, podrán ver en el Astral a los desen­carnados. Es muy fácil salir del cuerpo físico, no hay sino que acostarse con la cabeza hacia el Norte, relajar bien el cuerpo, pronunciar el mantram FARAON, así: FAA-RRRA-ON, muchas veces, pero con la mente, y adormecerse uno, adormecerse, y cuando ya esté entre dor­mido y despierto, suavemente levantarse de su cama, pero sintiéndose siempre identificado con el Ser, y si lo hace así, el cuerpo quedará en la cama. Y fuera del cuerpo, si se le ocurre llamar a algún ser querido, de los desencarna­dos, a algún ser amado que murió hace algún tiempo, puede hacerlo, y verán ustedes que ese ser viene en distintas figuras, en distintas for­mas. ¿Por qué? Porque dentro de esa persona habían muchas personas, y esas muchas perso­nas son las que continúan en el más allá.

            Así pues, eso es muy fácil comprobarlo por sí mismos, si aprenden a salir del cuerpo físico a voluntad.

 

            P.- Maestro: ¿es posible que alguien pueda hoy vivir más de  cien años?

            R.- Hoy en día asombra que alguien llegue a los cien años, pero realmente, es casi nada lo que ha vivido. Pensemos en la Lemuria, donde se vivía de doce a quince siglos. De manera que la raza humana está degenerada, debido a que la Esencia quedó metida entre el Ego, se desarrolló el Ego, y el Ego acaba con la fuerza vital, destruye la fuerza vital, y entonces el or­ganismo se envejece rápido y muere. Nuestras enfermedades son producidas por el Ego.

 

            P.- ¿Cómo se puede lograr la regeneración del cerebro?

            R.- Pues la regeneración se logra transmu­tando la energía creadora. Los casados la trans­mutarán en la Novena Esfera, siguiendo por la senda del Matrimonio Perfecto; los sol­teros la podrán transmutar mediante el Prana­yama, o la podrán transmutar mediante el Vajroli Mudra (hay distintas formas de transmutación para solteros). Pero, en todo caso, hay que transmutar la energía creadora, no malgastarla, no despilfarrarla.

            Ahora, la creación de los cuerpos solamen­te es posible (únicamente) mediante el Sahaja Maithuna, es decir, siguiendo la senda del Matrimonio Perfecto. Porque el hombre repre­senta la fuerza positiva, la mujer la fuerza ne­gativa, y el Espíritu Santo es la fuerza neutra que los concilia a ambos. Mediante esas tres fuerzas, se puede crear, no solamente una nue­va criatura humana, sino que también se pue­de crear un nuevo cuerpo; eso es obvio. Las tres fuerzas hacen la creación; la fuerza positiva y la fuerza negativa y la fuerza neutra, pueden crear. Pero si van dirigidas hacia lu­gares distintos, no se daría ninguna creación. Para que surja una creación, se necesita que las tres fuerzas incidan, se encuentren en un mismo punto, y entonces hay una creación. Uno (solo) puede transmutar toda su energía creadora, pero en esa forma no puede crear tampoco un nuevo cuerpo; mas sí puede utili­zar esa energía para regenerar su cerebro totalmente. Si se sigue la senda del Matrimonio Perfecto, no solamente se va a regenerar el cerebro, sino que también se van a crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, por­que va a trabajar con las tres fuerzas. ¿Hay alguna otra pregunta?

 

            P.- ¿Qué nos puede decir de la música moderna?

            R.- Pues la música actual es una música más bien infrahumana. Esa música está rela­cionada, pues, con las emociones inferiores y con las pasiones animales. Pero la música su­blime de los Maestros, puede ayudarnos tam­bién a sublimar la energía creadora. De ma­nera que esa música actual nos perjudica gra­vemente. Ya no saben nada, los músicos de este tiempo, sobre la sagrada ley del Eterno Heptaparaparshinok (la Ley del Siete). En los tiempos antiguos se construyó un aparato que se llamaba "Alantafan", que daba las cuarenta y nueve notas del universo (el siete multiplicado por sí mismo) y como resultado de eso, surgía el Sonido Nirioosnisiano del Uni­verso, la nota síntesis de la Tierra. Dos sabios antiguos, hermanos gemelos, iban al Desierto de Gobi, a escuchar siempre la nota clave del universo. Quien aprenda a manejar esa nota clave, puede salir del cuerpo físico a voluntad; quien aprenda a manejar esa nota clave, puede hacer maravillas y prodigios.

            La música actual nada tiene que ver con la nota clave, ni con la ley sagrada del Eterno Heptaparaparshinok. Es una música que sólo sirve para desatar las pasiones animales; esa música es propia de una raza que está degene­rada. ¿Alguna otra pregunta?

 

            P.- ¿No se puede alargar el tiempo de vida, mejorando la comida, por ejemplo?

            R.- Pues se han hecho muchos ensayos, y sin embargo vean: Eisenhower murió rodeado de médicos, con dietas maravillosas. Stalin murió rodeado de camarillas de científicos, ¿y qué? Yo he conocido vegetarianos extra­ordinarios, que han ido muriendo poco a poco por debilidad. La mejor manera de poder uno alargar la vida, es despertando Conciencia. Si uno despierta su Conciencia, puede nego­ciar con los Señores del Karma y vivir bastantes años, los necesarios como para poder darse el lujo de fabricar los Cuerpos Existenciales Su­periores del Ser. Ahora, quien llega a autorrealizarse de verdad, obviamente puede, por tal motivo, recibir el Elixir de Larga Vida, que le permita vivir sobre la faz de la Tierra millones de años. El Conde Cagliostro actuó, durante los siglos XVII, XVIII y XIX, en Euro­pa, y todavía en 1.939 volvió a Europa, y volverá en 1.999 (está vivo). Cagliostro, que creen algunos que murió en una cárcel, y otros que murió por allí, en duelo con otro espadachín, se equivocan: está vivo. Todo el que llegue de verdad a autorrealizarse, puede vivir millones de años. Sólo autorrealizándose, se puede alargar la vida… ¿Hay alguna otra pregunta? ¡Hable, hermano!

 

            P.- Cuando usted dice: "salir en Cuerpo Astral", ¿se debe entender que uno posee un Cuerpo Astral Lunar y que con ese vehículo puede viajar por las regiones suprasensibles?

            R.- Sólo el hombre tiene cuerpos; el ani­mal intelectual no tiene cuerpos. Eso de que tiene "Cuerpo Astral Lunar", no es así. El animal intelectual lo único que tiene por dentro, son demonios; es un montón de diablos, pero no tiene más. Cuando uno dice: "salir en Cuerpo Astral", habla en forma con­vencional. Son los Yoes, que se penetran y compenetran entre sí. La Esencia va allí em­botellada y puede escapar y salir y viajar y co­nocer el Mundo Astral (hasta cierto punto: no mucho, pero hasta cierto punto). Lo que en alguno de mis libros dije sobre "Cuerpos Lunares", me refería era a los Yoes y a los tres principales demonios que todo el mun­do lleva dentro, que son: el demonio del deseo, el demonio de la mente y el demonio de la mala voluntad, que hacen las veces de Astral, Mental y Causal, pero que no son sino demonios. De manera que, prácticamente, el animal intelectual no tiene ninguna clase de cuerpos: ni solares, ni lunares, ni nada; es un montón de diablos que hay que volver polvo, para que la Concien­cia quede libre y pueda ver, oír, tocar o palpar las grandes realidades del universo. ¿Hay alguna otra pregunta?

 

            P.- ¿Qué tiempo, exactamente, dura o per­manece el Alma en el cuerpo de una persona, después que fallece?

            R.- Bueno, se nos ha dicho que el fuego sostiene toda la creación, pero que cuando el fuego se retira, la creación se acaba. El fue­go, en nosotros, es la Esencia es el Alma, es la Conciencia, que está metida entre el Ego. Cuando esa Esencia se retira, el cuerpo fa­llece (pero cuando se retira definitivamente; porque puede retirarse a viajar, como lo hace durante el sueño. Pero cuando definitivamen­te se retira, el cuerpo fallece, no fallece antes). Y para que fallezca el cuerpo, los Angeles de la Muerte tienen que cortar el "Cordón Pla­teado". Cuando lo cortan con la hoz, el cuerpo fallece. De manera que, muerto el cuerpo, el Alma tampoco está allí, entre el cuerpo (está afuera). Precisamente, muere el cuerpo porque el Alma se va (el Alma es la Esencia, o la Conciencia). ¿Hay alguna otra pregunta?

 

            P.- Maestro: el señor Lobsang Rampa ha­bla del "Cordón de Plata" y habla del "Cor­dón de Oro". ¿Qué dice usted sobre eso?

            R.- Cuestión de términos, porque realmen­te, hablar de "Cordón de Oro", eso solamente los Dioses. Porque los Cuerpos Astral, Mental y Causal en los Dioses, son cuerpos de oro, de oro purísimo, de oro de la mejor calidad; de oro tal, que ni las minas más ricas de la Tierra lo pueden producir. Los cuerpos de esa clase tienen un "Cordón de Oro", pero, ¿tener "Cor­dón de Oro"? ¡Eso es para los Dioses! Las gentes comunes y corrientes tienen un cor­dón lunar, el "Cordón de Plata"; eso es todo, ¿alguna otra pregunta? Pregunten todos, no quiero que nadie quede con dudas; quiero que se saquen aquí todas las dudas, de una vez y para siempre. A ver, hermana.

 

            P.- A mí me preocupa cómo llegar a la gente, cuando la gente no quiere escuchar.

            R.- Pues "a la brava" no puede llevar uno a nadie, ni al cielo. Dicen que "ni los zapatos a la fuerza entran". El que no quiere escu­char, pues no quiere escuchar; no podemos for­zarle a que escuche. Nosotros, cuando mucho, podemos darle la enseñanza, pero si él no la quiere recibir, pues "a la fuerza ni los zapatos entran". Uno cumple con dar las enseñanzas; si no la aceptaron, ni modo. ¡Hasta luego y ahí nos vemos!

            ¿Alguna otra pregunta? A ver, hermana, hable.

 

            P.- Maestro: ¿podría hablarnos un poco mas sobre ese instrumento que daba las cuarenta y nueve notas del universo?

            R.- El "Alantafan" es un instrumen­to que inventaron dos hermanos Iniciados, ge­melos, en la antigua China. Ellos descubrieron que el universo tenía cuarenta y nueve notas, y elaboraron un instrumento precioso. Ahí entraban en activi­dad muchos elementos. Actualmente, todos los aparatos de música no son sino degeneraciones o involuciones del Alantafan. Ellos hicieron experimentos como el siguiente (ha­ciendo vibrar ese instrumento que daba cuarenta y nueve no­tas, pues actuaron sobre muchas cosas; empe­zaron por actuar sobre una octava, por ejem­plo, desde el Do hasta el Si): hacían pasar, por ejemplo, un rayo coloreado del prisma solar a través de las notas musicales, y cambia­ba de color. Ellos aprendieron a sacarle la diapositiva al prisma solar. Las gentes actuales lo único que conocen es el prisma, pero lo conocen en su aspecto negativo. Aquellos sabios su­pieron sacarle la positiva al prisma solar, y utilizaron los siete colores fundamentales para hacer muchos experimentos. Entre esos, por ejemplo, se hizo pasar un color determi­nado del prisma (en su forma positiva) sobre un pedazo de bambú, y el pedazo de bambú se tiñó de inmediato con algún color. Se hizo pasar, dijéramos, el color azul (en su forma positiva) sobre el opio, y el opio cam­bió inmediatamente sus características químicas. Se combinaron las notas de la escala mu­sical con los colores del prisma, en su forma positiva, y esos colores cambiaron, de acuerdo con la escala musical. Así pues, los colores y también la Ley Sagrada del Heptaparaparshinok, se combinan; los sonidos y colores están combinados.

            La gente actual no conoce el prisma en su aspecto positivo; lo conoce únicamente en su aspecto negativo. Si conocieran el prisma en su aspecto positivo, harían maravillas con los siete colores del prisma solar. Y si aprendie­ran a manejar las cuarenta y nueve notas, se harían amos del universo. Esas cuarenta y nueve notas las daba el Alan­tafan, y esas cuarenta y nueve notas y la síntesis de esas cuarenta y nueve notas, es el Sonido Nirioosnisiano. Ese Sonido Nirioosnisiano es la nota síntesis de la Tierra, vibra aquí en el cerebelo de cada uno de ustedes. Si ustedes se acuestan en la noche, silenciosamente; si ustedes suspen­den sus pensamientos, si la mente de ustedes queda quieta y en silencio, y se proponen escu­char qué ocurre dentro de su cerebelo, sentirán un sonido muy sutil, que es el sonido ese del chapulín, del grillo; ese sonido es el Sonido Nirioosnisiano. Si ustedes aprenden a escucharlo, también podrán aprender a levantarle el volumen a voluntad, y cuando aprendan a levantarle el volumen, entonces las puertas de las percep­ciones estarán abiertas. Si ustedes logran levantarle el volumen a ese sonido, y luego, cuando esté resonando, se levantan de su ca­ma, podrán hacerlo con una facilidad extraor­dinaria, y podrán viajar, así fuera del cuerpo, hacia los lugares más remotos de la Tierra (la Esencia de ustedes podrá hacer su viaje). Los que tengan Cuerpo Astral, podrán viajar con su Cuerpo Astral; los que todavía no lo hayan fabricado, viajarán con la Esen­cia; la Esencia les permitirá ponerse en con­tacto con todos los rincones del universo. Pero hay que manejar esa nota clave; sólo hay un instrumento que da esas cuarenta y nueve notas. El piano, el violín, el arpa, no son sino degeneraciones de ese gran instrumento que aquellos dos hermanos, Iniciados de la antigua China, lograron crear.

            Yo conocí esos Misterios, mis queridos her­manos: los Misterios de la Orden del Dragón Amarillo. Yo tuve una existencia en China (o varias existencias), pero en una de esas tantas, en que me llamé Chou Lí, y en la que pertenecí a la Dinastía Chou, conocí los Misterios de la música y del color, y conocí las Siete Joyas del Dragón Amarillo. He recibido orden del Logos para enseñar, a los que va­yan surgiendo, a los comprensivos, esa doctrina antigua mediante la cual uno podía desembo­tellar la Esencia (a voluntad) para experimen­tar la verdad. ¿Hay alguna otra pregunta?

 

            P.- Maestro: ¿el Alma evoluciona igual con cuerpo de hombre que con cuerpo de mujer?

            R.- Pues voy a decirte una gran verdad: eso de "evolución", está fuera de orden. Voy a decirte por qué. Porque en los tiempos antiguos, la gente no estaba embotellada en el dogma de la evolución. En los tiempos anti­guos, la gente sabía que existía la Ley del Pén­dulo; sabían que un extremo del péndulo le­vantó a Egipto y que el otro extremo del pén­dulo levantó a los judíos. Cuando volvió el péndulo a cambiar, surgió la civilización grie­ga; cuando volvió a cambiar otra vez y pasó al otro extremo, levantó a la civilización árabe; cuando volvió al otro extremo, se levantó la civilización de los godos, etc. De manera que la vida se procesa de acuerdo con la Ley del Péndulo; todo se mueve de acuerdo con esa ley (hasta nuestros sentimientos, el corazón). La gente, por ejemplo, que está triunfante, victoriosa; que cree que va a conseguir mucho dinero y que progresará rápidamente, se en­cuentra con que, de la noche a la mañana, está en la miseria, en la ruina. ¿Cuándo? Cuando el péndulo cambie de lugar, cuando pase de un extremo a otro.

            Los incrédulos materialistas, enemigos del Eterno, que tanta bulla hicieron allá, en Ru­sia, ahora están cambiando, porque el péndulo está cambiando de posición, está yendo al otro extremo, y está comenzando en Rusia a surgir la espiritualidad. La mayor producción (ac­tualmente, por estadísticas) en materias de Parapsicología, está viniendo de la Unión So­viética; de manera que están entrando en la psiquis. Acaban los soviéticos, en este momento, de descubrir el Cuerpo Vital (con lentes y aparatos eléctricos especiales), y lo están es­tudiando. Ya lo bautizaron con el nombre de "Cuerpo Bioplástico" (esos no dan su brazo a torcer: no lo llaman Lingam Sa­rira ni Cuerpo Vital; ellos le pu­sieron el nombre de Cuerpo Bioplás­tico).

            Así pues, la Rusia de mañana puede ser terriblemente fanática, religiosa. Y viceversa: pueblos hoy en día demasiado espiritualistas, mañana serán materialistas. Todo está moviéndose de acuerdo con la Ley del Péndulo; la evolución, pues, no tiene razón de ser. Sin embargo, no negamos su existencia. Hay evo­lución en el germen que se desarrolla y crece, en el árbol que va ascendiendo y que por últi­mo echa ramas y frutos. Y hay involución en el árbol cuyas hojas se van cayendo y cuyos leños se van secando, hasta que al fin se convierte, pues, en un ca­dáver. Hay evolución en la criatura que se está gestando entre el vientre materno, en el joven que se está desarrollando, pero hay involución en el anciano decrépito y que al fin muere. Esas son dos leyes puramente físicas, mecánicas; lo interesante, para nosotros, es salirnos de esas dos leyes y meternos por el camino de la Revolución de la Conciencia.

            En el Arcano 10, está escrito todo. Por el lado derecho de la rueda del Arcano 10 del Tarot, vemos a Anubis evolucionando, subiendo, prendido a la rueda, y por el lado iz­quierdo desciende Tiphon, involucionando. Pero más allá, por encima de la rueda, aparece la Esfinge, que representa los Misterios Sagrados. Ese es el camino, el camino de la Revolución de la Conciencia. La cabeza de la Esfinge está coronada con una corona de nueve puntas de acero, que representa a la Novena Esfera. Quiere decir que en los Misterios del Sexo, está la regeneración del ser humano, está su redención, está su revolución.

            El sendero de la Esfinge no tiene que ver nada, ni con la subida ni con la bajada de la rueda; se aparta de la rueda, va lejos de la rue­da: es el "camino angosto, estrecho y difícil" que nos enseñó El Cristo. Por eso dijo el Gran Maestro: "Estrecha es la puerta y angosto es el camino que conduce a la luz, y muy pocos son los que lo hallan". Así pues, los gnósticos no marchamos por el camino de la evolución, ­ni queremos nada con la involución. Nosotros nos metemos por el camino de la revolución en marcha, de la rebeldía psicológica; por el camino de la Revolución de la Conciencia, por el camino angosto, estrecho y difícil que nos mostró el Divino Rabí de Galilea: Nuestro Señor El Cristo.

            Así pues, no es mediante la evolución que el Alma, que la Conciencia puede llegar a un autodesarrollo íntimo. ¿Que necesita un cuerpo? Sí, lo necesita, para poder trabajar, para poder autoconocerse (para eso estamos aquí).

            Fuera del cuerpo, el Alma recibe informa­ción, y esa información es necesaria para proseguir el camino con pleno éxito. Por eso, apren­der a salir del cuerpo físico es indispensable. En mi libro titulado "La Doctrina Secreta de Anáhuac", he escrito al final, una serie de ca­pítulos sobre "La Yoga del Sueño", con una didáctica detenida, minuciosa, que permitirá a cada uno de ustedes llegar a funcionar, cons­cientemente, en el Mundo Astral. Pero parece que los hermanitos no han estudiado esos ca­pítulos finales de "La Doctrina Secreta de Anáhuac". Allí está toda la técnica a seguir: una técnica nueva, una técnica que ustedes no conocen y que les servirá, hasta en los momen­tos más difíciles, como sistema para llegar al despertar. Pero hay que seguir esa técnica, que está en los últimos seis capítulos de "La Doc­trina Secreta de Anáhuac". Fuera del cuerpo, se puede recibir la información que se necesita; pero aquí, en carne y hueso, hay que trabajar muy duro para autodescubrirse.

            Si algunos hermanos quieren preguntar, pueden hacerlo con entera libertad. No quiero que lleven ustedes dudas por allá; es mejor que de una vez "desembuchen" aquí todo lo que tengan.

 

            P.- Maestro para poder protegerse uno…

            R.- ¿Protegerse de qué?

 

            P.- De las fuerzas negativas, de los Yoes de los demás, que nos perturban…

            R.- Pues voy a decirte que cada uno de no­sotros carga, en su interior, un verdadero enjambre de demonios. ¿Para qué preocuparnos tanto por los ajenos, cuando por dentro tene­mos toda una madriguera de demonios? ¡No vale la pena! Lo mejor es que trabajemos so­bre nosotros mismos.

 

            P.- Maestro: en materia de alimentación, ¿cómo ha de comer uno? Yo tengo entendido que cuando se ingiere la comida, ésta se procesa con las siete notas musicales (Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si).

            R.- Voy a decirles a ustedes una cosa: es cierto, cuando uno come, las siete notas musi­cales resuenan, pero resuenan naturalmente (y a todas horas están resonando, de acuerdo con la Ley del Eterno Heptaparaparshinok). Cla­ro que, cuando uno está mascando los alimen­tos, está la parte más dura y resuena el Do (y resuena porque tiene que resonar; mascando, triturando los alimentos, sale el Do). Al pa­sar por aquí, por todo esto de la laringe y toda esa cuestión, resuena el Re. Al descender, al caer pues a la región del estómago, se da el Mi; pero ya cuando se entra en el proceso del hígado y toda esa cuestión, resuena el Fa de la creación. Después que los principios vita­les entran en el torrente sanguíneo, la nota más elevada es el Si musical, es cuando ya se elabora ese elixir de vida maravilloso, que está en las glándulas endocrinas sexuales: el Exiohe­hari, el esperma sagrado, el azo­gue en bruto, como se dice en Alquimia.

            Así pues, tú no te preocupes por las siete notas, no pienses en eso; allí resuenan. ¡Tú, come tranquilo y ya! A ver, ¿algún otro tiene algo que preguntar?

 

            P.- ¿Hay algo de malo en que las mujeres nos arreglemos, en que nos pongamos bellas, digamos?

            R.- Bueno, voy a decirte una gran verdad: lo bueno, lo verdadero, lo bello, deben estar relacionados. El arreglo personal en la mujer, no tiene nada de malo, no tiene absolutamente nada de malo. El todo está en la actitud que uno asume. Si una mujer, por ejemplo, en el momento en que se está arreglando, por dentro está engreída de su consabida belleza, naturalmente, ha caído en el delito de la vanidad. Pero si solamente se arregla por decoro, se arregla por respeto al prójimo, se arregla para no andar con un horrible desaliño por la calle, pues nada malo está haciendo. Todo depende de la actitud psicológica. En todo caso, lo bello, lo verdadero y lo bueno, deben estar relacionados. El arreglo femenino jamás debe ser condenable.

            Uno tiene derecho a arreglarse, a vestirse bien. Porque, ¿qué diríamos de un hombre con los zapatos sucios, de un hombre con el tra­je todo roto, sucio? Bueno, pobre no es un de­lito, pero ser desaseado, sí es muy grave. Uno puede ser pobre, pero no desaseado. La camisa debe estar limpia, debe tener unos calcetines que no huelan a feo. De manera que, enton­ces, el arreglo personal no perjudica a nadie. Mas aún: uno debe arreglarse personalmen­te, no tanto por uno mismo, sino por respeto al prójimo. Yo podría presentarme aquí con de­saliño, de cualquier manera, pero vengo "medio arregladito". ¿Por qué? Por respeto a uste­des. Si yo viniera aquí en mangas de camisa, todo sucio, como el hombre que se acaba de levantar de la cama, ¿qué diríamos de eso? Que no estaría respetándolos a ustedes, estaría irrespetándolos. De manera que todos debernos arreglarnos, por respeto a nuestro prójimo. ¿Hay alguna otra pregunta?

 

            P.- Maestro: ¿qué representa la "Novena Esfera"?

            R.- La Novena Esfera representa al sexo. Nueve meses permanecemos dentro del vientre materno; nueve edades actúa la humanidad entre el seno de Rea, Cibeles (la Naturaleza). Así pues, la Novena Esfera es el sexo.

 

            P.- El trabajo en la Novena Esfera, ¿es un Ritual que debemos practicar?

            R.- El Ritual de la Novena Esfera lo vivimos todos, sí… De allí nacen las criatu­ras; el hombre nace de la Novena Esfera. Nace el mundo, ¿de dónde nace? ¿No es de la Novena Esfera? Ahora, en el Ritual prác­tico, el trabajo con la energía creadora, es en la Novena Esfera. La Tierra tiene nueve estratos; en el noveno estrato de la Tierra, está el signo del Infinito, que es un ocho colocado ho­rizontalmente: cerebro, corazón y sexo. La lucha es terrible: cerebro contra sexo, sexo contra cerebro. Pero si el sexo vence al cere­bro, entonces el Iniciado cae, como la estrella de cinco puntas, con el ángulo superior hacia abajo y los dos rayos inferiores hacia arriba (es el Arcano 16 de la Cábala, "EL Fracaso").

            Así pues, en la Novena Esfera es donde están las fuerzas del sexo. El signo del ocho, colocado en el centro de la Tierra, está tam­bién en nuestro organismo. Todos estamos organizados de acuerdo con el cerebro, corazón y sexo (he ahí el ocho, el símbolo del Infinito, la Novena Esfera). El trabajo en la No­vena Esfera, es el trabajo en la Forja de los Cíclopes. En la Novena Esfera están uste­des transmutando su energía creadora, y hay que transmutar esa energía para regenerarnos, para transformarnos, para crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser.